5. La responsabilidad también es nuestra
Sería injusto atribuir toda la responsabilidad al Estado. Quienes integramos el universo cultural dominicano también tenemos una deuda con la nación. Durante décadas hemos reaccionado ante los cambios de ministros, los nombramientos, las reducciones presupuestarias o las decisiones administrativas. Hemos debatido sobre premios, subvenciones, reconocimientos, festivales y eventos. Todo ello forma parte de la vida cultural de un país y merece atención. Sin embargo, mientras discutíamos las consecuencias, fuimos dejando de lado la pregunta verdaderamente importante: ¿qué política cultural necesita la República Dominicana para construir su futuro?
Con frecuencia nos hemos acostumbrado a reaccionar frente a la coyuntura en lugar de contribuir a la construcción de una visión de largo plazo. Hemos esperado que sea el Estado quien piense la cultura dominicana, cuando la cultura no pertenece al Estado; pertenece a la nación. Y una nación madura no delega por completo la responsabilidad de imaginar su propio destino cultural.
Esta responsabilidad alcanza a los escritores, artistas, músicos, actores, bailarines, cineastas, artesanos, investigadores, gestores culturales, maestros, universidades, academias, museos, bibliotecas, archivos, centros culturales, industrias creativas, empresas comprometidas con el sector y medios de comunicación. Todos somos, en distinta medida, responsables de preservar, enriquecer y proyectar el patrimonio cultural dominicano.
También alcanza, de forma inequívoca, a la diáspora. Durante décadas, millones de dominicanos han construido espacios de creación, educación, investigación y promoción cultural en diferentes ciudades del mundo. Han fundado instituciones, organizado festivales, creado editoriales, impulsado proyectos artísticos, abierto galerías, enseñado nuestra historia y llevado nuestras expresiones artísticas mucho más allá de las fronteras geográficas. La nación dominicana se expresa hoy con múltiples acentos, pero bajo una misma memoria.
Esa realidad exige un giro en la manera de concebir el diseño público. La diáspora no debe ser convocada únicamente para celebrar sus éxitos o destacar figuras de reconocimiento internacional; debe ser asumida como un actor permanente en la formulación de la política cultural del Estado. Allí reside un extraordinario capital intelectual, artístico y humano cuya experiencia puede enriquecer la construcción de una visión nacional compartida. No se trata meramente de extender programas culturales hacia el exterior, sino de reconocer que la nación ya no puede comprenderse exclusivamente desde la insularidad. Nuestra cultura también se piensa, se crea y se transforma allí donde un dominicano escribe un libro, dirige una orquesta, pinta un cuadro, investiga nuestra historia o transmite nuestras tradiciones a una nueva generación nacida lejos del Caribe.
La responsabilidad compartida supone, además, abandonar la cultura de la queja permanente. Criticar aquello que no funciona constituye un derecho y, muchas veces, un deber ciudadano; pero toda crítica alcanza su mayor legitimidad cuando va acompañada de propuestas, de voluntad de diálogo y de disposición para articular soluciones. Ha llegado el momento de sustituir la lógica de la confrontación por la lógica de la cooperación.
El Estado necesita escuchar a la sociedad, pero la sociedad también debe asumir el compromiso de participar activamente en la definición de las políticas públicas. Una democracia cultural madura no se erige únicamente mediante demandas; se fortalece cuando los ciudadanos se reconocen como corresponsables del bien común. Quizá haya llegado la hora de que el sector cultural dominicano se conciba a sí mismo como una verdadera comunidad de pensamiento: una comunidad capaz de debatir con respeto, de construir consensos, de superar intereses particulares y de colocar el interés nacional por encima de las diferencias ideológicas, institucionales o generacionales.
Solo entonces podremos hablar de una auténtica ciudadanía cultural. Una ciudadanía que no espere pasivamente las decisiones del Estado, sino que participe en su formulación; que no reduzca la cultura a la administración de eventos, sino que la comprenda como un derecho, una responsabilidad y un componente esencial del desarrollo humano.
La República Dominicana posee el talento, la creatividad y la diversidad necesarios para construir una gran política cultural de Estado. Lo que todavía nos falta es la decisión colectiva de sentarnos a pensar el país desde la cultura. Porque las grandes transformaciones nacionales nunca han sido obra de una sola institución ni de un solo gobierno; han surgido cuando una sociedad entera ha decidido compartir un mismo horizonte y trabajar, desde la diversidad, por un propósito común.
Y quizás ese sea el mayor desafío que hoy tenemos por delante: no preguntarnos únicamente qué puede hacer el Estado por la cultura dominicana, sino preguntarnos, con igual honestidad, qué estamos dispuestos a hacer nosotros por la cultura y por la nación que aspiramos a legar a las próximas generaciones.
6. Ha llegado la hora
Toda reflexión adquiere sentido cuando conduce a la acción. Si este ensayo se limitara a señalar carencias, terminaría siendo una crítica más entre tantas otras, y ese nunca fue su propósito. Su intención ha sido abrir una conversación nacional sobre una pregunta que la República Dominicana ha postergado durante demasiado tiempo: ¿quién piensa la cultura dominicana?
Ha llegado la hora de reconocer que la cultura no puede seguir ocupando un lugar secundario dentro del proyecto nacional. No es un complemento del desarrollo, ni un lujo reservado para tiempos de prosperidad; es uno de los pilares fundamentales sobre los que se construyen la identidad, la ciudadanía, la memoria histórica, la creatividad y la cohesión social. Las sociedades que han comprendido esta realidad no consideran la cultura un gasto prescindible; la entienden como una inversión estratégica en capital humano, convivencia democrática, innovación y desarrollo sostenible.
La República Dominicana necesita dar ese paso. Ha llegado la hora de comprender que ninguna nación alcanza plenamente su desarrollo si desconoce el valor de su patrimonio cultural, de sus creadores, de sus instituciones y de la diversidad de expresiones que conforman su identidad. Ha llegado la hora de asumir que la cultura no pertenece exclusivamente al ministerio que la rige; pertenece al sistema educativo, a las universidades, a los gobiernos locales, a los medios de comunicación, al sector empresarial, a las familias, a las comunidades y a todos los ciudadanos.
Pertenece también a nuestra diáspora. Millones de dominicanos mantienen viva la cultura nacional más allá de nuestras fronteras. Allí enseñan, investigan, escriben, crean, emprenden y transmiten a las nuevas generaciones el orgullo de pertenecer a una nación cuya identidad ha demostrado una extraordinaria capacidad para mantenerse unida aun en la distancia.
Pensar la cultura dominicana exige, por tanto, pensar también en esa nación expandida que hoy se expresa en múltiples territorios sin dejar de reconocerse como una sola comunidad. La cultura dominicana ya no puede concebizse únicamente desde la geografía de la isla; debe pensarse desde la totalidad de la nación. Solo una visión de esa amplitud permitirá construir una Política Cultural de Estado capaz de responder con éxito a los desafíos del siglo XXI.
7. Propuesta al país

Cada generación tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de dejar un legado que trascienda su propio tiempo. Algunas construyen grandes obras de infraestructura; otras fortalecen sus instituciones, transforman la educación o impulsan profundas reformas económicas. La nuestra puede ser recordada por haber iniciado la construcción de una verdadera Política Cultural de Estado para la República Dominicana.
Por ello, propongo la convocatoria del Primer Gran Diálogo Nacional por una Política Cultural de Estado, concebido como un proceso amplio, plural y permanente en el que el Estado y la sociedad construyan conjuntamente el futuro cultural de la nación. No sería un evento protocolar, sino el inicio de un proceso nacional de reflexión y concertación en el que deberían participar los poderes públicos, las instituciones educativas, las universidades, los gobiernos locales, las industrias culturales y creativas, los creadores, el sector empresarial, la sociedad civil y, por primera vez, la diáspora dominicana, asumida no como invitada de honor, sino como parte constitutiva de la nación.
La República Dominicana necesita elaborar un Plan Nacional de Cultura con un horizonte a diez años, sustentado en una auténtica Política Cultural de Estado, con objetivos claros, mecanismos de evaluación, continuidad institucional y amplia participación ciudadana. Ese plan deberá reconocer la cultura como un eje transversal del desarrollo nacional y articularla firmemente con la educación, el turismo, la economía creativa, la protección del patrimonio, la innovación, la transformación digital, la diplomacia cultural y la proyección internacional del país.
El turismo debe ocupar un lugar estratégico dentro de esa visión. La República Dominicana posee un patrimonio histórico, artístico y cultural de primer orden que complementa y enriquece su oferta tradicional. Integrar la cultura al desarrollo del turismo permitirá fortalecer la identidad nacional, generar nuevas oportunidades para artistas, artesanos y comunidades, diversificar la economía y proyectar internacionalmente una imagen mucho más auténtica y competitiva del país. Solo así las políticas culturales responderán a una visión compartida y no a las prioridades cambiantes de cada administración.
Porque los gobiernos pasan.
Las instituciones permanecen.
Y la cultura continúa construyendo silenciosamente la nación.
Una invitación
Este ensayo no pretende tener la última palabra; aspira, apenas, a formular la primera gran pregunta. Invita al Presidente de la República, al Congreso Nacional, al Ministerio de Cultura, a las universidades, a los partidos políticos, a los gobiernos locales, al sector empresarial, a los medios de comunicación, a los creadores y a la diáspora dominicana a iniciar un diálogo que el país ya no puede seguir aplazando.
Una nación que no piensa estratégicamente su cultura termina debilitando su memoria, fragmentando su identidad y limitando su capacidad de imaginar el futuro. Por el contrario, una nación que convierte la cultura en una política de Estado fortalece su democracia, amplía las oportunidades para sus ciudadanos y proyecta al mundo una identidad segura de sí misma. La República Dominicana posee el talento, la historia, la creatividad y la diversidad necesarias para lograrlo. Lo que falta es tomar la decisión.
Porque, al final, la pregunta que da título a estas páginas no está dirigida únicamente al Estado ni a sus instituciones; está dirigida a todos nosotros.
¿Quién piensa la cultura dominicana?
La respuesta debería ser tan sencilla como trascendente: la pensamos todos. Porque la cultura no pertenece a un gobierno; pertenece a la nación. Y una nación que piensa su cultura es una nación que decide conscientemente el país que quiere ser.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota