Una nación no nace únicamente el día que firma su acta de independencia; nace todos los días a través de los relatos que se cuenta a sí misma. En República Dominicana, el 27 de febrero es mucho más que una efeméride constitucional: es la puesta en escena más grande del país.

Sociólogos y antropólogos coinciden en que la dominicanidad, como concepto, es una "comunidad imaginada" que requiere de rituales constantes para mantenerse viva. Este andamiaje de la memoria colectiva no se sostiene con decretos, sino a través de pilares culturales que este mismo mes de febrero transforman a Santo Domingo, Santiago y las provincias en territorios de encuentro, reflexión y disfrute estético.

La educación y los museos

La identidad cívica del dominicano se forja en el patio del recreo. Históricamente, la escuela ha utilizado la pedagogía del símbolo: el izamiento matutino de la bandera y las marchas que paralizan las calles de los pueblos cada febrero, donde los niños recrean el trabucazo de Mella con bigotes de corcho.

Pero esta educación trasciende las aulas. Durante el Mes de la Patria, los espacios patrimoniales se convierten en "aulas vivas". Este mismo mes, la Red Nacional de Museos,que incluye el Museo de las Casas Reales, la Fortaleza Ozama y el Faro a Colón, activa recorridos especiales, mientras que en la Ciudad Colonial, exposiciones como El Prado en Nosotros (en el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón) demuestran que mirar el pasado es fundamental para comprender el presente.

La música y el folclore

Si la escuela aporta el intelecto, la música popular y el folclore aportan la pasión. En República Dominicana, el patriotismo tiene ritmo de güira, tambora y expresiones autóctonas.

La representación de la patria ha evolucionado desde las marchas marciales hasta permear el ADN del merengue y la bachata, logrando unificar a la diáspora y a los locales en un solo sentimiento.

Esta celebración de la identidad sonora tiene su máxima expresión en los escenarios de hoy: como ejemplo de la preservación de esta memoria, la Sala Héctor Incháustegui Cabral presenta esta misma semana al Ballet Folclórico Nacional Dominicano, un recordatorio de que nuestra soberanía también se defiende preservando nuestros ritmos y danzas originarias.

El teatro

Mientras los monumentos de mármol muestran a los próceres petrificados, las artes escénicas se encargan de devolverles su humanidad y de mantener vivo el espíritu crítico de la sociedad.

La cartelera de este mes es prueba de la vitalidad cultural dominicana. Desde las grandes producciones en la Sala Ravelo del Teatro Nacional (como la obra Los amigos de ellos dos), hasta los espacios independientes de la Ciudad Colonial. Lugares como el Teatro Guloya, que este mes presenta su versión de Romeo y Julieta, o Casa de Teatro y Nova Teatro, demuestran que disfrutar del arte libre es, en sí mismo, un ejercicio de soberanía.

Como bien reza el manifiesto de la agenda cultural de Acento esta semana: La cultura no solo se contempla: se habita. Cada sala de teatro abierta en este mes de símbolos es también un acto de independencia espiritual.

La prensa

Desde la fundación de la República, la prensa escrita (y hoy los medios digitales) ha sido la guardiana y moldeadora de la efeméride.

En febrero, los periódicos transforman su agenda. Los editoriales se tiñen de reflexión cívica, los suplementos históricos reviven cartas y manifiestos de 1844, y los caricaturistas utilizan la figura de Duarte como un juez moral de los políticos actuales.

La prensa no solo narra cómo se celebra el 27 de febrero; dicta el tono de la celebración. A través de sus enfoques, los medios deciden si un año la conmemoración debe centrarse en la defensa fronteriza, en la transparencia institucional o en el orgullo cultural, utilizando el pasado para legitimar o criticar el estado actual del país.

El rol de la efeméride en la identidad

En un mundo globalizado donde las fronteras culturales se difuminan, la vibrante agenda de febrero en el Distrito Nacional, el carnaval en La Vega, o las acciones educativas del Centro León en Santiago actúan como un ancla.

Celebrar el 27 de febrero a través de estas expresiones no es un simple ejercicio de nostalgia. Nos recuerda que la Independencia Nacional no fue un punto de llegada en 1844, sino un proceso continuo que, 182 años después, seguimos ensayando, cantando y habitando todos los días.

Julio Solano

Periodista y poeta

Ver más