Poeta, ensayista, traductor, editor, cronista, crítico y narrador, Adolfo Castañón (Ciudad de México, 1952) es un espíritu plural: combina la ironía intelectual con la mirada cotidiana. Trotamundos y de vocación apasionada y frenética por la cultura clásica, gran lector de los signos estéticos de la cultura. Este mexicano, que empleó un cuarto de siglo al frente del Fondo de Cultura Económica y muy cercano al círculo de Octavio Paz y de su mundo intelectual, nos revela aquí su faceta lúdica de creador poético, oficio en que ha cabalgado de modo más secreto que en el de las demás vertientes de su espíritu literario.
Adolfo, ¿qué hay detrás de la máscara del poeta? ¿Se esconde el ensayista o el narrador?
La del poeta no es una máscara sino, al igual que la del ensayista o el narrador, una actitud, un método. En todo caso, el rostro del poeta es transparente. Su cara es la de la transparencia y en su mirada se advierten destellos y tentaciones de magia, teurgia, santidad y teología.
Si el ensayista viene de Alfonso Reyes o Paz, ¿de dónde viene el poeta?
El poeta aparece entrelineado entre la lírica tradicional, la traducción y los silencios en que descansa Babel.
¿Qué ejercicio escritural ha pesado más, usted que ha cultivado más de un género?
El cuaderno es el género que me pesa menos. El género preferente de Adolfo Castañón es el cuaderno misceláneo que acepta lo mismo un poema que una cita, una carta, una traducción o un ensayo.
Si el ensayo es, como dijo Reyes, “el centauro de los géneros”, ¿cómo define Adolfo Castañón la poesía?
Si el ensayo es un género promiscuo y en el que se funden y conviven varias aguas, el poema es una forma abierta que está en diálogo tanto con el orden lírico como con los órdenes de la narrativa, la crítica, el teatro y la música.
Oigo y veo en su poesía ecos y resonancias, presencias y figuraciones de la tradición satírica latina (Juvenal, Marcial), la brevedad relampagueante de la poesía oriental (tanka, haiku), ¿me equivoco? ¿Le teme a la modernidad, apelando a la clasicidad?
Hay en mis versos y poemas resonancias de los satíricos latinos y romanos y también ecos de Oriente, pero eso no significa que no haya en algunos poemas un cierto diálogo con las vanguardias: en particular con el surrealismo (Robert Desnos, Blaise Cendrars). ¿Temor a la modernidad? Aunque creo que la modernidad es una ilusión, un objeto de idolatría, hay que decir que uno de los rostros de la modernidad se define por la convivencia formal y semántica de un “museo imaginario”. En mis poemas hay, además, otros ecos: la poesía medieval, Dante, la lírica de Gil Vicente, la poesía indígena precolombina, ciertos ecos de Ezra Pound y resonancias de poetas hispanoamericanos (Enrique Molina, Gonzalo Rojas, Eliseo Diego, Álvaro Mutis, Eugenio Montejo).

¿Hay un juego de la inteligencia en su poesía? ¿O un humor “rabelesiano” que linda con la poesía moral quevedesca?
La inteligencia en el poema no es un juego sino una irresistible necesidad… En el poema están en juego el juego y el humor. La presencia del sentido del humor en el poema es a la vez moderna y antigua. Hay además ecos de Quevedo y de la poesía barroca; el ascendiente “rabelesiano” corre, por así decir, bajo la piel del poeta.
El poeta en prosa que hay en usted, ¿permanece? ¿O fue un accidente en su tránsito poético?
El poema en prosa no es, en la tabla periódica de mi creación, un accidente ni mucho menos: la tensión de la escritura del poema en prosa está presente en toda mi creación, ya sea en verso o en prosa, a través de las crónicas gastronómicas o de los ensayos de viaje.
¿Qué pesa más en su mundo poético? ¿El surrealismo, los franceses o los hispanos?
En mi mundo poético están presentes, ante todo, las voces hispanoamericanas, incluidas entre estas los españoles y los portugueses, los brasileños y los mexicanos.
La originalidad no existe. Ni Homero fue original, pues él se nutrió de la tradición oral permeada de mitos y leyendas. Harold Bloom habla de la angustia que producen las influencias; Barthes prefiere hablar de “correspondencia”. ¿Cree usted en la originalidad o en las influencias? ¿O usted prefiere asumir el verso suyo que dice: “Toda la creación tiene aire de familia”?
El “aire de familia” de mi creación está impregnado de oralidad: escribo desde las voces que oigo o que, al leer, escucho en mi interior.
¿Prefiere hacer crítica literaria de poesía o de narrativa y ensayo?
Cuando escribo crítica, normalmente no me hago ese tipo de preguntas.
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