Álvaro Contreras/Stanford University
El título del libro de Juan R. Valdez remite a la acción de caminar como ejercicio de libertad y descubrimiento de sí mismo, pero también a una práctica de la escritura como espacio de confrontación donde se lucha por restituir algo de sí mismo a través del contacto con la naturaleza.
Se trata de una obra que busca un lugar a los restos de lo vivido más allá de la memoria, donde coinciden escritura y proyecto de vida, el amor a la naturaleza y la reflexión sobre la incertidumbre cotidiana. Pero no se trata de un caminante anónimo, sin identidad. Estamos ojeando el libro de “un lector-caminante-racializado” (2024: 14), con una experiencia sensorial, política y académica precisa. Si bien caminar por la naturaleza es el destino anhelado, también se transita por otros lugares: metrópolis contemporáneas, barrios, plazas públicas, congresos de literatura, cafés.
¿Cómo se forma esta educación en la sensibilidad por la naturaleza, los problemas sociales, el racismo negro, la biodiversidad? En el último capítulo encontramos algunas orientaciones, un capítulo marcado por el tono autobiográfico. Se habla de la infancia, la vida adolescente en la zona sur del Bronx, de tiempos de la experiencia dura y violenta. En medio de esos tiempos violentos, dos lugares aparecen como espacios de refugio: el “jardín botánico” y la “biblioteca” (291). Lugares de salvación los llama Juan Valdez. De esos dos lugares, y de esos tiempos, derivan las posteriores reflexiones sobre la naturaleza y el “humanismo utópico”. Cercanía afectiva con el mundo natural y sus modos de existencia, “en comunión espiritual con todo lo vivo” (290), con la vida efímera, y también la pasión lectora, con una biblioteca personal que podríamos llamar disidente: Michel de Montaigne, Pirrón de Elis, Roberto Walser, Esteban Montejo, María Zambrano, Robert Musil, Henry Thoreau, William Wordsworth, José Lezama Lima, y los poetas japoneses Po Chu-i, Wang Wei, Bashō, Fukuda Chiyo-Ni, Ryōkan Taigu, Ikkyü Sōyun, y la prosa de Murasaki, y Kawabata.
Ahora bien, a través de estas conexiones entre caminar – escribir, se restablecen los vínculos entre saber y felicidad, sin olvidar que estamos también oyendo una voz antagónica, posicionada políticamente. En este sentido, la felicidad está pensada como parte del cuidado del entorno, no del cuidado de sí (en el sentido postulado por Foucault). Más que la historia de una subjetividad a partir del cuidado de sí, o la historia de un retiro como vía de purificación, tendríamos el relato de un sujeto que construye, a partir de la idea de una “soledad voluntaria” (147), una relación consigo mismo en contacto con el entorno, con todo lo viviente, colocando la biodiversidad como centro de reflexión.
Y en este punto hay que estar atento a los pliegues de una palabra presente en todo el libro. Me refiero a la palabra cimarrón. Tomada de la obra de Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón, un libro sobre la vida de Esteban Montejo, esta palabra se convierte en un eje central de reflexión para Juan R. Valdez. Publicado en 1966, el libro cuenta la historia de un esclavo cubano en tiempos coloniales. Fue leído, y continúa leyéndose, enmarcado en el género testimonial. Juan saca el libro de esta discusión genérica, sobre su valoración estética, y lo asedia como relato de experiencia. De allí despliega entonces el concepto de mirada cimarrona para hacer referencia a las cualidades de un mirar escéptico, desconfiado, pero no insensible, una mirada no asimilada, rebelde, desafiante, alerta al peligro y a los diversos modos de opresión, atenta al cuidado y respeto de todas las formas de vida. Una mirada y una voz cimarrona posicionadas frontalmente en relación con lo racial, lingüístico e identitario, tres vértices que serán objeto de atención por parte del ensayista pues de ellos derivan cuestiones políticas y pedagógicas.
Esta mirada y voz cimarronas tejen nuevos vínculos no solo con la naturaleza y la política, sino con el campo de las humanidades, la escritura académica, los lugares donde se produce, circula y codifica el saber de la academia. Esta discusión incluye a los actuales “ciberletrados” (262), es decir, la “actividad de los letrados que perpetua y febrilmente ocupa las redes sociales” (íd.). Ahora bien, quien habla en estos ensayos es alguien que ya ha transitado estos campos de saber. En su anterior libro, Bottom of FormTracing Dominican identity (2011), Juan Valdez realizaba una investigación sobre las articulaciones entre lenguaje, raza e identidad en los trabajos lingüísticos de Pedro Henríquez Ureña, uno de los fundadores de la historiografía literaria latinoamericana. Más recientemente, en un trabajo de 2019, proponía, junto a Jansen Silke, el estudio de los vínculos entre filología y discurso colonial, un debate sobre la lengua en contextos de violencia institucional. Pero en los ensayos que integran este libro se enuncia desde otro lugar. Ya lo decíamos, se habla de “humanismo utópico”, lo cual implica una distancia respecto al enfoque letrado, una relación distinta con el lenguaje, la propuesta de una escritura ensayística alternativa, la visión del ensayo como “fuga” y “expresión de lo informe” (72). Tenemos así por un lado, un cimarrón intelectual trazando su propia genealogía con las figuras de Simón Rodríguez, Franz Fanon, Fray Servando Teresa de Mier, Rosario Castellanos, Nina Simone (“artistas ideales de la fuga”, p. 171), y por otro la mirada “ecléctica”, “polimodal”, “flexible” y “crítica” (271) de un “cimarrón ciberletrado” (276) reflexionando sobre el intelectual y las redes sociales, sobre la “neurosis exhibicionista” del trabajo académico, los nexos del cuerpo con la naturaleza y el lenguaje, sobre ciudad y tecnología, los problemas sensoriales de interconexión social.
El hablante cimarrón de esta páginas, atento a los sonidos y las miradas que cruzan los espacios sociales y académicos, desde el principio mantiene abierto un debate relativo a las proximidades de lo lingüístico con lo racial. La pregunta sobre qué sucede cuando la identidad de los individuos se fija a través de pautas lingüísticas, conlleva una propuesta de investigación sobre “¿Cómo se racializa lo lingüístico?” (190), el examen de las “nuevas prácticas de discriminación”. Una “palabra”, “un acento”, la “pronunciación” “se racializan cuando los interlocutores las hacen corresponder con aspectos raciales” (196). En este punto, lo racial se vuelve “audible” a través de los tonos, de las “formas de hablar”, remitiendo e inscribiendo esas tonalidades en un sistema jerárquico de valores. Un problema también percibido en el “racismo epistemológico” (191) de ciertas disciplinas.
Habíamos hablado de los pliegues de la palabra cimarrón. Pero asimismo es necesario atender los pliegues genéricos de la escritura en ese libro. Hay un tensión deliberada entre esa voz, a ratos femenina –dos ejemplos: “Muchas de nosotras llegamos al ensayo creativo” (71); “Para [María] Zambrano como para nosotras” (77)– y los momentos autobiográficos donde se impone la mirada del autor –dos ejemplos: “mi mirada masculina” (144), “Soy un tipo desconfiado” (81)–. Se trata de crear lugares de la mirada y enfoques de la voz para expresar una nueva experiencia. Una estrategia para crear otra manera de vincularse o, mejor dicho, crear otra noción de vínculo con las cosas, los amigos, la vida diversa y la biodiversidad, la integración y conciliación biofílica (concepto tomado del biólogo Edward O. Wilson) de vida urbana y vida natural. La filia con el entorno implica “una relación alternativa con la vida y la percepción” (240). Pero también la “conciencia de la impermanencia” (299), el sueño de “regresar a nuestra condición más natural” (168), de comenzar una relación diferente con la vida diversa, e imaginar “formas de vivir y de saber” modeladas a partir del contacto con la naturaleza y el desprendimiento.
*Este texto de Álvaro Contreras fue publicado originalmente en Voz y Escritura. Revista de Estudios Literarios #31 (Enero-Diciembre 2025), una publicación de Universidad de los Andes.
Referencias
Valdez, Juan R. Sendas extraviadas. Ensayos para vivir en el mundo que nos queda. México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2024. Ilustraciones de Renata Galindo.
Valdez, Juan R. Bottom of FormTracing Dominican identity: the writings of Pedro Henríquez Ureña. New York, NY: Palgrave Macmillan, 2011.
Valdez, Juan R. y Jansen, Silke. “Entre la buena voluntad y la compulsión hegemónica: las implicaciones políticas del intercambio filológico latinoamericano-alemán”. Boletín de Filología 54 (2): 351-371, 2019.
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