No hace tanto tiempo como podría pensarse, se compraba cualquier objeto pensándose que iba a ser para toda la vida, al igual que los compromisos que se adquirían entre las personas, desde el negocio privado, noviazgo, matrimonio y la amistad.
El medio obligaba, aunque se fallara. Ahora nadie obliga a nadie y todos les fallamos a todos. Ya la nobleza no obliga sino al tigueraje y la irresponsabilidad y “¡Qué me importa a mi lo que digan!” Culpar a los políticos o a la vida “moderna” sería una buena salida o excusa, con todo y que gran parte de las culpas de que esta realidad (mágica, fantástica o de ciencia ficción) ande mangas por hombros y buscando culpables, la mitad de la culpa es de ellos (los que nos gobiernan) y la otra, sería mejor evitar o pensar que es propia, puesto que somos quienes los elegimos y volvemos y los reelegimos para irse o quedarse donde les dé la gana. A igual sucede con los objetos, sabemos que tal o cual fabricante su producto (alimentos, electrodomésticos y etc.) no sirve, pero el usuario los compra y los consume sin ton ni son, con orgullo y todo.
Se compraba una nevera bajo el supuesto que era para toda la vida y, si la nevera tenía veinte años funcionando sin problemas y se deñaba, se terminaba diciendo que esa marca no servía para nada. Lo mismo pasaba con los zapatos, la camisa, el pantalón y ni decir de los utensilios de la cocina y lo que se cocina. Cualquier madre, se sentía orgullosa que con el ese caldero había alimentado dos o tres generaciones. Los acompañaban las camas, los muebles y un largo etc., de objetos variopintos, necesarios para el diario vivir. Todo tenía la impronta de la eternidad, aunque no fuera cierto, como al afecto sucedía.
Mi padre era zapatero y un cliente mandaba a poner un taco y al mes se aparecía diciendo que la postura no había servido; por supuesto que mi padre no le preguntaba que cuántas veces se había quitado los zapatos excepto para dormir o que las calles eran puro polvo o lodazal. O había, en cualquier pueblo del interior y en la misma capital, quien tapaba todo lo que se pichaba, desde un jarro hasta un caldero. Todo se reparaba después añales de uso continuo, al descubrir el orificio en el objeto se evocaba que ya las cosas no duran tanto, con la mirada puesta en el cielo e inmediatamente se buscaba culpar a alguien de la casa, principalmente a las niñas, por su descuido al limpiarlo.
Lo mismo pasaba con los materiales de oficios, lo que en ese entonces era algo corriente podría ser que sea mejor que lo que ahora son de primerísima calidad porque lo diga una etiqueta. No voy a caer en gancho a culpar a China, para que no haya represalia. Algo oriundo de Alemania era para toda la vida, de USA e inclusive los de producción nacional. Un tenis Paseo… y la vida entera para caminar… o cualquiera se les daba treinta patadas a más de uno de marca de ahora, echo en China, Tailandia, Vietnam… Lo mismo se pensaba de los gobiernos que se creían eran eternos. Trujillo, Balaguer u otros, años más tarde, que azararon los cerebritos de quienes los seguían, cuyas prédicas… los que los sustituyeron en “liderazgos” pusieron en práctica, en su realidad interior y exterior, quedarse hasta que Colón bajara el dedo.
De pronto todo cambia. La duración de las cosas cambia sin nadie darse cuenta, excepto los que las fabricaban, que fabricaban cosas que no servían para nada, pero es probable que, a los clientes, poco les importara; que se eligieron candidatos que exageraron, a lo malo, lo que les criticaban a sus antecesores, bajo la bandera de los Hermanos de la Costas, pero de la tierra, en la forma de gobernar, administrar, legislar, en fin… y sin fin.
¿Cuándo las cosas dejaron de ser eternas? Quizás cuando empezaron a adquirirse sin necesidad y no porque el dinero apareciera con facilidad, ¿y por qué no? Don dinero siempre ha sido resbaladizo. Vuelvo a culpar a los políticos, quienes terminaron con más tigueraje que aquellos que criticaban. Político es todo aquel que se cree predestinado y cual sea la profesión, liberal o no, termina decepcionando, excepto a sí mismo. Nos hemos acostumbrado a lo desechable, sin sueño y sin exigirles que cumplan con su deber y cuando no se les obliga, evocan enmiendas, oraciones, cabo de años y todo pasado es mejor porque posee la cláusula… Hay que pretender el imperio de las cosas bien hechas sin importar lo que sea, que va desde una simple curita hasta un sujetador de pelo. Además de que las cosas estén bien hechas hay que cuidarlas. No cuidamos y los que las hacen lo saben, sin importar lo que cueste.
Ahora, marcas antiguas o modernas, son basura de la misma especie. Aparentemente no hay salvación. Además, todo es acumulación. Y donde todo es por mucho, la calidad no se puede apreciar ni se toma en cuenta el esfuerzo que costó. No es que se pretenda que cada quien tenga lo necesario, sino que lo que se posea valga la pena poseerlo. Cambiar por cambiar no es buen consejo, sin embargo, es lo que prima. Una unión de pareja de antes, aunque se rompiera al otro día, se llegaba a pensar que era para siempre. El “Yo acepto” de antes es ahora el camino al motel y el camino a la iglesia es con el dedo cruzado a la espalda o dentro de los bolsillos con: “¡Oh Dios, en qué lío me he metido!”
Si cambiamos nuestras actitudes hacia lo que consumimos, en esa misma medida mejoramos algo. Si no les damos el valor justo a las cosas, pues no dejamos de ser cosas, aunque pensemos lo contrario, a jodernos a caballo vamos encaminados. No hay que pretender que las cosas sean como antes, es imposible pensarlo e intentarlo, pero conservar lo mejor de ese “antes” para el presente, no está mal tomarlo en cuenta.
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