El mundo está siempre presente: la tierra, el olor de las flores, el sabor de la comida, la nieve y la playa. Sin embargo, lo olvidamos y poco a poco se convierte en un hábito. Durante la infancia todo es distinto; somos capaces de cuestionar sin dar nada por sentado. Cuando nacemos, se nos regala un mundo entero para descubrir, pero al crecer olvidamos la belleza de nuestros sentidos. Pasamos las estaciones sin notar qué flores florecen. Pasamos por las comidas familiares sin preguntarnos qué cambios se ha hecho en la receta de siempre. Incluso pasamos por los años sin notar las arrugas que empiezan a formarse en nuestro rostro.
Para Cecilia, la Navidad se vive únicamente a través de los olores que no puede saborear y de la necesidad de ver con los oídos. En El Enigma y el Espejo, de Jostein Gaarder, ella experimenta el calor de la Navidad a través de la nostalgia de los años anteriores. Reflexiona sobre la fragilidad se la vida mientras disfruta sus regalos desde la cama, como un recordatorio de su cuerpo frágil y sus limitaciones. Cecilia está ? A su habitación, pero en lugar de convertirse en una restricción para sus sentidos, esta situación los agudiza y abre su mente a una forma de meditación que supera a la de muchos adultos.
Las meditaciones de Cecilia sobre la vida y la muerte son interrumpidas por Ariel, un curioso ángel impulsado por preguntas sobre lo que significa ser humano. Él pregunta por nuestros sentidos, por las diferencias entre niños y adultos, y por la falta de conciencia que adquirimos al crecer. Ariel invita a Cecilia a pensar más allá de lo que cree saber y abre un camino para que explore el enigma de su propia existencia.
El mundo es como un sonido fundamental, una línea melódica que permanece y regresa sin cambiar. En su sencillez puede pasar desapercibida, porque al mismo tiempo ocurren cosas más interesantes, pero sin ella la música se desmorona. Cuando nuestra atención se dispersa, no desaparece, y si desaceleramos podemos escucharla en cada paso del camino.
Esto es una passacaglia, un conjunto de variaciones construidas sobre un bajo repetido. Tiene una intensidad que evoluciona, unificada por un núcleo estable en la voz grave. Existen muchas passacaglias, pero la que resuena con la visión angelical de Ariel es la Passacaglia del Ángel Guardián, de Heinrich Ignaz Franz Biber. Esta obra no se apresura hacia una resolución; gira sobre el mismo terreno con una devoción silenciosa. Se convierte en un acompañamiento para la meditación y la oración, sin alterar el curso de lo que se despliega.
En el libro encontramos a una niña con una percepción limitada por su enfermedad, una situación que suele confundirse con una privación de sus sentidos. En la passacaglia vemos un trasfondo armónico fijo y un bajo repetido que, por sí solos, pueden parecer aburridos o insignificantes. Las circunstancias no cambian, permanecen estáticas con una base inalterada. Pero sí hay un cambio en la percepción, ahora surge la capacidad de cuestionar y de escuchar más allá de lo evidente.
Cuando la atención se desplaza, en la superficie nada cambia, pero aquello que parecía insignificante se convierte en el elemento que mantiene todo unido para quienes están dispuestos a desacelerar. El mundo, como el bajo, continuará firme y repetitivo, pero la percepción dejará de estar guiada por la novedad. Se orientará hacia la presencia, y lo ordinario revelará su profundidad.
La Navidad llega de la misma manera cada año. Al crecer, se vuelve predecible, y los regalos que antes nos provocaban noches sin dormir dejan de emocionarnos. Las comidas y las decoraciones que esperábamos durante todo el año se transforman en un ritual familiar. Esta Navidad te invito a reflexionar sobre la quietud y la repetición del mundo, como Ariel se lo mostró a Cecilia. Para ella, la temporada se convirtió en un ejercicio de escucha, memoria y espera.
Ver a través del espejo en Navidad no es ver menos, es recuperar la mirada de un niño y escuchar ese bajo silencioso que ha sostenido todo desde el principio.
Compartir esta nota