«¡Qué obra maestra es el hombre!», W. Shakespeare.
Mira, vamos a decirlo sin tanto rodeo: tú no eres solo un cerebro flotando dentro de una calavera fina. Tampoco eres pura carne con ojos y un ombligo, como un pedazo de longaniza pensante.
Tú eres ese lío raro donde el cuerpo manda señales y la cabeza las interpreta… y casi siempre se confunden.
Por ejemplo: vas manejando en el tapón de la 27, el calor subiendo, el sudor bajando por la espalda, el claxon sonando como trompeta del Apocalipsis y, de repente, alguien se te mete delante. Tú te dices:
— No, yo estoy tranquilo.
Pero ya tu cuerpo apretó la quijada, subió la presión, aceleró el corazón y te lanzó medio repertorio de malas palabras.
Entonces… ¿quién reaccionó primero?
¿La mente? O, ¿el cuerpo que se te fue delante?
Ahí arranca el viejo lío filosófico: cuerpo y pensamiento, que lleva siglos dando vueltas, como trompo sin dueño.
Descartes: el tío que partió al ser humano en dos
Hace siglos, un señor matemático y muy serio llamado René Descartes dijo algo así como:
— Oigan, una cosa es la mente, que piensa, y otra es el cuerpo, que ocupa espacio.
Traduzco: por un lado, un fantasma, el pensamiento puro, limpito, espiritual.
Por otro lado, un saco de papas, o sea, ese cuerpo sudoroso, con hambre, sueño, deseo, dolor de espalda y resaca moral.
Eso permitió que la ciencia estudiara el cuerpo como una máquina. Pero dejó un problema enorme: ¿cómo rayos se encuentran y se hablan la mente y el cuerpo?
Porque si la mente es algo invisible, sin peso ni tamaño, ¿cómo logra mover esta masa de huesos, músculos y nervios?
Es como si un wifi sin router moviera un camión de volteo.
Y ahí empezaron los dolores de cabeza filosóficos.
Los materialistas: «Eso es fácil: todo es cerebro»
Luego llegaron los materialistas y dijeron:
— No le busquen la quinta pata al gato, ni compliquen la cosa a los animalitos racionales que dijo Aristóteles. Todo es materia. La mente es simplemente el cerebro trabajando.
Traducción al dialecto dominicano: tú no piensas, tu cerebro produce pensamientos, como el hígado produce bilis.
Cuando dices «tengo hambre», en realidad son neuronas disparando señales.
Cuando te enamoras, son químicos bailando bachata dentro del cráneo.
Cuando sufres, son impulsos eléctricos dando gritos.
Y sanseacabó.
Pero… aquí viene el problema, pues nunca nos falta una.
Tú puedes describir cada reacción química del cerebro, pero eso no explica cómo se siente estar enamorado, ni qué se siente el dolor de una traición, ni la tristeza rara que da un domingo a las seis de la tarde.
La ciencia puede medir impulsos eléctricos.
Pero no puede medir libras ni milímetros de nostalgia.
La conciencia: ese chin de misterio que no se deja atrapar
Y entonces algunos filósofos dijeron:
— Espérense. Hay algo raro aquí.
Porque una cosa es explicar cómo funciona el cerebro, y otra muy distinta explicar por qué existe la experiencia consciente.
¿Por qué no somos robots eficientes sin emociones?
¿Por qué sentimos vergüenza?
¿Por qué una canción vieja puede romperte por dentro?
El cerebro se puede escanear.
Pero la vivencia no. Tampoco la empatía, las emociones, la psicología, el pensamiento crítico.
Eso sería como tratar de explicar un mangú con cebolla diciendo solo cuántas calorías tiene. No da.
Y fue entonces que vino Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) y todo lo complicó: tú no tienes cuerpo, tú eres cuerpo
Aquí entra una idea brutalmente actual: tú no tienes un cuerpo; tú eres tu cuerpo.
No existe una mente flotando arriba mirando cómo el cuerpo se mueve.
Cuando tú caminas, no piensas cada paso.
Cuando bailas, no calculas cada giro.
Cuando besas, no haces ecuaciones.
El cuerpo entiende antes que la cabeza.
El cuerpo sabe.
Tú ves una guagua venir rápido y saltas.
Después es que piensas: coño, casi me matan.
Eso quiere decir que el cuerpo piensa sin palabras.
El cuerpo moderno: cansado, vigilado, sobreestimulado
Hoy más que nunca este lío cuerpo-mente está explotado.
Pasamos horas sentados, mirando y besando pantallas, con el cuerpo quieto y la mente saturada.
Dormimos poco.
Comemos rápido.
Vivimos ansiosos.
Pensamos demasiado.
Sentimos poco.
Resultado: cuerpos agotados con mentes hiperactivas.
Y después nos preguntamos por qué hay tanta depresión, tanta angustia, tanto vacío.
Queremos pensar sin cuerpo.
Y vivir sin sentir.
Pero el cuerpo se venga:
— con insomnio — con ansiedad — con dolores raros — con cansancio existencial — con ataques de pánico
El cuerpo habla cuando la mente se hace la loca.
Ejemplo simple: el amor
Tú puedes decir: —Yo sé que esa relación no me conviene.
Pero tu cuerpo sigue buscándola.
Sientes el pecho apretado.
Te tiemblan las manos.
El deseo no obedece al Excel de la razón.
Ahí se ve clarito: no somos pura lógica de espíritus etéreos y sin gravedad. Tampoco, un cuerpo y cinco extremidades, contando la cabeza, de 60 kilos. Somos carne que piensa y pensamiento que suda.
La gran lección: no somos ni ángeles ni máquinas, sino lo uno y lo otro
No somos espíritu puro.
Pero tampoco somos solo materia bruta.
Somos una mezcla peligrosa: cuerpo que siente, mente que interpreta y cultura que complica todo.
Por eso el problema cuerpo-mente nunca se resuelve del todo.
Porque toca el centro mismo de lo humano.
Y quizás está bien que no tenga solución definitiva.
Porque si algún día lo resolvemos del todo, tal vez dejemos de ser humanos y nos volvamos muñecos de trapo con software caro.
Tal vez la verdadera sabiduría no sea separar cuerpo y mente, sino aprender a escucharlos juntos.
Pensar con el cuerpo. Sentir con la cabeza. Bailar con la razón. Razonar con el deseo.
Porque, al final, no somos ni carne sola ni espíritu suelto.
Somos ese lío hermoso, contradictorio y sudado que camina por la calle creyendo que piensa solo, cuando en realidad todo su cuerpo está sintiendo y pensando con él.
He ahí el abismo —al menos, hasta prueba en contrario, insalvable— de la naturaleza humana y su reflejo útil transpuesto en cualquier combinación de algoritmos de nuestra inteligencia artificial (IA).
(Continuará)
Compartir esta nota