La duda, consciente y correcta, evita el engaño y, entre otras cosas, contribuye a la perfección escritural. Sin dudar, no sería posible la certeza del buen decir.

Ni la seducción de palabras armonizadas entre sí.

Por eso, los escritores dudan, muy a menudo, de lo que escriben, piensan y perciben.

Las más de las veces, confían en sus creaciones; pero, a la vez, dudarían de ellas y las someterían al scrutinio de la desconfianza.

Es decir, que para mejorar lo escrito y borrar lo superfluo, tienen que apelar al legítimo recurso de la duda y la confianza desconfiada.

Y lo más importante: no son dogmáticos, ni creerían ciegamente en sus escritos.

Diríase, por consiguiente, que escribirían dudando para ofrecer obras de calidad, sustanciosas, seductoras y significativas.

A través de la duda, el escritor cuestiona lo que hace para detectar errores y corregirlos.

De no ser así, no habría escritura eficaz ni convincente.

En una interesante entrevista para la prestigiosa revista The Paris Review, Vargas Llosa habría dicho:

«Lo mío es un proceso mucho más lento. Al principio es algo muy nebuloso, un estado de alerta, una cautela, una curiosidad. Algo que percibo de forma imprecisa y vaga despierta mi interés, mi curiosidad y entusiasmo, y entonces se plasma en el trabajo, las anotaciones, el resumen del argumento. A continuación, cuando ya tengo el esbozo y empiezo a poner las cosas en orden, aún persiste algo muy difuso y nebuloso».

Lo difuso y nebuloso vienen dados cuando, en principio, no se tiene claridad sobre las cosas.

No obstante, Vargas Llosa lograría, poco a poco, legibilidad sobre temas que lo habrían elegido.

La duda, como bien se sabe, tiene razón de ser en las confusiones, el asombro y lo desconocido.

Rara vez podría sentirse a partir de lo ya conocido y las abstracciones de aquello que pareciese claro y distinto a nuestra mente.

Lo nebuloso y difuso, por tanto, producen dudas, interrogaciones y desconocimiento sin término.

Vargas Llosa dudaría no para enredarse en propias dudaciones, sino para cualificar la escritura y despejar confusiones provenientes de las nebulosas.

Porque no creería ciegamente en nada y buscaría la libertad de razón más allá de lo difuso, habría dudado de todo y confiaría desconfiando.

Por eso, tal vez, no sería escéptico radical, ni mucho menos agnóstico furibundo, sino creador admirable, consciente de sus deberes, responsabilidades, convicciones estéticas, políticas, ideológicas y escriturales.

Por eso, justamente, avistó, no sin claridad, dificultades implicadas en las creaciones literarias de gran calidad estética.

Dudaría, una y otra vez, no para quedar atrapado en propias dudaciones, sino, más bien, para conservar la lucidez mental y creativa en las circunstancias más brumosas, mediadas por la incertidumbre.

No pocas veces dudaría y confiaría desconfiando.

No obstante, en todo momento, supo mantener la cordura y claridad de la filosofía escritural, fundamentada en el rigor de la razón, la estética de la ficción y la imaginación creadora.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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