El 12 de octubre de 1926, en Ciudad de México, nació el evento multideportivo más antiguo del continente americano después de los Juegos Olímpicos.
Aquella primera edición reunió apenas a tres países —México, Cuba y Guatemala— y a 269 atletas que compitieron en un puñado de disciplinas. Cuba se consagró como la gran potencia de esa inaugural cita, una hegemonía que marcaría buena parte del siglo siguiente.
La elección de la fecha no fue casual: el 12 de octubre, entonces llamada el Día de la Raza (hoy Día del Respeto a la Diversidad Cultural, Día de la Resistencia Indígena o Día de la Hispanidad), buscaba revestir al evento de un simbolismo latinoamericanista que trascendiera lo puramente deportivo.
Desde ese primer momento, los Juegos Centroamericanos y del Caribe fueron concebidos como un proyecto de integración regional tanto como una competencia atlética.
Las sedes a lo largo de un siglo
Las primeras décadas (1926-1959)

Tras el debut mexicano, la segunda edición se celebró en La Habana, Cuba (1930), consolidando a la isla como potencia organizadora y deportiva. Le siguió Barranquilla, Colombia (1935), que marcó la primera vez que una ciudad suramericana del Caribe acogía el evento, ampliando la visión geográfica del certamen.
Panamá (1938) fue la siguiente sede, antes de que la Segunda Guerra Mundial forzara una pausa. Los Juegos regresaron en Barranquilla (1946) y luego viajaron a Ciudad de Guatemala (1950), donde la competencia creció notablemente en número de atletas y disciplinas. Ciudad de México (1954) repitió como anfitriona, demostrando la capacidad organizativa de la capital azteca, y La Habana (1959) cerró esta primera era justo en el año de la Revolución cubana, un dato que la historia no puede ignorar.
La expansión del mapa regional (1962-1982)
Kingston, Jamaica (1962) incorporó al Caribe anglófono como protagonista organizador, un gesto de apertura que amplió la identidad del evento. San Juan, Puerto Rico (1966) llevó los Juegos al territorio estadounidense del Caribe, mientras que Panamá (1970) repitió como sede con una edición que marcó récords de participación para la época.

Santo Domingo, República Dominicana (1974) fue la primera vez que el país caribeño organizó los Juegos, una experiencia que sembró la semilla de lo que hoy, más de cinco décadas después, se convierte en una segunda y monumental oportunidad.
Medellín, Colombia (1978) y La Habana, Cuba (1982) completaron este período, con Cuba reafirmando su dominio en el medallero en cada edición que organizaba.
La era moderna (1986-2023)

Santiago de los Caballeros, República Dominicana (1986) fue la segunda participación dominicana como sede, esta vez en la segunda ciudad del país.
Ciudad de México (1990) volvió a ser anfitriona por tercera vez, un récord histórico. Ponce, Puerto Rico (1993) marcó un cambio de ciclo al reducir el intervalo entre ediciones de cuatro a cuatro años de forma más regular.
Maracaibo, Venezuela (1998) trajo una edición de gran escala, seguida de San Salvador, El Salvador (2002), que demostró que Centroamérica podía organizar eventos de alto nivel. Cartagena de Indias, Colombia (2006) ofreció una de las ediciones más recordadas por su ambiente y organización. Medellín (2010) repitió como sede colombiana con una ciudad transformada urbanísticamente. Veracruz, México (2014) y Barranquilla, Colombia (2018) cerraron la era previa a la pandemia con ediciones de gran envergadura. La más reciente, San Salvador, El Salvador (2023), fue la última antes de la gran cita del centenario.
Santo Domingo 2026: la edición del siglo

Una ciudad que ya conoce el rol de anfitriona
La capital dominicana no llega virgen a este desafío. Con la experiencia de 1974 como antecedente y la de Santiago 1986 como respaldo nacional, la República Dominicana asume los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe con una madurez institucional y deportiva que no tenía en sus ediciones anteriores. Esta vez, sin embargo, la dimensión es incomparablemente mayor.
El Gobierno dominicano, encabezado por el presidente Luis Abinader, ha invertido más de RD$6.000 millones en obras de infraestructura deportiva para garantizar que la edición del centenario esté a la altura de su significado histórico.
Técnicos internacionales han destacado los avances en instalaciones como las pistas de atletismo, que han recibido elogios por su nivel de preparación a semanas del inicio de la competencia.
La antorcha que recorre la historia
En mayo de 2026, el presidente Abinader encabezó en el Palacio Nacional el acto oficial de inicio de la ruta de la antorcha hacia los XXV Juegos, un recorrido simbólico que conecta el presente con aquel octubre de 1926 en Ciudad de México. La llama, como metáfora de continuidad, atraviesa un siglo de sudor, récords, medallas y banderas de más de 40 naciones.

Más de 40 países y décadas de rivalidades
A lo largo de cien años, los Juegos Centroamericanos y del Caribe han reunido a más de 37 países y más de 20.000 atletas en sus 24 ediciones previas. Cuba ha sido históricamente la nación más laureada del medallero general, seguida de México y Colombia. Para Santo Domingo 2026, la participación se proyecta como la más numerosa de la historia del evento, con delegaciones que llegan con la motivación adicional de competir en la edición del centenario.
El béisbol: un siglo de historia dentro de la historia

Entre los datos más notables de esta edición está el hecho de que el béisbol cumple exactamente 100 años de presencia ininterrumpida en los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
Desde 1926, el deporte rey del Caribe ha estado en el programa de cada edición, convirtiéndose en el símbolo más fiel de la identidad deportiva regional.
En Santo Domingo, tierra de grandes peloteros, ese centenario tiene un peso emocional particular.
Un legado que va más allá del deporte
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe no son solo una competencia atlética. Son, en su esencia más profunda, un proyecto político y cultural de integración que ha sobrevivido guerras, revoluciones, crisis económicas y una pandemia global.
Cada cuatro años —con algunas excepciones históricas—, la región se detiene para mirarse en el espejo del deporte y reconocerse como una comunidad con historia compartida.
Santo Domingo 2026 no es simplemente la XXV edición. Es el punto de llegada de un siglo y, al mismo tiempo, el punto de partida del siguiente.
La ciudad que en 1974 organizó por primera vez estos Juegos con recursos modestos y grandes sueños, los recibe ahora con infraestructura de primer nivel y la conciencia de estar escribiendo una página que el deporte regional no olvidará.
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