El suicidio no es un hecho aislado ni una simple nota policial. Por su impacto social, constituye un tema de permanente interés informativo; sin embargo, existe una profunda preocupación en la comunidad que trabaja salud mental sobre la forma en que suele presentarse en los medios: Desde la titulación y el lenguaje hasta el enfoque estilístico y la selección de las imágenes.
Frente a una problemática compleja y que depende de varias causas, el dilema ético central radica en el poder de la palabra. Los medios de comunicación tienen la oportunidad –y la responsabilidad- de alejarse de ser un factor de riesgo al orientar su accionar hacia una información rigurosa y técnica capaz de salvar vidas.
El comunicador tiene el derecho a difundir la noticia y la ciudadanía el de mantenerse informada. Lo crucial es alcanzar una total claridad conceptual sobre el tratamiento del tema y sus repercusiones. Desde Emile Durkheim sabemos que el suicidio posee una dimensión social susceptible de contagio; como advirtió el sociólogo: “Ningún otro hecho es tan rápidamente transmitido por contagio como el suicidio”. La literatura científica y la experiencia internacional dan cuenta de cadenas de autoagresiones desencadenadas tras la cobertura sensacionalista de la muerte de figuras públicas.
En el centro de toda ética periodística está el respeto a la dignidad humana. Cuando la línea editorial de un medio se articula en torno a la dignidad de la persona, hablamos de humanización: el sujeto deja de ser percibido como un objeto de morbo o espectáculo para situar el servicio comunicacional en la perspectiva del ser humano. Eso convierte al medio en un actor responsable.
Se atribuye a Carl Jung la frase “Aprenda sus teorías tan bien como pueda, pero déjelas a un lado cuando toque el milagro del alma viva”. La grandeza profesional e intelectual va asociada a la rectitud deontológica y es ahí cuando cobra su verdadero sentido.
Esa alma humana cargada de un sufrimiento que muchas veces es inexplicable e incomprendido, y que es privado, no llega al acto de forma fortuita; regularmente suele avisar sobre sus intenciones. Son esas señales previas y espacios de intervención los que permiten una actuación externa que lo hace prevenible. Y a la vez, ese mismo espacio de vulnerabilidad se convierte en riesgo mayor cuando el medio ofrece una información morbosa que se convierte en el vehículo del desenlace fatal.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las muertes por suicidio son apenas la punta de la pirámide de una severa crisis mundial: más de 700,000 mil personas mueren al año por esta causa. Esto equivale a una muerte cada 40 segundos. En nuestro país, más de 600 personas pierden la vida anualmente por este motivo.
La misma OMS estima que por cada persona que fallece por suicidio, entre 20 y 35 personas lo intentan, unas 40 cuentan con un plan estructurado y más de 140 personas idean seriamente quitarse la vida. A ese amplio segmento vulnerable es al que debe dirigirse la labor preventiva de los medios.
Para evitar el sensacionalismo, las pautas internacionales, recomendadas por la OMS y la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP), son claras:
*No detallar métodos, ni instrumentos utilizados.
*No ubicar el lugar del hecho.
*Omitir imágenes explícitas o desgarradoras.
*No simplificar la causa a un solo detonante ni atribuir el hecho únicamente a problemas amorosos o laborales.
*Prescindir de cobertura repetitiva o despliegue desmesurado en portada o espacios estelares.
*Mantener un lenguaje neutral, prescindiendo glorificar o normalizar el acto.
*Educar al público sobre los factores protectores y señales de alerta.
*Difundir información sobre cómo afrontar crisis personales de forma positiva.
*Proteger la privacidad y el duelo de los familiares y allegados.
*Incluir, al cierre de la nota, los datos de contacto de líneas de ayuda y otros servicios de atención psicológica.
El suicidio deja tras de sí un cerco de devastación, culpa y confusión indescriptibles. Los medios no deben abstenerse de informar, sino comunicar con responsabilidad técnica y sensibilidad humana para prevenir en lugar de contagiar. Aunque la labor informativa no es suficiente para erradicarlo, los medios tienen el deber de buscar el bien común y el bienestar de la persona desde un enfoque constructivo y educativo al transformar la noticia en una barrera de protección social y garantizar una cobertura mediática responsable.
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