“La libertad es la libertad de decir que dos y dos son cuatro”
George Orwell.

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Alofoke no es culpable, pero tampoco es inocente

El artículo de Fausto J. Hernández, publicado en Acento el 5 de diciembre de 2025, introduce un matiz necesario en el debate al señalar que Alofoke no inventó la vulgaridad ni creó la marginalidad social que consume sus contenidos.En ese punto coincidimos plenamente. Ningún fenómeno cultural surge en el vacío ni puede explicarse al margen del contexto histórico y social que lo produce.

El problema aparece cuando esa constatación, válida en sí misma, se desliza casi sin advertirse hacia una absolución estructural de un fenómeno que no solo refleja carencias preexistentes, sino que también contribuye a profundizarlas. Ahí el análisis deja de ser suficiente, porque omite los efectos reales de una dinámica que termina fomentando la ineptitud cívica, la indiferencia moral, la invalidación del conocimiento, la pérdida de profundidad y la clausura de horizontes colectivos.

Un fenómeno de la naturaleza del que analizamos, que no nace de la nada, no debe ser eximido de responsabilidad pública. La historia del pensamiento político es clara en este punto. Los sistemas no se explican únicamente por sus causas de origen, sino también por sus efectos, por su capacidad de reproducirse, expandirse y normalizar determinadas conductas. Es precisamente ahí donde el enfoque estrictamente descriptivo se revela insuficiente.

Separar al personaje de la persona, distinción legítima en el plano individual, no resuelve el problema cuando el personaje se convierte en dispositivo cultural, en plataforma capaz de modelar lenguajes, aspiraciones y criterios de legitimidad social. Alofoke, entendido como sistema, ya no es solo un reflejo de la marginalidad. Es también un agente activo de reproducción simbólica de esa misma precariedad cultural.

El argumento de que la vulgaridad precede a Alofoke es verdadero, pero incompleto. También precedieron a los grandes procesos de degradación política el resentimiento, la frustración, la impotencia social y la desigualdad. Lo decisivo no es su mera existencia previa, sino el momento en que encuentran una forma organizada, rentable y masiva de expresión. Cuando eso ocurre, el fenómeno deja de ser exclusivamente sociológico y se convierte en político, aunque no aspire formalmente al poder. Basta con que pretenda orientar conductas, preferencias y resultados colectivos conforme a criterios propios sobre lo que considera aceptable o legítimo.

Aquí resulta ineludible la advertencia de Hannah Arendt. Los mayores daños a la vida pública no siempre provienen de la maldad consciente, sino de la renuncia a pensar. El peligro no reside en que Alofoke explique el país, sino en que contribuya a empobrecer el lenguaje con el que el país se explica a sí mismo, un lenguaje ya severamente degradado por la superficialidad, la irresponsabilidad y la ausencia de rigor. El espectáculo permanente no neutraliza la política. La sustituye.

No se trata de negar la astucia empresarial de Santiago Matías ni de desconocer su capacidad para identificar una demanda insatisfecha. En ese terreno, su desempeño es innegable. Pero el mercado puede explicar el éxito, no justificarlo moralmente. Todo mercado debería operar dentro de un marco cultural y ético. Cuando ese marco se debilita, el mercado no corrige, amplifica. La ausencia de regulación, o su inobservancia casi absoluta, no constituye una virtud, sino una señal inequívoca del abandono del Estado y de la responsabilidad colectiva.

Aquí emerge una divergencia fundamental con el interesante artículo que comentamos. Presentar el fenómeno como un despertar de los llamados desmoralizados puede resultar descriptivamente atractivo, pero es conceptualmente riesgoso.

¿La desmoralización se supera celebrando el vacío o reconstruyendo horizontes de sentido? Si el Estado ha fallado, y ha fallado gravemente, la respuesta no puede ser la renuncia cultural a toda exigencia.

El argumento de que no vivimos una generación Alofoke porque crece la matrícula universitaria tampoco disuelve el problema. ¿Acaso la expansión cuantitativa de la educación garantiza formación crítica o densidad cultural? ¿No es precisamente lo contrario lo que constatamos y lamentamos? La banalidad no se mide por títulos acumulados, sino por hábitos de pensamiento, calidad del debate público, pasión por la lectura y capacidad de distinguir entre lo trivial y lo esencial.

El punto más delicado del texto de Hernández es quizás el llamado final a que Alofoke eleve su contenido y asuma una dimensión social más amplia. El deseo es legítimo. Sin embargo, observado como sistema, se impone una advertencia arendtiana.

Ningún sistema se corrige desde dentro sin una transformación previa de la conciencia que lo sostiene. No basta con añadir contenido educativo si la lógica dominante continúa siendo la del impacto inmediato, la viralidad, la vulgaridad, la ostentación, el culto al dinero y a la violencia.

La cuestión de fondo no es qué hará Alofoke mañana, sino qué está dispuesta a exigir la sociedad hoy. Sin ciudadanía crítica no hay contenido elevado que sobreviva, creemos que en ningún planeta habitado por seres inteligentes. Sin lenguaje exigente no hay cultura que se sostenga, lo mismo que, sin pensamiento autónomo, toda plataforma termina ocupando el espacio que la política y la educación abandonaron.

Alofoke no es culpable del derrumbe moral del país, pero tampoco es un fenómeno neutral. Es síntoma y, al mismo tiempo, acelerador de una lógica que convierte la atención en mercancía y transforma el conocimiento verdadero y el juicio crítico en estorbos. El verdadero riesgo no reside en su éxito, sino en la naturalidad con que aceptamos que el ruido vulgar sustituya a la palabra y que la popularidad desplace al pensamiento.

Si algo debe quedar claro al cerrar esta serie es esto. La banalidad no se combate atacando personajes, sino recuperando la responsabilidad individual de pensar. Como enseñó Arendt, la libertad comienza cuando alguien se atreve a no obedecer la lógica dominante, incluso cuando se presenta como entretenimiento inocente. El destino de la vida pública dominicana no se juega en un canal de YouTube, sino en la capacidad de sus ciudadanos para no renunciar al pensamiento.

Julio Santana

Economista

Economista de formación, servidor público durante más de dos décadas, inquieto y polémico analista —no siempre complaciente— de los problemas nacionales e internacionales.

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