Cada cierto tiempo un premio literario consigue algo poco frecuente: sacar la literatura de las bibliotecas y llevarla a la conversación pública. Ocurrió cuando la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Para unos fue una celebración; para otros, una claudicación frente a la cultura popular. Desde entonces la discusión suele repetirse en los mismos términos: ¿puede una canción ser literatura?

Tal vez esa sea la pregunta equivocada.

Cuando converso con jóvenes sobre narrativa suelo decirles que todos contamos historias mucho antes de escribir la primera línea. Lo hacemos alrededor de una mesa, al recordar un viaje, al exagerar una anécdota entre amigos o al explicar cómo conocimos a alguien. Narrar es un acto anterior a la escritura. La tradición oral acompañó a la humanidad durante miles de años antes de que apareciera el libro y, aun después de la invención de la escritura, nunca desapareció.

Con la poesía ocurrió algo parecido.

Mucho antes de convertirse en un texto para ser leído en silencio, fue una voz. Los poemas de Homero circularon durante generaciones antes de fijarse por escrito; los salmos fueron recitados, los trovadores recorrieron caminos cantando sus composiciones, los romances españoles sobrevivieron en la memoria popular y, entre nosotros, la décima encontró en la voz un vehículo mucho más eficaz que el papel. La palabra “lírica”, de hecho, conserva el recuerdo de la lira que acompañaba aquellos versos.

Nadie parecía preocupado entonces por establecer una frontera entre poesía y música.

Esa separación comenzó a hacerse más visible cuando el libro pasó a ocupar el centro de la cultura escrita. No porque la poesía hubiera cambiado, sino porque empezamos a identificar el poema con la página impresa. Poco a poco fuimos aceptando, casi sin advertirlo, que las palabras destinadas a ser cantadas pertenecían a otro mundo.

Quizá por eso el Nobel concedido a Bob Dylan produjo tanta incomodidad. La Academia Sueca afirmó que premiaba a un autor que había creado nuevas expresiones poéticas dentro de la tradición de la canción estadounidense. La formulación era reveladora. No hablaba de un músico excepcional ni de un compositor exitoso; hablaba de poesía.

Pero ese reconocimiento abrió preguntas que todavía esperan respuesta.

¿Por qué Dylan y no Leonard Cohen, cuya obra transitó con naturalidad entre el libro y el escenario? ¿Por qué no Joan Baez, una de las voces fundamentales del movimiento folk? ¿Dónde situamos a Jacques Brel, Georges Brassens o Léo Ferré en la tradición francesa? ¿Qué hacemos en nuestra lengua con Luis Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina o Silvio Rodríguez, de quien Mario Benedetti llegó a decir que era un verdadero poeta?

La lista podría extenderse durante varias páginas sin agotar el tema.

También podríamos acercarnos más. ¿Qué lugar ocupa Bob Marley cuando Redemption Song ha sido leída, citada y estudiada mucho más allá del reggae? ¿Qué hacemos con Chico Buarque, Caetano Veloso o Gilberto Gil? ¿Dónde dejamos a Violeta Parra o Atahualpa Yupanqui, cuyas canciones forman parte de la memoria cultural de un continente? ¿Y qué decir de Juan Luis Guerra, Luis Días o Víctor Víctor, cuyas letras siguen habitando la memoria de varias generaciones de dominicanos?

Joan Báez y Bob Dylan en la marcha por los derechos civiles en Washington, EEUU, 1963, donde el Dr. Luther King Jr pronunció su famoso discurso l have a dream, Yo tengo un sueño.

No propongo responder afirmativamente en todos los casos. Sería tan simplista como negarles a todos la condición de poetas. También entre los libros hay versos olvidables y poemas que nunca consiguen levantar vuelo. Publicar en una colección de poesía no convierte automáticamente un texto en poesía, del mismo modo que una melodía no despoja de valor literario a unas palabras.

Quizá el problema no esté en las obras, sino en nuestras categorías.

Resulta curioso que aceptemos sin demasiada resistencia movimientos como el spoken word, los festivales de poesía oral o las competencias de poetry slam. Ahí la poesía vuelve a depender de la voz, del ritmo, del cuerpo y del público. Nadie parece escandalizarse porque el poema salga del libro. Algo parecido ocurre con el repentismo, la payada, la controversia o nuestros decimeros, capaces de improvisar versos con un rigor métrico que muchos poetas escritos envidiarían.

Entonces, ¿qué hace diferente a la canción?

Quizá la respuesta tenga menos que ver con la literatura que con el prestigio. Durante siglos hemos construido instituciones encargadas de decir qué merece ser estudiado, qué entra en el canon y qué permanece en sus márgenes. La universidad, la crítica, las editoriales y los premios cumplen una función necesaria; pero también levantan fronteras que con frecuencia terminamos confundiendo con verdades estéticas.

El Nobel otorgado a Dylan no eliminó esas fronteras. Más bien nos permitió verlas.

Hay una historia que ilustra muy bien esa paradoja. Sixto Rodríguez grabó apenas dos discos a principios de los años setenta. Pasaron inadvertidos en los Estados Unidos y todo parecía indicar que su carrera había terminado. Mientras él regresaba a una vida anónima en Detroit, sus canciones se convertían en un fenómeno cultural en Sudáfrica. Durante años circularon leyendas sobre su muerte; pocos sabían quién era, pero miles conocían sus letras de memoria. El reconocimiento institucional llegó décadas después, cuando el documental Searching for Sugar Man reveló una historia que parecía inventada.

Cabe preguntarse qué había ocurrido antes de ese documental. ¿Las canciones de Rodríguez valían menos porque la crítica todavía no las había descubierto? ¿O simplemente no habían recibido el sello de legitimidad que solemos exigir para admitirlas en determinadas conversaciones?

Tal vez la literatura no necesite responder definitivamente dónde termina un poema y dónde comienza una canción. Las fronteras entre ambos territorios han sido demasiado porosas a lo largo de la historia para admitir definiciones tajantes.

La pregunta que sí merece una respuesta es otra: ¿En qué momento empezamos a creer que la poesía debía dejar de ser cantada para ser considerada literatura?

Quizá la Academia Sueca no abrió una puerta nueva cuando premió a Bob Dylan y sin proponérselo, nos recordó algo mucho más antiguo. Antes de vivir en los libros, la poesía vivió en la memoria; antes de ser leída, fue escuchada; antes de convertirse en objeto de estudio, fue una voz que alguien transmitía a otro para que no se perdiera en el tiempo; tal vez la discusión no consista en decidir si una canción puede ser poesía. Es posible que consista en averiguar cuándo olvidamos que, durante buena parte de la historia humana, ambas fueron exactamente la misma cosa.

EN ESTA NOTA

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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