«Me han dado poder. Pero me han quitado la paz.» Mario Mendoza
Me han dado el rango de Juez titular. Como si un nuevo rótulo pudiera limpiar los juicios que ya me he dictado a mí mismo. Cada día firmo decisiones que pesan más que mi conciencia, y cada noche me arrastro hasta el insomnio, con las venas sedientas de olvido líquido, de pastillas que me hagan dejar de lado la idea de que los demonios no piden permiso para tentar. Solo llegan y se sientan cómodos, con la seguridad de quien sabe que el paraíso está hecho de debilidades.
El odio aquí es vitamina. Una que se dosifica en expedientes, en miradas, en favores. Y como todo medicamento mal administrado, mata silencioso, legal, despacio. La vida se me va acercando a la muerte, no como un desenlace, sino como un espejo. Y Dios… Dios es lo que quiera ser, por eso es Dios, por eso no interviene, por eso calla. He cruzado tantas fronteras de amor, de odio, de sueños desviados, que ya no sé en qué lado del alma me encuentro. Quizás he llegado al divino olvido; ese lugar donde el espíritu se duerme para no tener que juzgar al cuerpo.
Me pregunto si mi padre —aquel hombre que me enseñó a no mentir ni en el juego— estará orgulloso de mí, desde algún rincón del cielo, o si me maldice desde el infierno, por haber cambiado verdad por permanencia. ¿Es esto poder o condena? ¿Es justicia o una nueva forma de servidumbre? Lo grande no es nada sin lo pequeño. Y yo, Mario Mendoza, me he convertido en una suma de derrotas líquidas, de decisiones firmadas con tinta de pus.
Soy juez, pero me siento criatura, creyendo en algo que ya no existe. En una justicia de cartón, en una gloria post-mortem que nos prometieron para que no molestáramos en vida. Pusieron la salvación después de la tumba, para que nadie pudiera reclamar la estafa. Todos mis egos deben caber en este pecho, pero a veces, siento que no cabe ni el aire, y los domingos en misa, envidio las desgracias ajenas, porque al menos, esas, se viven con dolor real. Yo cargo una cruz que no se ve, una cruz disfrazada de toga.
Ya no creo en dones, ni en envidias del alma. Sólo en la arquitectura de la mentira. En este teatro donde cada uno aplaude al que miente mejor; conservo derrotas como otros conservan trofeos. Camino entre dioses que almacenan coronas, camino entre dioses de pecados insaboros, que bendicen al que compra y maldicen al que duda. Laicos perdidos en creencias recicladas. Sacerdotes de expediente y licencias vendidas. Mientras unos rezan a la luna, otros se acuestan con ella. Y otros, los verdaderos sabios del sistema la convierten en contrato.
Quisimos ser divinos, y nos llenamos del diablo. Quisimos trascender, y ahora ni siquiera dejamos sombra. La razón —esa antigua luz— se arrodilla ante el dinero, ante las influencias, y se prostituye en cada fallo. Ya no hacen falta dioses ni demonios para ser felices. Sólo olvidar. Olvidar quién fuiste. Olvidar que el hombre mata al hombre con leyes, con firmas, con silencios.
¿Para qué sirve la verdad si sólo puede usarse para ser diluida? Si la verdad pura es tan amarga que ningún tribunal la soporta. Los mesías cabalgan en nombre de intereses. Las iglesias no han digerido a sus propios santos. La fe se arrienda al mejor postor, y Roma… Roma es la ramera que bendice lo que antes excomulgaba. Aquí, en este tribunal donde respiro como si me estuviera ahogando, veo cómo la maldad se alimenta de la santidad, cómo el espíritu democrático es perseguido porque la autocracia necesita devoción ciega.
No hay libertad en creer sin preguntar. No hay salvación si no es desde el amor. Y Dios… Dios no es religioso, no es católico, no es protestante. Dios es silencio. Tal vez por eso calla tanto ante todo esto. Y yo, yo soy un juez que se sabe culpable, una pieza más del engranaje que mata talentos y canoniza verdugos. Me han dado poder. Pero me han quitado la paz, y no sé cuánto tiempo más podré mirar a los ojos sin bajar la mirada ante el espejo de mí mismo.
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