La democracia puede definirse como el diálogo permanente entre el poder político y la calle, entendida esta última como la ciudadanía activa que conoce sus derechos y deberes, y que exige al gobierno el cumplimiento de sus obligaciones.
En condiciones más o menos normales, ese diálogo es horizontal, armonioso y continuo. En momentos críticos, se torna ríspido e incluso puede derivar en enfrentamientos violentos.
En estos días, las protestas de la juventud en Francia, Alemania, Italia, España y otros países europeos han impactado a gobiernos, medios de comunicación y analistas sociales. Tanto, que algunos han visto semejanzas con el poderoso movimiento juvenil de los años sesenta, aquella rebelión política y cultural que sacudió Europa, Estados Unidos y varios países de Hispanoamérica.
Cabe preguntarse cuáles son las causas profundas del descontento que hoy expresan los jóvenes y cuáles son las metas de sus reivindicaciones. La respuesta está a la vista y es transversal: un mismo grito, con acentos distintos.
Todo empezó el 15 de septiembre en los liceos de Francia. Estudiantes de secundaria bloquearon sus centros en Créteil, a las afueras de París, por la falta de profesores (en el 53 % de los centros faltaba al menos uno al inicio del curso) y por el estado ruinoso de los edificios. En tres semanas, el país pasó de 20 liceos bloqueados a 320.000 personas en las calles y 70.000 policías desplegados contra los disturbios el pasado 31 de octubre. Las protestas, convocadas principalmente a través de las redes sociales, recibieron el apoyo decidido de la juventud.
En España, el detonante fue el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, quien murió dos semanas después de ser desalojada en Madrid tras haber vivido 71 años en la misma casa. El caso puso el dedo en la llaga del grave problema del encarecimiento de los alquileres (han subido entre un 40 % y un 45 % en una década, mientras los salarios solo han aumentado un 26 %).
No puede afirmarse que este movimiento continental de protesta esté liderado por la izquierda o por la derecha.
En Italia, las manifestaciones del 17 de octubre en Roma, Milán, Turín y Bolonia sumaron reclamos contra los altos costos de la vivienda, la canasta básica y la educación. Al igual que en Francia, los estudiantes italianos exigen escuelas que no se caigan a pedazos, becas, residencias y transporte escolar gratuito.
En Alemania, el movimiento se bautizó “Gen Z regelt” (La Generación Z se encarga). Más de 140.000 jóvenes, convocados en 30 ciudades, no solo piden vivienda asequible y protección climática: rechazan el proyecto del gobierno de reinstaurar el servicio militar —voluntario en un primer momento y potencialmente obligatorio después— para sostener el proceso de rearme del país.
En Bélgica, Portugal, Grecia y Austria el escenario es similar: recortes en educación, salud y prestaciones sociales para cuadrar una deuda pública que no deja de crecer.
El Eurobarómetro de la Juventud 2024 ya lo advertía: la principal preocupación de los europeos de 16 a 30 años es el costo de la vida (40 %), seguido del cambio climático y del empleo. Los jóvenes ven con claridad lo que los presupuestos oficiales ocultan: el gasto militar europeo ha subido un 71 % desde 2021. Cada euro destinado al rearme lo sienten como un euro menos para la escuela, el hospital y la vivienda. Y lo dicen.
No puede afirmarse que este movimiento continental de protesta esté liderado por la izquierda o por la derecha. Se protesta tanto contra las políticas del gobierno derechista de Giorgia Meloni en Italia como contra el socialdemócrata de Pedro Sánchez en España o el centroderechista de Emmanuel Macron en Francia. Ninguno ha encontrado una respuesta adecuada.
Desoír a la juventud que protesta sería un costoso error histórico. Esperamos que en la rica Europa prevalezca el diálogo entre el poder y la calle, es decir: la democracia vigorosa.
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