En la evolución material de La Española, la introducción de especies foráneas no constituyó un mero inventario de curiosidades botánicas y zoológicas, sino una verdadera mutación telúrica: la refundación biológica y económica sobre la cual habría de asentarse la sociedad criolla. Frente a la precariedad de la factoría colombina y la extinción implacable del orden indígena, el trasvase ecológico remodeló el territorio, proveyó el sustento nutricio y fijó los ejes productivos de la colonia. Gonzalo Fernández de Oviedo, en su monumental Historia general y natural de las Indias, fue el primer testigo presencial de esta aclimatación prodigiosa, registrando con rigor empírico y pulso clásico cómo la tierra americana acogió los gérmenes del Viejo Mundo no con aspereza de madrastra, sino con la entrañable liberalidad de una madre fecunda.
El mapa agrícola insular se configuró a lo largo de un dilatado proceso de ensayos y aclimataciones donde intervinieron la iniciativa individual, las órdenes religiosas y los circuitos comerciales del Atlántico. La caña de azúcar, embarcada por Cristóbal Colón desde las Islas Canarias durante su segunda travesía oceánica en 1493, prendió con vigor temprano en las vegas de La Isabela. Las crónicas de Oviedo y los testimonios coloniales documentan cómo, tras las tentativas rústicas de Pedro de Atienza en la Concepción de La Vega y los ensayos de Miguel de Ballester hacia 1505-1506, el bachiller Gonzalo de Vellosa concibió y financió en 1516, en las márgenes del río Nigua, el primer trapiche de fuerza animal. Este salto técnico dio origen a la industria mayor de los ingenios hidráulicos, erigiendo el complejo agroindustrial que dominó la economía insular durante el siglo XVI.
En el testimonio de Gonzalo Fernández de Oviedo hallamos el registro filológico inaugural de la industria del azúcar en el español de América. Con su aguda mirada de cronista, Oviedo fija en La Española un léxico técnico de raíz castellana y canaria que se aclimata a las realidades materiales del Nuevo Mundo:
- Ingenio: Molino mayor impulsado por fuerza hidráulica; Oviedo lo califica de «poderoso» frente a los molinos menores por triplicar su rendimiento.
- Trapiche: Molino de caña accionado por fuerza motriz animal («de caballos» o de bueyes).
- Guarapo: Término que designa el jugo dulce extraído de la caña al ser exprimida en la molienda.
- Casa de purga: Dependencia de la hacienda donde se colocan las vasijas u hormas para drenar las mieles y blanquear los panes de azúcar.
- Casa de la molienda: Estructura donde operan los ejes, prensas y piezas de trituración.
- Calderas: Pailas y recipientes de cobre donde se clarifica, hierve y concentra el jugo al fuego.
- Maestro de azúcar: Oficial técnico especializado (procedente al inicio de Canarias) que determina el punto de cocción y cristalización.
- Cañaveral: Plantación o rozas dedicadas al cultivo continuo de la caña.
- Mieles y espumas: Subproductos residuales de la cocción y del purgado, empleados como alimento de la servidumbre o fermentos.
- Huso, rueda y dentellones: Vocabulario mecánico de madera pesada local que compone el engranaje del molino.
Hato: Explotación pecuaria anexa al ingenio, indispensable para alimentar a la dotación de esclavos y proveer bestias de tiro.
Plantas exóticas en La Española
El testimonio de Gonzalo Fernández de Oviedo en su monumental Historia general y natural de las Indias constituye el primer gran inventario empírico del trasvase ecológico universal que tuvo por epicentro la isla de La Española. Mucho antes de que la historiografía moderna formulara las tesis del intercambio colombino, el cronista madrileño operó con una rigurosa conciencia clasificatoria, trazando un deslinde nítido entre la botánica endémica y las especies forasteras que vinieron a remodelar la fisonomía agraria, el régimen alimentario y el paisaje económico del archipiélago antillano.
- La primera gran corriente de aclimatación botánica provino del África negra, vinculada de raíz a la introducción compulsiva de la servidumbre. El caso arquetípico es el del ñame (nname), del cual Oviedo puntualiza, con precisión incontestable, que se trata de «fructa extranjera e no natural de aquestas Indias». El cronista observa cómo la propagación vegetativa de este tubérculo —mediante el enterramiento de sus fragmentos— proveyó un sustento vitalicio y rendidor, transformándose en la base calórica fundamental de la servidumbre africana y en pieza de auxilio para los propios estancieros. Del Africa también posteriormente a las indagaciones de Oviedo arribaron a la isla el molondrón (o quimbombó) y la apreciada leguminosa, el guandul : llegaron a través de la trata negrera y la agricultura cimarrona y de plantación en etapas posteriores del período colonial.
Por la vía intermedia de las islas Canarias y los circuitos mercantiles del Mediterráneo oriental, se produjo el desembarco de las especies de mayor impacto estructural. Oviedo rectifica con erudición filológica el equívoco vulgar sobre el plátano antillano, aclarando que no guarda parentesco con el plátano umbrío de los parques europeos, sino con las musaceas de Alejandría, Egipto y la India oriental. Consigna el dato histórico preciso: su introducción desde la Gran Canaria en 1516 por mano del fraile dominico fray Tomás de Berlanga, vegetal que en pocos decenios colonizó los valles fluviales con una fertilidad avasallante. Muy pronto se convirtió en sustituto del cazabe en la dieta de la isla.
A su lado, el arroz arribó a principios del siglo XVI en las bodegas castellanas como bastimento de refresco y simiente para expedicionarios, arraigando en las hondonadas y márgenes cenagosas de los valles insulares; aunque de implantación dispersa frente al poderío de la caña, el grano consolidó una presencia secular en los predios de subsistencia, fijando en la memoria doméstica el apego al tostado del fondo de la paila, el perdurable concón.
Asimismo, frente a las leguminosas vernáculas que los taínos cosechaban en sus conucos, las judías o habichuelas de Castilla ingresaron con la siembra fundadora del segundo viaje de Colón en 1493. Su adopción selló el consorcio culinario con el cereal asiático, articulando el régimen calórico que andando los siglos devendría en el plato medular de la identidad nacional. Hacia mediados del siglo XVI, el cocotero penetró en naves castellanas y lusitanas procedente de las escalas de Cabo Verde y la costa occidental africana; Oviedo alcanzó a presenciar en sus últimos años el florecimiento de los primeros ejemplares en las caletas contiguas a la muralla de Santo Domingo, consignando la anatomía del fruto, la resistencia de su bonote y la frescura medicinal de su agua.
De igual modo, la isla actuó como receptáculo receptor de las corrientes botánicas de la propia Tierra Firme continental. El cacao (cacaguat), como advierte el cronista, no era originario de las islas, sino de los ámbitos mayas y nahuas de Nueva España y Nicaragua, desde donde fue transportado a las huertas insulares. De ese mismo continente llegó la yuca boniata —dulce e inofensiva—, incorporada por los colonizadores para su consumo asado o hervido, despojada del veneno cianhídrico inherente a la yuca amarga indígena con que los taínos elaboraban el cazabe.
El grueso del trasplante correspondió, naturalmente, a los afanes hidalgos y campesinos de Castilla por reproducir en el trópico el universo hortofrutícola peninsular. El éxito fue dispar. Los cítricos —naranjos dulces y agrios, limones, limas y cidras— hallaron en las feraces tierras de Santo Domingo un asiento tan generoso que Oviedo declara sin ambages que competían con ventaja frente a los mejores vergeles de Sevilla o Córdoba. Las higueras castellanas (variedades godenes y burjazotes) lograron acomodarse al régimen insular, exhibiendo la singularidad de perder la hoja en la primavera tropical y agotarse al cabo de seis o siete años de cosecha ininterrumpida. Los granados coronaron las huertas claustrales, de manera señalada en el convento de San Francisco de La Vega, mientras la palma datilera prosperó a partir de los cuescos importados, aun cuando el cronista lamenta la impericia de los colonos para el curado del dátil.
En contraste, el suelo tropical resistió los emblemas medulares de la agricultura mediterránea. Las viñas, pese a los racimos primorosos que cosechara el virrey don Diego Colón en su heredad, no lograron arraigar como cultivo perenne por la falta de constancia de una población flotante obsesionada por el oro y la encomienda; los membrillos desmerecieron en frutos menudos y nudosos; y los olivos, si bien levantaron troncos robustos y copas frondosas en la periferia de Santo Domingo, se manifestaron tercamente estériles, desprovistos de aceitunas.
En el ámbito farmacológico e industrial, destaca la aclimatación fulgurante de la cañafístola (caxia). Nacida de unas pocas semillas sembradas por la orden franciscana en La Vega, esta vaina medicinal se reprodujo con tal profusión que trocó a la isla en el principal emporio exportador de purgantes para las boticas de Europa.
Finalmente, el huerto de hortalizas y legumbres castellanas protagonizó una mutación morfológica que maravilló la mirada empírica de Oviedo. Las berenjenas se hipertrofiaron, elevándose a la altura de un hombre y rindiendo frutos continuos durante dos y tres años sin renovar la cepa; los melones, pepinos y fésoles suministraron cosechas a lo largo de todo el año calendario; y las verduras menores (lechugas, rábanos, berros, apio, acelgas, culantro y yerbabuena) poblaron las mesas urbanas, aun cuando raíces como el nabo y la zanahoria perdieron en la humedad ardiente del Caribe la sequedad compacta y el sabor recio de los secanos de Castilla.
En este inventario de Oviedo, transcrito con la sobria exactitud de quien contempla la refundación biológica de una tierra, La Española se devela como el gran laboratorio agronómico del Atlántico: un territorio donde la botánica del orbe conocido se dio cita para forjar, mediante el injerto y la aclimatación, la verdadera base material de la sociedad antillana.
Impacto en el vocabulario
Esta fecundidad zoológica, que mudó de raíz la ecología insular, no podía dejar intacto el caudal léxico de la comunidad hispanohablante. La lengua es siempre el espejo más fiel de las faenas cotidianas del hombre, la civilización del hato impregnó de savia montaraz y pecuaria el habla de todos los días. Al desbordarse las reses por valles y sabanas, el quehacer rudo del desuello, la montería y el pastoreo proveyó a la imaginación popular de un repertorio de imágenes plásticas que con el tiempo perdieron su estrecho vínculo técnico para convertirse en moneda corriente de la lengua general.
A la cabeza de esta irradiación semántica descuella la fecunda familia de cuero. En la economía colonial, la piel vacuna —la codiciada corambre de los rescates y las flotas— constituía el nervio de la vida material. De esa omnipresencia material brotó una singular derivación afectiva y metafórica: en el habla coloquial dominicana y antillana, cuero descendió por vía despectiva o eufemística hasta designar a la prostituta o mujer de vida libre, en una traslación donde la idea de mercancía corporal o pellejo ajado suplanta al término recto. Con igual naturalidad campesina, el acto de despojar a la res de su piel viva fijó el verbo encuerar (y la locución en cueros), preferido tenazmente en el uso diario para significar 'desnudar' o 'desnudarse', desplazando al castizo desvestir. Y cuando la piel curtida se trocó en coyunda, látigo o correa de castigo, la lengua acuñó mediante el sufijo ponderativo el sustantivo cueriza, que pasó de la flagelación pecuaria a mentar cualquier paliza o azotaina propinada en el ámbito familiar o callejero.
El vocabulario de la montería —la persecución del ganado alzado en la manigua— legó giros de vigorosa expresividad. La voz montear, que en la Península era cazar fieras mayores en el coto señorial, se aclimató en la isla como el acto de internarse en la vegetación intrincada tras las reses bravías; de allí nació la figura del montero, arquetipo humano del campo dominicano que hizo del monte su taller y su morada. Para dominar a la bestia en fuga, el jinete practicaba la faena ruda del desjarrete, cortando con la desjarretadera el tendón de la pata trasera; la lengua figurada se adueñó pronto de desjarretar para expresar la acción de abatir a un hombre, dejarlo sin fuerzas o quebrar de raíz la solidez de una empresa o argumento. En esa misma brega de sujeción, la voz soga —el lazo rústico de cuero crudo o fibras del país— cobró tal predominio que arrinconó a cuerda, sirviendo en el uso antillano para nombrar cualquier ligadura, por leve o delgada que parezca. Y de la guía dócil impuesta a la res mediante el cabestro (pronunciado a menudo cabresto, con la tradicional metátesis popular hispánica), nació el verbo encabestrar, trasvasado al plano ético y civil para designar el sometimiento, la docilidad impuesta o el encauzamiento disciplinario de un individuo díscolo.
Las labores del tasajo y el despiece doméstico enriquecieron asimismo la toponimia y el menaje insular. La tasajera, originariamente la vara o andamio expuesto al sol y al viento donde se curaban con salitre las tiras de cecina, mudó su aplicación espacial hasta convertirse en el rincón hogareño, la despensa rústica donde la familia campesina custodia la provisión de carne. Para las astas del animal, el pueblo prefirió la concisión expresiva de cacho, voz heredada del fondo dialectal peninsular que en América se propagó para calificar cualquier saliente o remate en punta. La multitud compacta y torpe halló su retrato en la bueyada, derivado colectivo que saltó del tiro de carretas a la caracterización sociológica de la masa pesada.
Por encima de todos estos términos, la voz hato encarna el destino histórico de la isla. Nacida para denominar la porción de ganado que apacienta reunida y la vasta dehesa comunera donde pasteaba libremente, la palabra dejó de ser un mero tecnicismo de la agronomía castellana para erigirse en la cédula de identidad de la estructura social insular: el hatero representó el tipo humano dominante frente al declive del señor de ingenio, y la geografía nacional quedó salpicada para siempre de esa huella pecuaria en nombres perdurables como Hato Mayor o Hato Nuevo. En cada uno de estos giros, la lengua viva atestigua cómo los animales traídos en las carabelas no sólo cambiaron la hierba de las sabanas, sino que moldearon el pensamiento, el ingenio metafórico y la fisonomía verbal del hombre antillano.
Fauna exótica
En la refundación biológica de La Española, el trasvase de la fauna doméstica operó como el andamiaje material que hizo posible la supervivencia y el dominio del colonizador europeo. La expedición fundadora de 1493, en su escala de aprovisionamiento en las islas Canarias —señaladamente en La Gomera—, embarcó la simiente zoológica de la civilización castellana: el ganado vacuno que habría de enseñorearse de las sabanas; los cerdos que ganaron la espesura como puercos cimarrones; los caballos que transformaron la isla en el gran haras de las conquistas continentales; los asnos y mulas destinados al tiro y a la molienda de los ingenios; y el ganado menor de chivos y carneros que abasteció de carne barata a las villas incipientes.
A este elenco pecuario se sumó de inmediato la gallina de Castilla, cuya ausencia en el mundo precolombino fue atestiguada por Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias con su habitual agudeza notarial: «Gallinas como las de Castilla no las había; pero de las que se han traído de España, se han fecho tantas, que en parte del mundo no puede haber más». La multiplicación del ave peninsular fue instantánea y colosal, asegurando el sustento cotidiano en corrales urbanos y estancias del interior.
En riguroso contraste con este trasplante ibérico, la gallina de Guinea (Numida meleagris) —conocida en el ámbito insular con las designaciones populares de guinea o pintada— no formó parte del equipaje colombino ni del inventario ornitológico del siglo XVI fijado por Oviedo. El cronista madrileño, minucioso clasificador de las aves domésticas de Castilla y de las especies autóctonas del monte antillano, ignoró por completo la presencia de esta zancuda africana, aun cuando aludiese a la costa de Guinea para referir ciertas cabras menores o variedades agrícolas. Su penetración en La Española fue un fenómeno posterior, indisolublemente ligado a las corrientes de la trata negrera y al poblamiento de origen subsahariano. Como documentó Pedro Henríquez Ureña en El español en Santo Domingo, el ave aportó al habla viva caribeña los marbetes de guinea y pintada (paralelos al guineo de la vecina Cuba), testimonio ornitológico y lingüístico de cómo el contingente africano, al incorporarse al drama colonial, introdujo también en la manigua insular sus propias especies de corral, asilvestradas luego en los matorrales y sabanas del país.
La reproducción de la fauna trasplantada
Si profunda fue la transformación vegetal, el reino animal protagonizó un desbordamiento cuantitativo que conmocionó los precios de mercado y alteró los hábitos del colonizador. Oviedo documenta este fenómeno con una prosa donde el dato zootécnico adquiere relieve civilizatorio. En el ganado vacuno, traído desde las marismas andaluzas a partir de 1493, el crecimiento desbordó los corrales primitivos: los valles y sabanas vieron multiplicarse las reses a tal extremo que doña María de Arana llegó a censar más de cuarenta y dos mil cabezas en sus hatos y el obispo Rodrigo de Bastidas rebasó las veinticinco mil. El consumo de la carnicería capitular —entre cuarenta y cincuenta animales diarios— apenas bastaba para contener la masa ganadera; el arrelde de cuatro libras descendió al irrisorio precio de dos maravedíes, obligando al estanciero a abandonar la carne en descampado para centrar el lucro en el alanceo de reses y la extracción de cueros y sebo con destino a las curtidurías sevillanas.
La caballada, diezmada en las tempestades del Atlántico —origen de la designación marinera del «Golfo de las Yeguas»—, se recuperó hasta convertir a La Española en el criadero neurálgico de las expediciones de conquista dirigidas a Puerto Rico, Jamaica, Nueva España y el Perú; caballos que al inicio se pagaban a peso de oro pasaron a tasarse entre tres y cinco pesos. A su vez, las ocho puercas adquiridas por Colón en La Gomera a treinta maravedíes la pieza fundaron una estirpe que pronto ganó la espesura: aquellos puercos cimarrones, criados en la libertad del boscaje y cebados con ovos y cimas de palma, dieron pie a una carne reputada por Oviedo como más sana y sabrosa que la del carnero castellano.
Las ovejas y cabras aclimatadas desde Canarias y Cabo Verde, sumadas a los asnos y mulas que movían los ejes de los trapiches y acarreaban la leña de las calderas, completaron el cuadro del pastoreo insular. La fauna menuda de servicio experimentó mutaciones singulares bajo la atmósfera antillana: los lebreles y perros de caza, alzados en el monte como jaurías jíbaras que diezmaban a los terneros, obligaron a los vecinos a cortarles las orejas desde cachorros, valiéndose de la molestia que el agua y el relente producían en el conducto auditivo para mantenerlos al abrigo del hogar. Los gatos mudaron sus ciclos biológicos, manteniendo un celo continuo a lo largo del año sin el estrépito de sus maullidos ibéricos; las aves de corral cantaban a deshora tanto a media noche como al mediodía, y en el fondo de las bodegas mercantes arribaron el ratón devorador de cañas y la pertinaz cucaracha de arca.
En este despliegue de vida trasplantada, que la pluma de Oviedo fijó en sus pormenores iniciales y los siglos posteriores completaron con cultivos de contrabando y de altura, La Española operó como el gran laboratorio agronómico y zoológico de América. Sobre este suelo, la flora y la fauna del orbe conocido se entrecruzaron para dar nacimiento a una geografía productiva inédita, asiento material y perdurable de la sociedad antillana.
Referencias bibliográficas
- Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1519). Libro del muy esforzado e invencible caballero de la Fortuna propiamente llamado Don Claribalte. Juan Viñao.
- Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1526). Sumario de la natural historia de las Indias (De la natural historia de las Indias). Ramón de Petras.
- Fernández de Oviedo y Valdés, G. (2018). Historia general y natural de las Indias: Parte primera (Libros I al XIX). Biblioteca Antológica.
- Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1880). Las quincuagenas de la nobleza de España (Tomo I; V. de la Fuente, Ed.). Imprenta de la Real Academia de la Historia
- Fernández de Oviedo y Valdés, G. (2018). Historia general y natural de las Indias: Parte primera (Libros I al XIX). Biblioteca Antológica.
- Henríquez Ureña, P. (1975). El español en Santo Domingo (2.ª ed. facsimilar). Editora Taller. (Trabajo original publicado en 1940 por la Universidad de Buenos Aires).
- Henríquez Ureña, P. (2003). Estudios lingüísticos y filológicos (I. Pérez Guerra, Ed.; Obras completas, Vol. 4). Editora Universal; Secretaría de Estado de Cultura. (Recopilación de trabajos filológicos publicados originalmente entre 1919 y 1946).
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