Los precios de bienes y servicios suben. Si hay renglones de la economía en los cuales los costos y precios se han mantenido estables en los últimos meses, han de ser los menos.
Las explicaciones de las autoridades, de las empresas y de los suplidores privados no convencen ni alivian a una ciudadanía que ve cada día más constreñida su capacidad de compra y, en consecuencia, su calidad de vida.
Frente a eso, las quejas y las protestas son legítimas. Pero, además de expresar desacuerdo, la gente puede dar un paso más: convertirse en consumidora inteligente, evitar quedar atrapada en el consumismo irracional.
No se trata de resignarse, sino de ejercer poder. Cada peso que gastamos es poder y beneficio para alguien. Y un consumidor informado, organizado y creativo debe hacer uso de ese poder.
Esta decisión implica cambiar hábitos, no solo reducir gastos.
He aquí algunos ejemplos:
Energía y combustible: el ahorro empieza en casa. Trace un plan mínimo, pero real, de consumo. No importa si vive solo o si es parte de una familia numerosa.
La austeridad no tiene por qué ser castigo ni miseria. Bien entendida, es creatividad, disciplina y dignidad.
¿Es necesario mantener el aire acondicionado encendido todo el día y en todas las habitaciones? ¿Deben permanecer todas las luces encendidas cuando solo ocupamos un espacio?
Desconectar lo que no se usa, aprovechar la luz natural, limpiar los filtros del aire, reducir el uso del calentador (aquí no hace tanto frío) y si es necesario entonces programarlo. Lo mismo se puede hacer con el acondicionador de temperatura. Todas estas pequeñas medidas, al llegar a fin de mes, resultan de un importante valor.
Alimentos: comer bien sin comer siempre lo mismo. Revise sus prioridades en el colmado, en el supermercado o en el mercado abasto.
No es obligatorio consumir las mismas marcas ni los mismos productos toda la vida.
Busque opciones, compare, aproveche los alimentos de temporada, que tienden a bajar de precio cuando los productores hacen las cosechas.
Comprar al productor, cuando sea posible, ayuda. Planificar el menú semanal y evitar el desperdicio es la forma más directa de ahorrar.
Movilidad: movernos con cabeza. ¿Es necesario usar siempre el vehículo privado, y en muchos casos los varios vehículos de la casa?
Cada galón que no se quema es un ahorro doble triple: para el bolsillo, para la salud y para el ambiente.
La austeridad no tiene por qué ser castigo ni miseria. Bien entendida, es creatividad, disciplina y dignidad. Es negarse a que la inflación decida por nosotros cómo se vive en casa.
Obvio, el Gobierno debe hacer su parte: contener la especulación, ser transparente y proteger al más vulnerable. Pero mientras exigimos esa acción gubernamental, la ciudadanía también puede tomar el control de su propia economía cotidiana.
Ahorrar no es solo guardar. Es elegir mejor a la hora de pagar por los bienes y servicios.
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