Cuando Jorge Luis Borges publicó El Aleph en 1945, no solo entregó uno de los relatos más extraordinarios de la literatura universal, sino que también planteó una de las preguntas más inquietantes sobre la naturaleza humana: ¿qué haríamos si pudiéramos contemplar el universo entero de una sola vez? La mayoría respondería que semejante privilegio nos convertiría en personas más sabias, más humildes o más conscientes de nuestra pequeñez. Sin embargo, Borges parece conducirnos hacia una conclusión muy distinta.
El Aleph no es únicamente una historia sobre el infinito; es, sobre todo, una historia sobre el ego. A primera vista, el relato parece girar en torno a un misterioso punto del espacio capaz de contener todos los lugares del universo simultáneamente, pero cuanto más avanzamos en la lectura, más evidente resulta que el verdadero centro del cuento no es el Aleph, sino quienes lo contemplan. Es, sobre todo, una historia sobre el ego.
A primera vista, el relato parece girar en torno a un misterioso punto del espacio capaz de contener simultáneamente todos los lugares del universo. Pero cuanto más avanzamos en la lectura, más evidente resulta que el verdadero centro del cuento no es el Aleph, sino quienes lo contemplan y todos, absolutamente todos, permanecen atrapados dentro de sí mismos.
Carlos Argentino Daneri representa el ego más evidente. Descubre un fenómeno que desafía toda la comprensión humana y, en lugar de maravillarse ante él, decide utilizarlo para escribir el poema definitivo y alcanzar la gloria literaria. El Aleph deja de ser un misterio del universo para convertirse en una herramienta al servicio de su propia vanidad, y su obsesión no consiste en comprender el infinito, sino en asegurarse de que el mundo admire su obra.
Pero Borges es demasiado sutil para limitar el ego a un solo personaje. El narrador tampoco se escapa de él. Durante años visita la casa de Beatriz, convencido de que conserva intacto un amor casi sagrado. Sin embargo, cuando el Aleph le revela las cartas íntimas que ella dirigía a Carlos Argentino, la imagen idealizada que había construido de la mujer se desploma. No sufre únicamente por la pérdida de Beatriz; sufre porque la realidad contradice la versión que él había fabricado durante años.
Quizá ahí reside una de las mayores ironías del cuento: El Aleph contiene toda la verdad, pero cada personaje sigue viendo únicamente aquello que afecta a su propia historia. Nadie logra olvidarse de sí mismo y, de repente, Borges deja de hablarnos del universo para hablarnos de nosotros.
Vivimos convencidos de que observamos el mundo con objetividad, creyendo que nuestras opiniones nacen de la razón, que nuestros juicios son imparciales y que nuestras decisiones responden únicamente a los hechos. Sin embargo, la realidad suele filtrarse a través de un lente mucho más poderoso: nuestro propio ego. Interpretamos las palabras de los demás según nuestras heridas, recordando aquello que confirma nuestras creencias y defendiendo con pasión nuestras ideas; no siempre porque sean verdaderas, sino porque sentimos que cuestionarlas equivale a cuestionarnos a nosotros mismos.
Entonces, en cierto sentido, todos habitamos nuestro propio Aleph; no porque podamos verlo todo, sino porque creemos que nuestra perspectiva basta para explicar el universo. Resulta significativo que, incluso tras contemplar el infinito, el narrador no se convierta en un sabio iluminado. Regresa siendo el mismo hombre, con sus afectos, rivalidades y contradicciones. El Aleph no destruye el ego; simplemente lo deja al descubierto. En cierto sentido, todos habitamos nuestro propio Aleph.
Quizá por eso, el cuento también se adapta a lo actual. Vivimos en una época en la que las redes sociales nos invitan constantemente a ocupar el centro del escenario. Cada opinión busca imponerse sobre las demás; cada fotografía, publicación y discusión parece girar en torno a una pregunta silenciosa: “¿Me están viendo?” El universo digital nos ofrece la ilusión de contemplarlo todo, pero con mucha frecuencia terminamos utilizándolo para alimentar una versión ampliada de nosotros mismos.
Décadas antes de que el internet existiera, Borges comprendió que el mayor obstáculo para comprender el mundo no era la falta de información, sino nuestra dificultad para salir de nosotros mismos, porque el ego no siempre se manifiesta como arrogancia. A veces adopta formas mucho más discretas, como la necesidad de tener razón, el deseo de ser reconocido, la incapacidad para aceptar una verdad que contradiga nuestras convicciones o la costumbre de convertir nuestra experiencia en la medida de todas las cosas.
El Aleph nos recuerda que el universo puede caber entero en un solo punto, pero lo verdaderamente difícil es encontrar un lugar donde nuestro ego deje de ocupar el centro. Quizás Borges nunca quiso que encontráramos el Aleph. Quizás quiso que descubriéramos algo mucho más difícil de ver: que el mayor límite para comprender el universo no está fuera de nosotros, sino dentro. Mientras el ego ocupe el centro de nuestra mirada, incluso el infinito terminará reducido al tamaño de nuestras propias ambiciones.
¡Grande, Borges!
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