Estas son memorias de una iglesia convertida en cine. Nací en 1953 en el valle frío de Constanza. Tengo varios recuerdos, pero es muy especial el de la sala del Cine Inés. Todos mis otros “recuerdos” están hilvanados por los relatos de mi madre, doña Mery, que, entre otras cosas, me devolvieron hilvanados por los relatos de mi madre, doña Mery, que, entre otras cosas, me reestablecían esa sala de cine de finales de los cincuenta.

Y hago aquí una salvedad que me parece esencial: ¡en mi pueblo una iglesia se convirtió en cine! No fue el cine el sustituido por un templo, sino el templo el que se volvió sala de proyección. Hoy, en cambio, la historia se ha invertido: salas de cine, como el Cine Max de la avenida Duarte, alberga iglesias. ¡Qué paradoja! El mismo espacio que servía para rezar y luego ver películas, hoy sirve para predicar donde antes se proyectaba.

Voy a intentar describirlo. El cine Inés olía a pino fresco de los aserraderos (mi padre solía venderle madera para pequeñas reparaciones, aseguraba mi madre). Su techo de zinc resonaba con los aguaceros montañosos, que ahogaban la banda sonora. Al frente tenía un proscenio, dignidad de teatro antiguo. Pero lo más singular eran los bancos de la platea: largos, de madera, con rodilleras en la parte trasera del asiento delantero. Hechas para orar. Uno se sentaba a ver Hollywood con la misma postura con que pedía perdón por sus pecados. Aquella iglesia convertida en cine conservaba la liturgia: la comunidad se reunía, callaba, temblaba y creía.

Arriba, en la penumbra del mezanine, habitaba el proyeccionista, un verdadero mago, viéndolo con los ojos de hoy. Y es que las películas llegaban a Constanza después de decenas o centenares de proyecciones. Traían cicatrices: rayas, saltos de montaje y remiendos que el mago proyeccionista, en su taller de magia, corregía una y otra vez para mantener vivo el milagro de la pantalla.

En la cabina, el operario recomponía trozos de celuloide con paciencia infinita. Pegaba cintas maltrechas. La especialidad eran los indios y vaqueros. Por sus remiendos manuales, los duelos a pistola y las persecuciones a caballo se volvían collages frenéticos. El ritmo del montaje dependía de su pericia y de su pegamento. Ver una película allí era asistir a una obra única, editada en vivo en la capilla del proyeccionista.

¡Ah, creo que fue ahí donde nació esta pasión pegada al alma! Más que por un retozón glamour, aquello fue un milagro artesanal y comunitario. El Cine Inés, con su techo de zinc y sus bancos con rodilleras, fue escuela primaria de mi mirada de niño. Vi que el cine, si bien es arte, en mi caso es un acto de fe comunitaria. Y aprendí también una lección que hoy suena extraña: en Constanza, una iglesia se hizo cine; hoy, un cine como el Cine Max se convierte en iglesia. Esa inversión da a entender que hay espacios que son sagrados por su nombre, y otros por la devoción que convocan. Por eso, cuando hago cine, busco devolver a otros ese temblor: el de una sala de montaña donde el celuloide se hilvanaba a mano y la pasión se aprendía como se aprende una oración.

Un cine de pueblo, donde la arquitectura, la memoria, la religión y el espectáculo popular se fundieron en una experiencia colectiva irrepetible. Estaba en el lado sur del parque municipal Anacaona hasta la década de los 80 y hoy habita la memoria. Había otro, el Teatro Constanza, pero esa es otra historia.

Etzel Báez

Gestor cultural

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