Entrar a la primera exposición temporal del Museo de Arte de Santiago es, en cierto modo, entrar dos veces. La primera ocurre cuando el visitante cruza la puerta de la sala; la segunda, cuando descubre que Francisco "Pepe" Grullón no ha reunido una colección de cuadros, sino varias vidas pictóricas habitando un mismo espacio.
No se trata de una retrospectiva organizada para demostrar una evolución lineal ni de un ejercicio cronológico que conduzca al espectador desde una etapa hasta otra. La curaduría de José Manuel Antuñano propone algo más sugerente: permitir que dialoguen entre sí el médico, el observador de la naturaleza, el heredero de la Escuela de Santiago, el pintor de personajes populares y el creador que, con el paso del tiempo, fue desprendiéndose lentamente de la representación para abrazar la libertad del color.

La muestra no pretende organizar una evolución cronológica rigurosa. Esa decisión sacrifica cierta claridad histórica, pero gana en resonancias visuales, permitiendo que obras distantes en el tiempo dialoguen desde preocupaciones comunes.
Pepe Grullón nunca ha sentido prisa por exponer. A lo largo de su trayectoria apenas ha realizado una decena de muestras individuales, separadas en algunos casos por más de veinte años. Pero ese largo silencio no fue ausencia. Fue el tiempo necesario para que madurara una misma mirada. Cuando regresa, Pepe lo hace sin nostalgias.
La exposición demuestra que Pepe Grullón no pertenece únicamente a la tradición costumbrista santiaguera. En sus obras más recientes la figuración deja de ser un fin para convertirse en el punto de partida de una pintura donde el gesto y el color adquieren autonomía.

Desde los cuadros de personajes populares hasta las grandes composiciones donde gallos, flores y aves se convierten en verdaderas explosiones cromáticas, la exposición deja ver una constante: el artista nunca abandona la realidad, simplemente la transfigura.
Flores convertidas en fuego. Gallos convertidos en viento. Personajes convertidos en memoria.
Esa es, quizás, la mejor definición de la "fantasía lírica" con la que él mismo describe su trabajo.
Cuando afirma que "una orquídea es casi una mariposa", no está proponiendo una metáfora poética para explicar su pintura. Está describiendo exactamente cómo mira el mundo. En su universo plástico las especies dejan de importar. Todo puede transformarse en otra cosa. Las plumas terminan convirtiéndose en pétalos; los pétalos adquieren movimiento de alas; los cuerpos se desintegran en color hasta convertirse únicamente en ritmo.

En las obras recientes la pincelada deja de obedecer a la descripción del objeto y comienza a construir el movimiento mismo. El color invade la forma, rompe sus límites y convierte la superficie del lienzo en un espacio de tensión permanente entre reconocimiento y abstracción.
Pepe Grullón no es un continuador de Mario Grullón, aunque ambos miraran desde un mismo horizonte sensible. Entre padre e hijo dialogan el paisaje, la cultura popular y el afecto por el Cibao; mientras en el primero predominó una voluntad más descriptiva, Pepe condujo esa herencia hacia una pintura donde el gesto, el color y la emoción terminaron emancipándose de la representación.
En Pepe Grullón el color deja de ser un atributo de la forma para convertirse en la forma misma. La pincelada construye siluetas apenas insinuadas que estallan ante el espectador antes de adquirir una forma reconocible.

“Trayectoria”, como título y concepto articulador, invita también a releer motivos persistentes en la pintura de Grullón: el flamboyán, el coche, los lechones y los tocadores de atabales. No aparecen como simples signos costumbristas, sino como fragmentos de una identidad que intenta reconocerse y perdurar en medio de sus transformaciones.
Es precisamente allí donde la pintura deja de pedir reconocimiento para exigir experiencia. Hay un momento en que el espectador deja de identificar qué está mirando y comienza simplemente a sentirlo. Como advertía John Berger, nunca miramos únicamente un objeto, sino la relación que establecemos con él.

En algunos momentos esa libertad gestual lleva la pintura al borde de la abstracción sin llegar a cruzarla. Esa tensión constituye precisamente una de las mayores virtudes de la muestra: Grullón nunca rompe del todo con la figura; conserva así un hilo narrativo que impide que la imagen se disuelva completamente en la abstracción.
Quizá ahí reside el mayor logro de esta exposición.
Los gallos —tema recurrente en la pintura dominicana— dejan de ser animales para convertirse en energía. Las largas pinceladas transforman las colas en llamaradas; las crestas parecen incendios suspendidos; los cuerpos ya no ocupan un espacio: parecen generarlo.

No es casual que varias de las obras más recientes recuerden más a un torbellino vegetal que a una representación zoológica. En ellas el color deja de describir para empezar a construir emociones.
Podría decirse que los gallos de Pepe Grullón terminaron pareciéndose a flores. O quizá sus flores terminaron aprendiendo a volar.
Ese tránsito constituye uno de los hallazgos más interesantes de la muestra.
Sin embargo, el otro gran universo del artista permanece intacto: el de las personas sencillas.
Allí están el transeúnte inocente —al que llamaron de mil formas mientras paseaba su locura por la calle 30 de Marzo—, el acordeonista, los músicos de atabales, el anciano acompañado por dos perros y tantos hombres que sostienen la vida cotidiana sin ocupar nunca los titulares.
Lejos del costumbrismo anecdótico, Pepe Grullón los rescata desde una profunda dignidad humana. No los idealiza ni los convierte en estampas folklóricas. Los contempla con el respeto silencioso de quien ha dedicado buena parte de su vida a escuchar historias en un consultorio médico de pueblo.
No deja de ser significativo que el pintor sea también médico. Ambas profesiones parten del mismo ejercicio: observar.
El médico busca comprender el cuerpo. El artista intenta comprender aquello que el cuerpo no alcanza a explicar.
Quizá por eso sus personajes nunca parecen posar. Simplemente existen.

En ellos no hay espectáculo. Hay humanidad.
Aunque la genealogía artística de Pepe Grullón remite inevitablemente a la Escuela de Santiago, su pintura encontró hace tiempo un camino propio. Conserva el afecto por los temas dominicanos, pero desplaza el interés desde la descripción hacia la emoción. Lo importante no es representar fielmente una escena popular, sino capturar la fuerza interior que la sostiene.
La tradición permanece. El lenguaje cambia.
Y es precisamente esa libertad la que convierte esta exposición en una síntesis de varias décadas de trabajo.
No estamos frente a un pintor que repite una fórmula exitosa. Estamos frente a un artista que ha permitido que su pintura evolucione al mismo ritmo que su mirada.
Por eso resulta especialmente acertado que el Museo de Arte de Santiago (MAS) haya inaugurado su programa de exposiciones temporales con una muestra de esta naturaleza. Bajo la dirección de Gina Rodríguez, este espacio no solo reconoce la trayectoria de un apreciado artista santiaguero, sino que afirma una idea de institución: inicia su programación mirando primero hacia el patrimonio vivo de la ciudad.
“Trayectoria y trascendencia” es también una ventana hacia un tiempo en que el arte parece obligado a producir estridencia para alcanzar una efímera viralidad. La pintura de Pepe Grullón hace exactamente lo contrario. Nos recuerda que todavía es posible construir asombro mirando lo cotidiano.
Al abandonar la sala queda la sensación de que, en realidad, Pepe Grullón nunca dejó de pintar durante sus pausas. Lo que hizo fue permitir que el tiempo trabajara por él.
Sus flores aprendieron a arder. Sus gallos dejaron de pelear para convertirse en color. Y sus personajes siguieron recordándonos que la verdadera grandeza del arte no consiste en alejarse de la vida cotidiana, sino en descubrir la extraordinaria belleza que permanece escondida dentro de ella.
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