El presidente de los Estados Unidos ha bajado un poco la agresividad respecto de Irán, llegando casi a un mes del reinicio de ataques militares contundentes, junto a Israel, para descabezar el gobierno de fundamentalista de Irán y restablecer un régimen acorde con los valores y los principios de occidente.

Destrucción masiva en la capital, Teherán, y en otras ciudades, además del asesinato del líder espiritual y presidente Ali Jamenei, su esposa, sus nietos, otras 300 personas, y la muerte de por lo menos 180 estudiantes de una escuela que fue impactada por un misil estadounidense, bajo la equivocada información de que la escuela era un local de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Donald Trump está tratando de encontrar la vía para una negociación con Irán, y salir del conflicto. Israel pareciera que desea continuar la guerra, tomarse territorio importante de El Líbano y seguir recibiendo apoyo estratégico y militar de los Estados Unidos. La economía mundial está siendo afectada. Estratégicamente Irán ha ganado buen terreno, porque aspira a ganar tiempo con el conflicto, provocar un daño irreparable a la economía mundial y de Estados Unidos, influir en las elecciones de medio término de noviembre, y fortalecer a sus socios y aliados en el mundo árabe, organizaciones amigas, y debilitar a Israel, quien ya ha agotado gran parte de sus detectores de misiles. Irán golpea ahora con menos lanzamientos pero con más precisión a Israel, y le está haciendo un daño muy gravísimo a un país que desde febrero está paralizado por la guerra.

Pakistán ha aparecido como un mediador de emergencia para entenderse con los iraníes y para transmitir los mensajes de Estados Unidos. Pero los líderes iraníes, que son pocos conocidos y que no dan la cara en ningún momento, tienen interés en continuar la guerra, y hasta expandirla, si se cumplen las amenazas de Estados Unidos de atacar sus centros de producción de energía. La amenaza de Trump ha sido retirada si Irán acepta sentarse a negociar un acuerdo que tiene cinco puntos esenciales. Irán no está dispuesto a ceder en sus exigencias de reparación, compensaciones y respeto a su soberanía. Los líderes del país persa llevaban casi 40 años preparándose para una guerra como esta. Tienen armas sofisticadas, un ejército de varios millones de hombres, tecnologías y recursos, y desean seguir enriqueciendo uranio para tener acceso a armamentos atómicos.

Estratégicamente Irán ha ganado buen terreno, porque aspira a ganar tiempo con el conflicto, provocar un daño irreparable a la economía mundial y de Estados Unidos, influir en las elecciones de medio término de noviembre, y fortalecer a sus socios y aliados en el mundo árabe,

Para complicar más las cosas, Irán acaba de decir que podría cerrar el vital estrecho de Bab el-Mandeb si se producen ataques contra su territorio o islas. El estrecho de Bab el-Mandeb es un paso angosto que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el mar Arábigo, por donde es transportado aproximadamente el 12% del petróleo que se distribuye a todo el mundo. Poco se menciona, porque se ha escogido como cuestión vcentral el estrecho Ormuz, pero el estrecho de Bab el-Mandeb es el cuarto punto de estrangulamiento marítimo más importante del mundo. De materializarse esta amenaza la capacidad total de almacenamiento podría reducirse a cerca de 25 millones de barriles diarios, lo que representa aproximadamente el 25% del suministro mundial.

Es un caso extraño: El país atacado, que perdió a su líder y presidente, que ha visto y sufrido la destrucción sembrada por misiles israelíes y norteamericanos de una gran parte de infraestructura, desea que la guerra continúe. Ha sufrido mucho por el poderío militar de sus adversarios, pero resiste y tiene como objetivo que la guerra se convierta en una destrucción de la economía de sus enemigos, y de paso, de todo el mundo que esté con ellos, como ocurre con China y Rusia. Estas dos potencias reciben grandes ventajas. Es tal la desesperación del gobierno de los Estados Unidos que ya eliminó las sanciones sobre la venta de petróleo ruso e iraní que estaba en barcos de transportación, y que sufrían sanciones norteamericanas. Hasta se habla de la visita del vicepresidente de Estados Unidos a Pakistán, para dialogar con representantes de ese gobierno y llevar sus propuestas a Irán.

Para que tengamos una idea de cómo va el mundo, en casi un mes de esta guerra, acudimos a la narración de la periodista Katrin Bennhold, de The New York Times, quien describió en una nota explicativa cómo los países han comenzado a afrontar la crisis del suministro de combustible, gas y electricidad en diferentes lugares del mundo. Y lo que describe es una indicación de los efectos de las decisiones del gobierno de los Estados Unidos. Esto que sigue es solo un fragmento del análisis descriptivo:

Si vives en Corea del Sur, el gobierno acaba de pedirte que tomes duchas más breves (lee sobre esta medida en español) y que solo uses la lavadora los fines de semana. En Nepal, es posible que la cena de tu familia esté fría debido a la grave escasez de gas para cocinar. Y si estás organizando un funeral en Pune, India, no podrás hacer una cremación con gas; el gas está siendo racionado y es solo para los vivos.

En Laos, más del 40 por ciento de las gasolineras están cerradas. Se ha dicho a los funcionarios tailandeses que suban por las escaleras en lugar de utilizar los ascensores. Sri Lanka acaba de convertir el miércoles en día festivo, lo que obliga a fábricas, tiendas y escuelas a permanecer cerradas ese día.

No hay país en el mundo que no se haya visto afectado por el incremento en el precio del petróleo provocado por la guerra en Irán. Desde los precios de la gasolina en Estados Unidos hasta las cuentas de la calefacción en Europa, el costo de la vida va en ascenso.

Sin embargo, en muchos países el impacto va más allá de la inflación: en Asia, una región que depende mucho de las exportaciones energéticas del golfo Pérsico, las precarias reservas de gas y petróleo ya están trastornando la vida cotidiana.

En Filipinas, que el martes declaró estado de emergencia nacional, un periódico publicó una columna con un titular particularmente contundente. “La nación al borde del abismo: esta crisis del petróleo podría destruir todo lo que hemos construido”.

Jamás la prepotencia y el miedo podrían conducir a nada bueno, humano, sensible, que ayude a la humanidad.

El tema no es que apasione al mundo. Lo aterroriza. Los efectos de la guerra son más que dramáticos. Si la guerra parara ahora, el mundo tendría que esperar años para restablecer la producción y suministro de petróleo y gas en el Medio Oriente.

Lo que sigue a continuación, para América Latina y el Caribe, es el racionamiento de la energía, los combustibles y la adopción de medidas de racionamiento. El mundo de hoy no es el mismo del mundo que vivíamos cuando Trump y Netanyahu decidieron encender sus misiles y enviarlos a atacar objetivos de Irán. Tanta fanfarronería en la política lo único que provoca es el desastre. Jamás la prepotencia y el miedo podrían conducir a nada bueno, humano, sensible, que ayude a la humanidad.