"¿Otra vez? ¿No acabamos de tener este debate?". Así comienza el primer capítulo de una recopilación de ensayos publicada por el Centro para la Investigación de la Política Económica (CEPR, por sus siglas en inglés), titulada "Los nuevos desequilibrios globales". Sí, lo tuvimos: en la década de 1980, en la de 2000 y ahora, una vez más, en la de 2020.

Al parecer, aproximadamente cada 20 años el tema sale a relucir. Esto se debe a dos buenas razones. Una es que los desequilibrios por cuenta corriente alimentan el sentimiento proteccionista. La otra es que los desequilibrios son precursores de crisis financieras. En la década de 1980, el sentimiento proteccionista se intensificó contra Japón, que fue también donde se desató la crisis financiera. En la década de 2000, la era del "choque chino", el proteccionismo comenzó a crecer contra China y una crisis financiera afectó al mundo occidental. En la década de 2020, el proteccionismo ya está aquí, sobre todo en EE. UU.; pero no la crisis financiera… o al menos no todavía.

La opinión de muchos economistas actualmente es que, si se produce una crisis, es probable que se desate en EE. UU. Por eso, los autores del capítulo citado anteriormente —Beatrice Weder di Mauro y Jeromin Zettelmeyer— afirman que "el volumen de pasivos externos del país central del sistema financiero mundial ya es elevado, y se proyecta que siga aumentando. Al mismo tiempo, los gestores de activos mantienen exposiciones cada vez más concentradas, las valoraciones de las acciones están sobrevaloradas y están surgiendo señales de nerviosismo entre los inversionistas, con mayores esfuerzos por cubrir el riesgo". En otras palabras, hay que tener miedo, mucho miedo.

Entonces, ¿cuán similares son las condiciones actuales a las de hace dos décadas? ¿Qué podría salir mal? ¿Qué debería hacerse? ¿Cómo podría terminar la situación actual?

La respuesta a la primera pregunta es que existen similitudes y diferencias.

Una similitud es que las principales economías con superávit y déficit son las mismas: China, los países acreedores europeos (especialmente Alemania), Japón y los productores de petróleo vuelven a ser los principales países con superávit, mientras que EE. UU. es el principal prestatario. Mientras tanto, el superávit reportado por China es ahora, en relación con la economía mundial, prácticamente del mismo tamaño que en 2008, aunque representa una proporción mucho menor de su propio producto interno bruto (PIB), ya que el tamaño relativo de su economía se ha más que duplicado. Una diferencia es que los antiguos países europeos con déficit ahora registran un pequeño superávit. Unas diferencias más importantes son que los pasivos netos de EE. UU. alcanzaron el 24 por ciento de la producción mundial en 2024, frente a apenas un 6 por ciento en 2008, y que el sector privado estadounidense ha pasado a estar equilibrado. Por lo tanto, la contrapartida interna de sus déficits externos hoy en día es el endeudamiento del Gobierno estadounidense.

¿Qué podría acabar saliendo mal?

Una respuesta es el proteccionismo. Parte de lo que vemos hoy es el resultado tardío del primer choque de China en la política estadounidense actual, que ahora se manifiesta en el impulsivo e impreciso enfoque de Donald Trump con respecto a los aranceles. Otra respuesta es el impacto del éxito chino en la manufactura avanzada, particularmente en comparación con Europa.

Como ha argumentado desde hace tiempo Michael Pettis, el comercio, el proteccionismo y las finanzas están estrechamente vinculados. Si un país tiene una participación extremadamente baja del consumo de los hogares en el PIB (un 40 por ciento en el caso de China), también tendrá una participación enormemente alta del ahorro en el PIB. El superávit de ahorros debe entonces absorberse en el extranjero, especialmente después de que se derrumba la alternativa de un auge inmobiliario nacional (como ocurrió en Japón en la década de 1980 y en China en la década de 2010). Para que un país pueda exportar el superávit de ahorros, necesita producir un superávit de bienes comerciables. En el caso de China, eso significa productos manufacturados. En resumen, el superávit comercial de China de US$1,2 billones el año pasado no es solo producto de la competitividad, sino también de sus desequilibrios macroeconómicos. Además, si China tiene enormes superávits de ahorros, otros países deben tener déficits compensatorios. EE. UU. es el país con mayor solvencia del mundo y, por lo tanto, naturalmente es el prestatario más seguro.

"Si algo no puede continuar eternamente, se detendrá". Esto se conoce como la ley de Stein (en honor al fallecido Herbert Stein). Pero si se ha de detener sensatamente, los legisladores deben deshacerse de algunas absurdidades.

Una de esas absurdidades es que los déficits comerciales de EE. UU. pueden eliminarse con solo políticas comerciales o cambiarias. También se requiere un ajuste macroeconómico, en particular una reducción del déficit fiscal del Gobierno general estadounidense, que el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta en un 7,5 por ciento del PIB para 2026.

Otra idea absurda, y totalmente opuesta, es la de que el prestatario siempre tiene la culpa: lo único que se necesita es que reduzca su gasto, especialmente sus déficits fiscales. Ese es el credo del acreedor irresponsable. En el caso de los pequeños prestatarios, esto tiene cierto sentido; en el caso de EE. UU., no lo tiene.

Si el único ajuste es el endurecimiento fiscal estadounidense, sufriremos una desaceleración global. La demanda agregada importa. Las grandes economías, como la de China y la de la Unión Europea (UE), necesitan generar suficiente demanda interna para equilibrar sus propias economías sin obligar a los extranjeros a endeudarse de manera desmedida. Esto último terminará en crisis.

La última absurdidad es la falacia mercantilista de que la forma de enriquecerse es generar superávits indefinidamente. Esto conlleva dos peligros. El primero es que, tarde o temprano, los deudores incurrirán en impago; el segundo es que, justificadamente o no, también terminarán odiando a los países con superávit por arruinar sus industrias nacionales. Eso se percibirá como un generador de pobreza e inseguridad, en múltiples dimensiones. Que ahora China le esté haciendo esto a Alemania resulta ligeramente divertido. Pero la diversión debe terminar y hay que pasar a la acción de inmediato.

Entonces, ¿qué se debería hacer? Lo más sensato sería seguir los consejos sobre ajustes macroeconómicos y cambios en las políticas comerciales e industriales ofrecidos por el FMI, así como por un excelente artículo reciente elaborado para la cumbre del G7 en París. Las probabilidades de que se adopten medidas preventivas de este tipo son prácticamente nulas. Cualquier capacidad que tuviéramos para hacerlo se ha desvanecido en una era de populismo, nacionalismo y múltiples insensateces. La segunda mejor opción es prepararse para una crisis. Y este es el momento de empezar a hacerlo.

(Martin Wolf. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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