La celebración del 250.º aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos rompió un esquema consolidado.

Las grandes conmemoraciones nacionales nunca han sido simples ejercicios de memoria. El recuerdo del pasado es base para interrogar el presente e imaginar el futuro. Son oportunidades para que una nación, contándose a sí misma, reflexione sobre qué lugar aspira a ocupar en el mundo.

En 1971, se celebraron los 2.500 años de la monarquía persa. Mohammad Reza Pahlavi evocó la figura de Ciro el Grande y la antigua Persia para inscribir a Irán en una larga trayectoria histórica y en un ambicioso proyecto de modernización. La conmemoración no fue un ejercicio de nostalgia, sino un intento de legitimar un proyecto nacional presentando a Irán como una gran civilización llamada a ocupar un lugar destacado en el mundo contemporáneo.

En 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa, François Mitterrand utilizó la conmemoración para proponer una reflexión que iba mucho más allá de las fronteras de Francia. Reafirmó la universalidad de los principios de 1789 y el papel de Francia en la Europa que comenzaba a redefinirse tras la Guerra Fría. La Revolución no aparecía como un episodio cerrado del pasado, sino como una fuente todavía viva de libertad, ciudadanía y derechos.

Algo similar ocurrió en Uruguay durante la conmemoración del Bicentenario de la Declaración de Independencia. Allí se destacó la continuidad de la experiencia democrática del país y la construcción de una comunidad política a lo largo del tiempo.

Pese a las diferencias de contexto, Teherán, París y Montevideo compartieron un rasgo común: utilizaron la conmemoración para elevar la mirada por encima de las urgencias del presente e interrogar el destino colectivo de la nación. El pasado fue presentado como una raíz desde la cual proyectar el futuro. Las celebraciones podían ser discutidas e incluso cuestionadas, pero estaban orientadas hacia metas nacionales de largo plazo.

El discurso de Donald Trump no se inscribe en esa tradición. Muchos quedaron sorprendidos al ver una conmemoración de semejante trascendencia utilizada para hacer un llamado a su electorado en referencia a las próximas elecciones de medio mandato, las llamadas midterms.

El tiempo largo de la historia termina siendo absorbido por el tiempo corto de la competencia política cuando la historia de una gran potencia se asocia a las midterms, como si una gran conmemoración nacional no pudiera escapar a la fuerza gravitacional del calendario electoral. Cabe preguntarse si un país cuya historia estuvo marcada por una guerra civil debería concentrar una celebración de semejante magnitud en el resultado de unas elecciones legislativas parciales.

Esto recuerda el precedente de Brasil, donde Jair Bolsonaro convirtió el bicentenario de la independencia, celebrado en 2022, en un acto entrelazado con la campaña para las elecciones presidenciales que se celebrarían pocas semanas después.

Esta referencia no constituye simplemente una coincidencia circunstancial. Los discursos en esas circunstancias reflejan la cultura política de época y las "campañas permanentes" se han vuelto un rasgo estructural de las democracias contemporáneas. En un contexto dominado por la inmediatez mediática y la búsqueda constante de aprobación, las grandes conmemoraciones nacionales corren el riesgo de quedar subordinadas a la lógica electoral. La memoria colectiva se comprime dentro de la urgencia del presente y la historia nacional se convierte en un instrumento de movilización política.

Las conmemoraciones siempre han tenido una dimensión política. Sería ingenuo pensar lo contrario. Los regímenes totalitarios del siglo XX manipularon el pasado.

En 1937, Mussolini celebró el bimilenario de Augusto para presentar al fascismo como heredero del Imperio romano. Hitler construyó el mito del Tercer Reich como continuación de una misión histórica alemana. Más recientemente, el mito de la "Tercera Roma —Moscú, heredera de Roma y Bizancio— fue recuperado por Putin, para justificar su visión geopolítica y la guerra contra Ucrania.

El disenso de esas motivaciones no obscurece la diferencia entre utilizar el pasado para proponer una visión de la nación y utilizarlo como telón de fondo de una campaña permanente. En el primer caso, la memoria invita a reflexionar sobre el destino colectivo; construir grandes relatos ideológicos, proponer proyectos de transformación social y visiones totalizadoras del futuro en el segundo, se reduce a un episodio más de la coyuntura política.

Todos esos ejemplos tenían en común la pretensión de inscribir el presente en una narrativa histórica de largo plazo, por discutible o condenable que esta fuera. Precisamente por eso difieren de la lógica actual de la campaña permanente.

La historia pertenece a toda la nación. Ningún gobierno ni ningún partido puede apropiarse de ella, porque constituye —o debería constituir— un patrimonio común que trasciende a los gobiernos y a las generaciones.

Sin embargo, hoy asistimos a una forma mucho más sutil de apropiación: la micropolitización electoral de la memoria. Ya no se pretende construir grandes proyectos ideológicos, sino adaptar continuamente el pasado a las necesidades de la próxima elección, subordinando el tiempo histórico al calendario electoral.

Ese es el verdadero cambio de nuestra época. La politización de la historia ya no se produce en nombre de grandes proyectos nacionales —aunque estos fueran autoritarios y de rechazar, como fueron el fascismo y el nacionalsocialismo—, sino mediante su reducción a la lógica de la competencia electoral. Es una regresión cultural que priva a las conmemoraciones de su función original: tender puentes entre el pasado y el futuro.

América Latina se prepara para vivir en los próximos años nuevas conmemoraciones nacionales. Sería deseable que se convirtieran en oportunidades para debatir ciudadanía, educación, ciencia, desarrollo, integración regional y fortalecimiento institucional. En una región todavía marcada por profundas desigualdades, la memoria de las luchas por la independencia puede seguir siendo un poderoso instrumento para pensar el largo plazo.

Ojalá que esas celebraciones no terminen ocupadas por discursos solemnes preocupados por el resultado de las próximas elecciones municipales de pequeñas localidades casi desconocidas para la mayoría de los ciudadanos. Sería una curiosa paradoja que las figuras de Bolívar, San Martín, Duarte, Santander o Morazán, que en sus diferencias encarnaron ambiciosos proyectos de construcción nacional, acabaran convertidas en telones de fondo de las disputas electorales del momento.

Sus legados merecen algo más que servir de escenario para campañas políticas divisivas.

Galileo Violini

Físico

Galileo Violini Maestría en Física de la Universidad de Roma (hoy Universidad La Sapienza). Ex profesor de Métodos Matemáticos de la Física en las Universidades de Roma y Calabria y en la Universidad de los Andes, Bogotá. Cofundador y Director emérito del Centro Internacional de Física de Bogotá. Premio John Wheatley y Premio Joseph A. Burton Forum Award de la American Physical Society (APS), Premio Spirit of Abdus Salam del Centro Internacional de Física Teórica "Abdus Salam". Reconocimiento Salvadoreño Destacado del Gobierno de El Salvador. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Miembro de la Academia Mundial de Arte y Ciencia. Fellow de la Sociedad Americana de Física. Miembro de la Carrera del Investigador Dominicano. Ex Director de un programa de la Unión Europea para la Facultad de Ciencias de la Universidad de El Salvador. Ex Representante de la UNESCO en la República Islámica de Irán y Director de la Oficina de Teherán. Doctor Honoris Causa de la Universidad Ricardo Palma de Lima, Consultor de los Gobiernos de Guatemala y República Dominicana, de la UNESCO, CSUCA, ICTP y otros organismos nacionales e internacionales. Autor de unas 400 publicaciones, en Política Científica, Física, Enseñanza de las Ciencias, Epidemiología, Historia de la Ciencia. Copresidente del Comité Ejecutivo de la Iniciativa Lamistad (Fuente de Luz del Gran Caribe) para establecer un segundo Sincrotrón Latinoamericano en la región. Ha promovido la participación de Irán en el CERN, los doctorados regionales del CSUCA en Física y Matemáticas, la cooperación interregional entre América Latina y África, y, como miembro del Foro de Física Internacional Physics del APS, la colaboración entre el APS y América Latina. Ha organizado más de doscientos eventos científicos, en su mayoría en el CIF.

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