El efectivo bloqueo de Irán del estrecho de Ormuz ha puesto de relieve el alarmante impacto de endurecer un estrangulamiento comercial. Sin embargo, existe un potencial punto débil aún mayor en la economía global: el control de Taiwán sobre más del 90 por ciento de los chips de silicio de vanguardia del mundo, los cuales hacen funcionar casi todos los teléfonos inteligentes, centros de datos, modelos de inteligencia artificial (IA) y sistemas de armas inteligentes de Occidente.
El surgimiento de la industria de chips de Taiwán es una de las historias industriales más extraordinarias de nuestro siglo. Pero la isla de 23 millones de habitantes se encuentra en una falla geoestrátegica —además de sismológica—, a poco más de 160 kilómetros de la costa de China.
Pekín lleva mucho tiempo pregonando su misión de "rejuvenecimiento nacional" que incluye la incorporación de la isla; también ha aumentado significativamente su capacidad militar para ayudar a lograr ese fin. Cualquier disrupción grave en el suministro global de los semiconductores más valiosos del mundo paralizaría inmediatamente el actual auge de la inversión en IA en EE. UU. Esto también sacudiría a los mercados bursátiles mundiales, los cuales están fuertemente apalancados por la colosal apuesta de las grandes empresas tecnológicas, o Big Tech, por la IA.
Washington ha reconocido, aunque tarde, la excesiva dependencia estadounidense de la producción manufacturera de Taiwán, pero superar ese reto es una cuestión totalmente diferente.
En enero, el secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, advirtió que cualquier disrupción en la producción de chips taiwaneses supondría "la mayor amenaza individual para la economía mundial".
"Si esa isla fuera bloqueada, si esa capacidad fuera destruida, sería un apocalipsis económico", dijo Bessent en Davos.
El año pasado, Sanae Takaichi, primera ministra de Japón, dijo que cualquier ataque chino contra Taiwán podría constituir una "situación que amenazaría la supervivencia" para su país también. La importancia de esa formulación radica en que permitiría la activación de las Fuerzas de Autodefensa de Japón en virtud de los términos de su ley de seguridad de 2015. Eso apunta a los riesgos de un conflicto mucho más amplio, especialmente si EE. UU. respondiera a cualquier movimiento chino contra Taiwán.
Administraciones recientes han estado tratando activamente de reducir su dependencia de los chips taiwaneses. En 2022, el presidente Joe Biden aprobó la Ley CHIPS y Ciencia, la cual autorizó 52 000 millones de dólares en subvenciones para estimular la fabricación de semiconductores en EE. UU. El presidente Donald Trump parece preferir las medidas coercitivas a los incentivos: ha impuesto aranceles a las importaciones en un intento por obligar a los fabricantes de chips extranjeros a trasladar su producción a EE. UU.
Como consecuencia, la inversión en el sector estadounidense de los chips se ha disparado. Según un informe de 2024 de la Asociación de la Industria de Semiconductores (SIA, por sus siglas en inglés) estadounidense, la fabricación nacional de chips en el país iba camino de triplicarse para 2032. Hasta la fecha se han anunciado más de 100 proyectos en 28 estados, lo que supone una inversión total de más de 500 000 millones de dólares.
Aun así, la industria tecnológica estadounidense seguirá dependiendo de manera crítica de Taiwán en el futuro inmediato. Apple, Nvidia, AMD, Qualcomm y Broadcom no cuentan con un fabricante alternativo viable de chips avanzados a la escala que necesitan. E incluso los chips fabricados en EE. UU. deben enviarse a Taiwán para el delicado proceso final de "empaquetado".
Los taiwaneses creen que su posición dominante en el mercado mundial de chips les proporciona un "escudo de silicio" que los protege de los ataques. Los chinos no querrían poner en peligro su propio futuro económico arrancando un bloque tan crítico de la torre global de Jenga.
Pero hasta dónde y a qué velocidad está dispuesta a llegar Pekín para tomar el control de Taiwán es algo imposible de saber para cualquier observador externo. El presidente Xi Jinping podría considerar que el tiempo está de su parte y seguir insistiendo en que la unificación es inevitable algún día. Por si sirve de algo, según la más reciente evaluación no clasificada por parte de la comunidad de inteligencia estadounidense, "los líderes chinos actualmente no planean llevar a cabo una invasión de Taiwán en 2027, ni tienen un plazo fijo para lograr la unificación".
Sin embargo, las apuestas en el mercado de predicción Polymarket sitúan en un 20 por ciento la probabilidad de que China invada Taiwán antes de finales de 2027. Sin duda, esa posibilidad no se refleja en los precios del mercado bursátil estadounidense.
Es probable que estas apuestas fluctúen en las próximas semanas, antes de la visita reprogramada de Trump a China el 14 de mayo, en la que sin duda se abordará el tema de Taiwán. Por el momento, sin embargo, Trump sigue buscando desesperadamente escaparse del "estrangulamiento" en Oriente Medio.
La ironía es que los intentos de EE. UU. por restringir las exportaciones de chips de alta gama a Pekín no solo han estimulado el desarrollo de la cadena de suministro de chips de China controlada por sus entidades estatales, sino que también pueden haber reducido —paradójicamente— los costos de interferir con la cadena de suministro orientada al mercado estadounidense.
(John Thornhill. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
Compartir esta nota