Cuando Rómulo Rivas llegó a la República Dominicana junto a Mercedes Díaz, pensaba permanecer apenas quince días. Venía con un sueño que muchos consideraban imposible: llevar el teatro a los barrios, a los clubes populares, a los campos, a los bateyes y a las comunidades más olvidadas.
Quince días se convirtieron en quince años
Para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo de cerca, Rómulo fue mucho más que un director de teatro. Fue maestro, orientador y sembrador de vocaciones. Yo tenía apenas dieciséis años cuando ingresé al Teatro Estudiantil del Colegio La Salle bajo su dirección, sin imaginar que aquellas enseñanzas trascenderían el escenario y me acompañarían toda la vida.
A sus 85 años, Rómulo recorre en esta conversación los caminos de una existencia extraordinaria. Esta primera entrega nos lleva a sus orígenes, a la batalla contra la timidez y a la invitación que lo trajo a Quisqueya para convertirse, sin proponérselo, en una de las figuras fundamentales del teatro dominicano contemporáneo.
El recuerdo
La primera vez que Rómulo Rivas me entrego un libreto y me pidió entrar a escena yo tenía apenas dieciséis años.
Corrían los primeros años de la década de los setenta y acababa de integrarme al Teatro Estudiantil del Colegio La Salle, un grupo conformad por cerca de veinticinco jóvenes que, sin saberlo entonces, terminaríamos formando parte de una de las experiencias más trascendentes del teatro dominicano. Entre aquellos compañeros estaban Mario Lebrón, Miguel y Olga Bucarelli, Bernina y Manuel Chapuseaux, Arlette e Ingrid Fernández, Iris Peynado, Máximo Periche, Nives Santana, Teófilo Terrero, Miguel Ángel Castillo, Martín Meléndez, Luis Salvador Espinal y muchos otros jóvenes que encontraban en el teatro un espacio para expresar inquietudes, sueños y rebeldías.
No imaginábamos que aquel grupo de adolescentes, guiado por un maestro venezolano de hablar apasionado, mirada intensa y energía inagotable, terminaría convirtiéndose en semillero de actores, directores, dramaturgos, gestores culturales y profesionales que llevarían consigo, durante toda la vida, las enseñanzas recibidas en aquellos años.
Mucho menos imaginábamos que aquel hombre llamado Rómulo Rivas llegaría a convertirse en una de las figuras fundamentales del teatro dominicano contemporáneo.
Con el paso de los años comprendí que Rómulo no enseñaba únicamente teatro.
Enseñaba a observar. A pensar. A comprometerse. A creer que lo imposible podía realizarse.
Quizás porque toda su vida había sido precisamente eso: la historia de un hombre que decidió desafiar imposibles.
Hoy, a sus 85 años, en la ciudad de Mérida donde comenzó su historia, Rómulo Rivas contempla el largo camino recorrido. Desde allí, entre recuerdos, afectos y escenarios que aún habitan su memoria, regresa una y otra vez a la imagen que mejor explica su vida: un hilo invisible que ha ido tejiendo encuentros, desafíos y sueños a lo largo de los años, mucho antes de descubrir el teatro.
El hilo invisible
"Desde que descubrí mi vocación y mi pasión por el teatro, quizá antes, hubo algo o alguien, creo que el dedo de Dios, que comenzó a tejer un hilo que marca el camino y ha continuado haciéndolo."
La frase no surge como recurso literario.
Es una convicción.
A medida que avanza la conversación, uno descubre que Rómulo interpreta su vida como una sucesión de encuentros, coincidencias y señales que terminaron conduciéndolo hacia un destino que parecía aguardarlo desde la infancia.
Ese hilo comienza en una casa donde una anciana ciega veía más que muchos videntes.
Su bisabuela.
A quien llamaba cariñosamente Nona Chiquita Amarilla.
"Había quedado ciega, pero veía mejor que cualquier vidente. Se movía por la casa con el tacto y la intuición. Siempre alegre, siempre vital. Pero lo más importante era su tesoro de historias, leyendas y cuentos. Eran mis mejores momentos."
Mientras otros niños jugaban en los patios, Rómulo se refugiaba junto a aquella mujer extraordinaria.
Escuchaba relatos.
Inventaba personajes.
Viajaba con la imaginación.
Sin saberlo, estaba descubriendo el territorio donde viviría el resto de su vida.
"Me acostaba en su catre mientras mi imaginación iba urdiendo personajes, lugares y aventuras."
Allí nació también otro de sus sueños recurrentes.
El viaje.
La necesidad de descubrir otros mundos.
Recuerda que durante las clases tomaba una regla, la acercaba a sus ojos y la apuntaba hacia la ventana.
"Me repetía: por ahí voy a escapar y voy a viajar y conocer muchos lugares y países."
Décadas después comprendería que aquellos juegos infantiles eran algo más que fantasías.
Eran premoniciones.
El enemigo
Resulta difícil imaginarlo ahora.
Quienes lo conocieron dirigiendo actores, impartiendo talleres o hablando ante auditorios llenos podrían pensar que siempre fue un hombre extrovertido.
La realidad era exactamente la contraria.
Su primer gran adversario vivía dentro de él.
"Contaba con un enemigo acérrimo habitando en mí mismo: una timidez soberana."
La describe como una presencia paralizante.
Una fuerza que apenas le permitía hablar incluso dentro de su propia casa.
Sin embargo, aquella misma timidez terminaría convirtiéndose en uno de los motores de su vida.
Porque fue precisamente el teatro quien lo obligó a enfrentarla.
Y derrotarla.
Un muchacho bajo la lluvia
Los primeros pasos no fueron fáciles.
En Mérida, Venezuela, ingresó al Teatro Universitario siendo apenas un adolescente.
Su primera experiencia escénica estuvo lejos de parecerse al triunfo.
"Fue un fiasco y un suplicio."
Mientras otros compañeros parecían desenvolverse con naturalidad, él luchaba contra el miedo.
Pero había algo que jamás le faltó.
La perseverancia.
Después de cada ensayo permanecía horas reflexionando sobre personajes y escenas.
A veces bajo la lluvia.
A veces completamente solo.
Recuerda que un pintor amigo del director observó durante semanas aquella conducta obstinada.
Una noche hizo un comentario que nunca olvidaría.
"Rómulo va a llegar lejos porque tiene una constancia que no tiene competencia."
Quizás esa frase definió mejor que ninguna otra lo que vendría después.
El primer gran salto
La oportunidad apareció cuando un actor abandonó una producción.
El director le entregó un libreto.
Era precisamente el personaje que más admiraba.
"Aleteando fuerte, un pez atravesó mi corazón."
Pasó toda la noche trabajando.
Sin conocer todavía a Stanislavski ni las grandes teorías teatrales.
Sólo guiado por la intuición.
Preparó movimientos.
Gestos.
Vestuario.
Construyó un personaje completo.
Al día siguiente pidió realizar la lectura sin leer.
Actuó. Interpretó.
Vivió la lectura dramatizada.
Al terminar llegaron los aplausos.
Y después el papel protagónico.
Pero el episodio tendría una dimensión aún más significativa.
El estreno de la obra había sido organizada en apoyo a la lucha contra la dictadura de Trujillo.
Entre los asistentes se encontraba un destacado intelectual dominicano.
Al finalizar la obra subió al escenario, lo abrazó emocionado y le dijo:
"Lo felicito de corazón. Ha sido una actuación profesional. Siga adelante. Tiene muy buen futuro."
Aquel hombre se llamaba Juan Isidro Jimenes Grullón.
Rómulo tenía dieciséis años.
Y ninguno de los dos podía imaginar que aquel encuentro terminaría atravesando la historia del teatro dominicano.
El llamado de Quisqueya
Los años pasaron.
Llegaron los estudios y se graduó en La Pontificia Universidad Católica de Chile (UC), una de las instituciones académicas más prestigiosas y de mayor excelencia en América Latina. Chile
Luego los viajes a Europa.
Las búsquedas.
La construcción de una visión teatral propia.
Y entonces volvió a aparecer el hilo.
El hijo de aquel intelectual dominicano, Juan José Jimenes Sabater, mejor conocido como León David, había sido alumno suyo y de Mercedes Díaz en la Universidad de Los Andes.
Entre maestro y alumno nació una amistad profunda.
Un día llegó una carta.
Una invitación sencilla.
Una frase que cambiaría el rumbo de muchas vidas.
"¿Por qué no vienen a conocer mi paísito?"
Rómulo y Mercedes buscaban un lugar donde desarrollar un proyecto largamente acariciado: el Teatro Popular.
Pensaban permanecer apenas dos semanas.
"Compramos un boleto por quince días que terminó convirtiéndose en quince años."
Lo que encontraron en República Dominicana transformó para siempre sus vidas.
Y también transformó buena parte de la historia teatral del país.
La historia apenas comienza
El joven actor que venció la timidez, que cruzó el Mar Caribe persiguiendo un sueño y que decidió quedarse en una tierra que terminaría convirtiéndose en su segunda patria, está a punto de emprender la obra más importante de su vida.
En la próxima entrega, Rómulo Rivas nos hablará del nacimiento del Teatro Popular, de los años fundacionales del Teatro Estudiantil, de las enseñanzas que marcaron a toda una generación de jóvenes dominicanos y de su convicción más profunda: que el teatro no existe para formar actores, sino para formar seres humanos.
Será también el ensayo de una época en que el arte se convirtió en conciencia, compromiso y esperanza.
Continuará mañana.
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