Con mucha frecuencia los políticos contribuyen, sin proponérselo, a afianzar el pesimismo de la sociedad dominicana.

Entre los dominicanos, intelectuales, pensadores, filósofos, periodistas, el pesimismo ha sido una corriente con poder en la reflexión cotidiana, sobre la economía, la política, la cultura y el devenir de nuestro desarrollo.

Uno de los más conspicuos pesimistas dominicanos fue el médico e intelectual Francisco Moscoso Puello, autor de un libro representativo como lo es Cartas a Evelina.

Si buscamos en las páginas de nuestra historia, incluso utilizando inteligencia artificial, encontraremos que el pesimismo es una tradición que se transmite de generación en generación a través del legajo literario que ha quedado de los principales pesimistas.

Sembrar optimismo es más difícil y tesonero que cualquier otra concepción sobre el devenir de una sociedad. Amarrada a una visión intelectual, consciente, desprovista de cualquier sentido de prosperidad, el sentimiento trágico de la vida de hombres y mujeres virtuosos nos ha afectado consistentemente.

Américo Lugo, historiador e intelectual pesimista dominicano

Veamos algunos datos:

Siglo XIX – principios del XX

  • Salomé Ureña de Henríquez (1850–1897): aunque exaltó ideales patrióticos, su poesía está marcada por un tono grave, melancólico, de sacrificio y renuncia. En su visión de la patria aparecen ecos de angustia y desengaño.
  • Manuel de Jesús Galván (1834–1910): en Enriquillo late un trasfondo fatalista: la imposibilidad de la justicia plena en la historia colonial y la derrota inevitable de los ideales frente al poder.
  • Américo Lugo (1870–1952): quizá el pensador dominicano más claramente pesimista. Su visión sobre la nación es de “irrealidad” y fracaso: descree de la posibilidad de una república estable y soberana; advierte que los dominicanos parecen condenados a la incapacidad política.
  • También abonó al pesimismo el narrador e intelectual José Ramón López.

Mediados del siglo XX

  • Juan Bosch (1909–2001): aunque no se le suele catalogar como “pesimista” en sentido estricto, en cuentos como La Nochebuena de Encarnación Mendoza o Luis Pie aflora un hondo fatalismo social y existencial. En su análisis histórico (Composición social dominicana, Dictadura con respaldo popular) muestra la reiteración de los ciclos autoritarios, lo que refuerza un tono pesimista sobre el destino político.
  • Pedro Henríquez Ureña (1884–1946): más universalista y optimista en general, pero en cartas y ensayos deja constancia de un cierto desencanto frente a las limitaciones del país y de América Latina.
  • Héctor Incháustegui Cabral (1912–1979): poeta de tono sombrío, cercano al existencialismo, con visiones pesimistas de la condición humana.

Generación de posguerra (1960–1980)

  • Manuel Rueda (1921–1999): en su poesía hay una meditación existencial donde predomina el desencanto y la visión trágica de la vida.
  • René del Risco Bermúdez (1937–1972): su obra narrativa y poética refleja el fracaso de las utopías y el vacío tras las luchas políticas.
  • Aída Cartagena Portalatín (1918–1994): en su poesía y narrativa resuena la conciencia amarga del subdesarrollo, la desigualdad y el desengaño existencial.
  • Francisco Moscoso Puello (1885–1959). Cartas a Evelina (1925): en este conjunto de ensayos se percibe un tono de desengaño frente a la política, a la moral social y a la falta de progreso en el país. Su crítica es amarga, cargada de ironía y desencanto.
  • Cañas y bueyes (1935): novela fundamental que muestra la miseria del campesinado cañero, atrapado en un círculo de explotación, alcoholismo y violencia. La vida aparece como una condena sin salida, marcada por la herencia y el ambiente.
  • Visión de la nación: Moscoso Puello comparte con Américo Lugo la impresión de que la República Dominicana estaba atrapada en la fragilidad institucional, el atraso y la “incapacidad” social.

El pensamiento pesimista, aunque originalmente fue cultivado por intelectuales y escritores, es decir los pensadores de la sociedad dominicana, no es menos cierto que los políticos contribuyen al desaliento cuando están en la oposición tratando de mostrar una situación de catástrofe cuando gobiernan sus competidores.

En la actualidad, el debate político y económico tiende a reforzar una postura fatalista y pesimista de la sociedad dominicana. Pese a que los críticos actuales más importantes son los mismos que gobernaron cinco gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana, sostienen un discurso de catástrofe, de inseguridad y ausencia de futuro. Y todo lo hacen montados en un discurso alarmista, con poco sustento.

Esa idea de que todo se destruye, de que no hay futuro, de la llegada de nuevos cataclismos sociales y políticos incentiva la desazón en las personas, conductas desprendidas de las normas de convivencia. Y hay personas con escasa salud mental, con poca posibilidad de controlar sus impulsos, y llegan a situaciones de violencia, homicidios, suicidios y hacen mucho daño en su entorno.

Claro, no queremos decir que los políticos sean quienes creen la intranquilidad y el pesimismo en la sociedad dominicana. Pero sí son una parte de ese entorno enrarecido, con una situación internacional que igualmente inunda nuestros medios, las redes sociales y forma parte de un concierto global de incertidumbre.

El pesimismo dominicano viene de nuestros ancestros. Trae lo que se conoce como el Fatalismo histórico: la idea de que la República Dominicana repite ciclos de caos, autoritarismo y dependencia. También incluye la Crítica amarga al carácter nacional (Américo Lugo es el caso más emblemático), y en ciertos sectores nos convida al Tono melancólico y desengañado en la poesía, marcado por visiones de ruina, fracaso y muerte, lo que nos amarra a un cierto Eco existencialista en autores del siglo XX, donde el pesimismo se asocia con la angustia humana y la frustración de los proyectos colectivos.