Cayeron los símbolos al agua, pero no se deshojaron.

Retorno de las analogías: el número, el sistema de correspondencias y la música se derraman.

Por un bosque de símbolos el hombre avanza. Estas palabras de Charles Baudelaire tratan de descifrar y escuchar la música del mundo y de las ideas.

El poder del símbolo, la música de las palabras y la música del poema, el recurso de la sinestesia, las correspondencias y la analogía hacen del Simbolismo una continuidad del Pitagorismo a finales del siglo XIX.

El Pitagorismo se convierte, desde el Renacimiento, en la religión secreta de Occidente: cábala, gnosticismo, ocultismo.

La historia de la poesía moderna, desde el Romanticismo hasta los simbolistas, es una corriente de ideas y creencias basada en la analogía como sistema poético, columna que sostiene al Pitagorismo como fuente primera de la música y la poesía en Occidente.

La influencia de los gnósticos, los cabalistas y los alquimistas en los siglos XVII y XVIII fue muy profunda, no solo en los románticos alemanes, sino en Baudelaire y todo el círculo de los simbolistas”. Escribe Octavio Paz en su ensayo Los hijos del limo, pág. 62.

Para los simbolistas, el mundo —igual que para los pitagóricos— es una música, un número y un sistema de correspondencias regido por el ritmo, el número y la proporción. Un misterio por descifrar, donde el poeta reina en un sistema de correspondencias que armoniza los mundos sensibles, el imaginario y el universo del sentido y de los sentidos.

Rimbaud establece una correspondencia entre las vocales y los colores en su Soneto de las vocales. Para los simbolistas es esencial el uso de la sinestesia.

El Simbolismo tiene sus orígenes en Las flores del mal, libro fundamental en la poesía de Charles Baudelaire. Edgar Allan Poe influyó en la musicalidad y en los temas.

La estética del Simbolismo fue desarrollada por Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine en la década de 1870:

…De noche, en la montaña, en la negra montaña de las visiones,
pasa gigantesca sombra extraña, sombra de un sátiro espectral;
que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
de una extrahumana flauta la melodía ajuste
a la armonía sideral…
”.

Escribe Rubén Darío en su Responso a Paul Verlaine: música poderosa desde sus inicios: Padre y maestro mágico, liróforo celeste… Resonancias y ecos pitagóricos.

Baudelaire, en su ensayo sobre Wagner, escribe:

No es sorprendente que la verdadera música sugiera ideas análogas en cerebros diferentes; lo sorprendente sería que el sonido no sugiriese el color, no pudiese dar la idea de una melodía y que sonidos y colores no pudieran traducir ideas. Las cosas se han expresado siempre por analogía recíproca, desde que Dios profirió al mundo como una indivisible y compleja totalidad…
(Wagner, Baudelaire, Pléiades, 92).

“Perciban que Baudelaire no escribe ‘Dios creó el mundo’, sino que lo ‘profirió’”, nos recuerda Octavio Paz en Los hijos del limo, pág. 46.

El mundo no es un conjunto de cosas, sino de signos: lo que llamamos cosas son palabras.

Una montaña es una palabra, un río es una palabra, un paisaje es una frase, y todas esas frases están en continuo cambio.

El mundo pierde realidad y se revela por los números, la música, la poesía, la analogía y los símbolos pitagóricos.

Entre los colores y los sonidos hay una gran relación:
El cornetín de la prisión produce sonidos amarillos;
los sonidos de flauta suelen tener tonos azules y anaranjados;
el violín y el fagot dan sonidos de color castaño y azul de Prusia;
y el silencio, que es ausencia de sonido, el color negro.
El color blanco lo produce el oboe…

(Les arts — Réflexions contemporaines, Baudelaire, Obras completas, Pléiades, 67).

Correspondencia y armonía son los nombres de la analogía universal.

La poesía es una manifestación de la analogía: las rimas y las aliteraciones, las metáforas y las metonimias no son sino operaciones del pensamiento analógico.

La analogía, principio matemático y musical, y principio poético, es la esencia primera de la escuela de los pitagóricos:

**“La Naturaleza es un templo donde vivos pilares
dejan a veces brotar confusas palabras.
El hombre pasa a través de bosques de símbolos
que lo observan con mudez familiar.

Como prolongados ecos que de lejos se confunden
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche y la claridad,
los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

Hay perfumes frescos como carne de niños;
suaves cual los oboes, verdes como las praderas;
y otros corrompidos, ricos y triunfantes,
que tienen la expansión de cosa infinita,
como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,
que cantan los transportes del espíritu y los sentidos…”**

Este soneto de las Correspondencias de Charles Baudelaire cae sobre las antiguas páginas de este texto como símbolo y correspondencia pitagórica de que el símbolo cae al agua pero nunca se deshoja.

Ángel Concepción Lajara (Yeyé)

Escritor y crítico

Escritor, teatrista, crítico de arte.

Ver más