Este sábado 17 de octubre, Francia estalló. Las cifras oscilan entre 550,000 personas, según Interior, y 800,000, según los organizadores. La jornada terminó con incendios, saqueos y enfrentamientos en varias ciudades. En Limoges, el ayuntamiento fue presa de las llamas; en otras, hubo ataques contra edificios públicos y comercios. Las imágenes recorrieron el mundo con la velocidad con que hoy circulan la indignación y sus desmentidos.
Emmanuel Macron condenó la violencia. Pero condenar el incendio no equivale a explicar por qué prendió la mecha.
¿Quiénes protestan? No necesariamente quienes crees
No se trata de una marcha de musulmanes contra laicos ni de inmigrantes contra franceses. Esa lectura simplista, tan rentable en redes, confunde la composición de una protesta con las causas que la desencadenan.
La movilización reunió a sectores diversos: chalecos amarillos, jóvenes, agricultores, docentes, jubilados y activistas. A sus reivindicaciones se sumó el malestar acumulado en los centros educativos. Los resultados de PISA 2025, publicados en septiembre de 2026, confirmaron que el rendimiento francés se encuentra entre los más bajos registrados en sus tres áreas de evaluación.
Entonces, ¿quiénes son?
Son franceses. Punto. Franceses de distintos orígenes, credos y colores de piel.
Francia es también el país de sus ciudadanos descendientes de inmigrantes, muchos de origen magrebí y subsahariano, que nacieron o crecieron allí, tienen derechos políticos y habitan en las periferias de París, Lyon y Marsella. Cuando esas periferias arden, algunos ven una invasión. Lo que se manifiesta, en buena parte, es desigualdad territorial y la distancia entre la promesa republicana y la experiencia cotidiana.
En la misma calle conviven al menos tres franceses reales:
- El francés que se siente desplazado. El agricultor normando, el jubilado de Lille, el profesor de provincia. Ven cómo el combustible, la vivienda y los gastos ordinarios se comen sus ingresos. Gritan “¡Macron, dimisión!” porque la paciencia también tiene un límite y, a diferencia de la deuda pública, no siempre admite refinanciación.
- El francés de ascendencia africana o magrebí. El joven de Seine-Saint-Denis, francés de nacimiento, quizá musulmán por tradición familiar, que no pide un califato, sino oportunidades, salarios suficientes, servicios públicos dignos y un trato policial que no lo convierta en sospechoso habitual. Ni su origen ni su religión explican, por sí solos, lo que ocurre en la calle.
- Quien se aprovecha del caos. Una minoría violenta, demasiado visible, que saquea comercios e incendia vehículos. La violencia no necesita una teología: le basta con convertir la destrucción en propósito. El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, calificó los hechos de “violencias urbanas de una gravedad inaudita”.
Lo de Francia no es una guerra étnica. Es más bien el espejo de lo que pasa cuando la promesa republicana se financia con deuda y se cobra en desigualdad.
¿Qué buscan? No un califato, pero sí una cuenta que cuadre
- a) Poder adquisitivo. El precio de los combustibles, la inflación acumulada, los salarios que no alcanzan y el costo de la vivienda convierten la economía doméstica en cuestión política. “Tomemos la Bastilla”, se gritaba; hoy la Bastilla tiene forma de supermercado, recibo de alquiler o gasolinera.
- b) Un Estado que funcione. Francia lleva décadas sin equilibrio presupuestario. A finales de junio de 2026: deuda de 119% del PIB, bono al 4.96%, y un primer ministro que quiere recortar 54,000 millones sin mayoría. Francia es ya la “nueva Grecia” para los mercados.
- c) Ser representados. El malestar nace también de la sensación de que las decisiones se toman lejos de quienes sufren sus consecuencias y en detrimento de las grandes mayorías.
El día de gloria que no llega
La derecha más dura atribuirá el desorden a la inmigración. La izquierda radical, al capital. Ambas pueden señalar problemas reales; ambas son insuficientes.
Las elecciones presidenciales están previstas para 2027. La izquierda radical busca convertir el descontento en movilización; el Rassemblement National de Marine Le Pen se presenta como alternativa en nombre del orden. Y en el medio, millones de franceses intentan averiguar quién habla por ellos.
Entretanto, Allons, enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé…
Sí, marchemos, hijos de la patria. Pero, ¿hacia dónde, exactamente?
Y aquí, desde la República Dominicana, la pregunta deja de ser curiosidad europea. ¿Qué hacer cuando vemos arder la barba del vecino tan cerca de nuestro vecindario, pero tan lejos de una mesa fraternal donde los conflictos puedan resolverse con eficacia?
¿Seguir apostándolo todo al PIB?
¿Seguir pidiéndole —por medio de las mismas casacas e instrumentos— peras al olmo de siempre en materia de salud y de educación y ni hablar aquí del resto de los servicios?
¿Seguir sobando la desigualdad social mientras erosionamos el precario orden institucional que hemos logrado erguir para beneficio de incuestionables minorías privilegiadas?
Francia nos devuelve el espejo.
Que esta vez no se nos rompa en la cara por nuestras malas decisiones.
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