“Sé agradecido por la más pequeña bendición y serás digno de recibir mayores”.
—Tomás de Kempis—

En una cultura atravesada por el sesgo de negatividad —esa tendencia a fijar la atención en lo que falta o falla—, suele tomarse la gratitud como ingenuidad sentimental. El realismo contemporáneo, se dice, exige lucidez crítica y denuncia implacable. Sin embargo, la tradición bíblica y el mejor pensamiento cristiano sostienen que la gratitud es realismo integral: nombra el bien recibido sin negar el mal, ordena el amor en su justa jerarquía y convoca prácticas que edifican la vida común.

Por ello, esta tesis tiene tres componentes por demostrar. Primero, la gratitud es virtud de justicia, porque reconoce al benefactor, estima el beneficio y corresponde según las propias posibilidades. Segundo, es disciplina eclesial que configura un lenguaje y unos gestos capaces de construir comunidad. Por último, es un bien común que tiene sentido, cuyos beneficios —cooperación, resiliencia, civilidad— se pueden ver y evaluar sin necesidad de creencias teológicas.

En consecuencia, el mandato paulino es inequívoco: “Anímense y edifíquense unos a otros” (1 Tes 5:11). La tríada de 1 Tesalonicenses 5:16–18 —“estén siempre gozosos; oren sin cesar; den gracias en todo”— no adorna la liturgia, sino que delimita un ethos. La gratitud aquí no es emoción privada, sino acto público que construye. El reverso es igualmente claro: “Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias… y su necio corazón fue entenebrecido” (Ro 1:21). La ingratitud no es un descuido de modales: es un desorden cognitivo-moral que oscurece la inteligencia y deforma los afectos. Por contraste, la gratitud clarifica y reposiciona al sujeto frente a la realidad del don.

Paso a la antropología del don, recibir precede a producir. Como afirmó Agustín de Hipona: —“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”— la vida, el tiempo, la inteligencia y las oportunidades se reconocen como dones. La gratitud reordena el yo en el ordo amoris: gracia antes que conquista, relación antes que rendimiento. Dos idolatrías quedan así desenmascaradas: la autosuficiencia narcisista, que absolutiza el mérito propio, y la autodenigración cínica, que invalida todo bien. Ambas patologías sociales tienen consecuencias públicas. Si todo es conquista privada, el otro deviene estorbo; si nada vale, el otro es amenaza. La gratitud, en cambio, habilita una hospitalidad moral: el otro es percibido como don complementario y desde ahí se hace posible construir comunidad.

Por su parte, en Tomás de Aquino, la gratitud se sitúa dentro de la virtud de la justicia (S. Th. II–II, q. 106) y la describe como acto racional que rinde lo debido al benefactor. La estructura de tres partes es clara: identificar quién ha hecho el bien, valorar correctamente el beneficio y responder de acuerdo con lo que se puede, no de manera exacta, sino con rapidez y buena voluntad.

Esta visión mantiene la gratitud firme ante dos tendencias actuales: el sentimentalismo, que la convierte en una emoción cambiante, y el instrumentalismo, que la usa como técnica para crear bienestar personal. Moralmente densa, la gratitud restaura reciprocidades rotas por el pecado; su ausencia erosiona la confianza y corta los lazos de generosidad. Un pueblo sin gratitud se puebla de sospecha; una iglesia sin gratitud pierde credibilidad, porque niega con sus obras lo que profesa con su doctrina.

En otras palabras, la narrativa de Lucas 17:11–19 ilustra que la acción de gracias expresa y completa la gracia recibida. Diez son beneficiados; uno regresa. Esa vuelta, como gesto público, convierte un bien privado en bien común y hace del don una palabra que edifica a otros. El Salmo 103 funciona como pedagogía del corazón: “Bendice, alma mía, al Señor…”. La gratitud se entrena; no se improvisa. Requiere un lenguaje que nombre dones concretos. En ese sentido, la carta a los Hebreos 13:15 ofrece la clave litúrgica al hablar de “fruto de labios”: la gratitud no es silencio interior, sino pronunciación pública que crea cultura.

Tanto es así que, según los investigadores Emmons y McCullough, 2003; Seligman et al., 2005; Wood, Froh y Geraghty, 2008, coincidieron en diversos estudios que muestran que con prácticas sencillas —con diarios de gratitud, en cartas de reconocimiento— se relaciona con el bienestar colectivo, con el aumento de prosocialidad y perseverancia en la comunidad, eso, por un lado.   Y, por el otro, con una reducción de agresividad y síntomas depresivos. Porque esto no se trata de magia, sino de una higiene cognitivo-moral que contrarresta el sesgo de negatividad y refuerza repertorios cooperativos. Esta evidencia no sustituye a la teología, pero confirma su plausibilidad pública: la práctica cristiana de la gratitud puede ser razonable para cualquiera de buena fe.

Con todo, las objeciones más frecuentes pueden abordarse en clave integradora. A quienes afirman que la gratitud niega el sufrimiento y banaliza el mal, les conviene recordar que, en respuesta, la Biblia mantiene en tensión lamento y gratitud. El lamento nombra el mal sin maquillarlo; la gratitud nombra el bien de Dios en medio de la adversidad. No se trata de positivismo ingenuo, sino de la verdad completa.

La gratitud cristiana no es solo conformismo ni servilismo. El solo hecho de inclinarse a favor de la justicia, diferencia entre el bien y el mal, denuncia la opresión y ayuda a los más débiles. Porque es la voz profética útil que coadyuve a reorganizar el mundo al reconocer el regalo recibido. Y en respuesta al prejuicio de que la gratitud es solo un truco de autoayuda, incluso la evaluación práctica reconoce sus beneficios para la sociedad. Su verdadero valor no se limita a ser útil, sino que está relacionado con la esencia del regalo.

Es decir, en lugar de ignorar el mérito personal, la gratitud reconoce el papel de las circunstancias —como la familia, los maestros, las instituciones y la suerte—, y previene tanto el orgullo excesivo como la baja autoestima. Esto permite un reconocimiento entre las personas que fomenta el deseo de intentar y mejorar sin menospreciar a los demás.

Operativamente, la disciplina eclesial de la gratitud se encarna en lenguajes, símbolos y hábitos. En el primer nivel, el “fruto de labios”, según el libro a los Hebreos (13:15), invitaría a sustituir cantidades o símbolos por “la gracia que sostuvo el grupo de la semana”. La regla: “el elogio público, corrección privada”, practicada con regularidad, crea un clima de seguridad moral. En el plano simbólico, las “piedras de memoria” de Josué 4 se traducen hoy en murales congregacionales o diarios comunitarios donde se registren intervenciones de Dios y avances de las personas, con especial atención a los humildes comienzos. Y en el plano de los hábitos, se adaptan los ejercicios de Seligman (2005) y Emmons & McCullough (2003) sobre la regla 3×7 que fomenta una atmósfera en la que es posible aprender sin vergüenza. Tres agradecimientos diarios a Dios, al prójimo y a la creación; una carta semanal a un mediador del bien común; y la cultura del intento que premia el primer paso antes que la perfección. El ejemplo pedagógico del bebé que aprende a caminar es esclarecedor: no se aplaude la caída, sino el valor del intento, y ello abre la puerta al aprendizaje.

Asimismo, liturgia y misión convergen en una apología visible. La Cena del Señor, como acción de gracias, reconoce el supremo don —Cristo— y educa a la comunidad para discernir todos los demás regalos. Una liturgia atenta al lenguaje de la gratitud forma creyentes capaces de nombrar la gracia en lo ordinario y de reconocer el bien en el prójimo más allá de la tribu. Esa formación desemboca en misión: comunidades agradecidas son comunidades enviadas, con humildad y audacia, porque han sido liberadas del resentimiento que encierra y del orgullo que aísla. En el registro de la diaconía, la gratitud se traduce en cortesía pública: trato digno, reconocimiento del trabajo ajeno y cuidado del bien común. Cuando eso ocurre la ciudad ve y palpa a un pueblo que anima y edifica (1 Tes 5:11), que no niega el mal, pero tampoco le concede la última palabra, ni tampoco lo deja a riendas sueltas.

De manera, las implicaciones para el liderazgo y la gestión pastoral pueden concretarse sin burocratizar la vida de la iglesia. Es pertinente incorporar una métrica de edificación que recoja trimestralmente testimonios y reconocimientos concretos en las reuniones del consejo: la pregunta guía, “¿qué frutos de labios registramos este trimestre?”, ayuda a custodiar el clima espiritual. Es crucial añadir la gratitud como un criterio en la evaluación del liderazgo, junto con la justicia, la humildad y la competencia. Reconocer las contribuciones, atribuir los méritos con correcciones y seguir la regla “elogio público, corrección privada” son señales que se pueden observar. Dicho de otra manera, un protocolo de conflictos que comience con dos reconocimientos verificables antes de abordar un agravio no evita la confrontación, pero la humaniza y facilita una resolución responsable.

En suma, defender la gratitud es presentar una apología tangible: una antropología del don, una ética de justicia y una eclesiología de edificación. Bíblicamente mandada, filosóficamente razonable y socialmente fecunda, la gratitud no solo se argumenta, se muestra. Allí donde la iglesia celebra el bien recibido, reconoce el bien del prójimo y practica hábitos que construyen, emergen vidas reconstruidas y comunidades que animan y edifican: argumentos que la ciudad puede verificar.

Por eso, en tiempos saturados de queja y sospecha, la gratitud cristiana no propone una evasión, sino una resistencia esperanzada y responsable: un modo de habitar el mundo con la verdad del don. No es extraño, entonces, que C. S. Lewis observara que la alabanza no solo expresa el disfrute, sino que lo completa, ni que Bonhoeffer afirmara desde la prisión que “solo con gratitud la vida se vuelve rica”.

Por tanto, la gratitud, lejos de sentimentalismo, es lucidez que edifica.

Referencias

  • Agustín de Hipona. Confesiones.
  • S. Lewis. Reflections on the Psalms. London: Geoffrey Bles, 1958.
  • Dietrich Bonhoeffer. Letters and Papers from Prison. (Ed. E. Bethge; indique la edición consultada: SCM/Fortress o Simon & Schuster).
  • Emmons, R. A., & McCullough, M. E. (2003). “Counting Blessings versus Burdens…”. Journal of Personality and Social Psychology, 84(2), 377–389.
  • Escritura Sagrada (RVR60): 1 Tesalonicenses 5:11, 16–18; Romanos 1:21; Lucas 17:11–19; Salmo 103; Hebreos 13:15; Josué 4.
  • Seligman, M. E. P., Steen, T. A., Park, N., & Peterson, C. (2005). “Positive Psychology Progress…”. American Psychologist, 60(5), 410–421.
  • Tomás de Aquino. Suma Teológica, II–II, cuestión 106 (“De la gratitud”).
  • Tomás de Kempis. La imitación de Cristo, Libro II, cap. 10. (Obra compuesta ca. 1418–1427; use la edición que prefiera).
  • Wood, A. M., Froh, J. J., & Geraghty, A. W. A. (2010). “Gratitude and Well-being: A Review and Theoretical Integration”. Clinical Psychology Review, 30(7), 890–905.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Reynoso Vizcaíno, abogado, educador y pastor evangélico. Iglesia El Multiplicador / Tácticas Legales E-17, oficina de abogados.

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