La reciente designación, mediante decreto presidencial, de nuevas personalidades como miembros honoríficos del Consejo Nacional de Cultura representa una oportunidad que trasciende los propios nombramientos. Más allá de los méritos profesionales de los designados, este hecho invita a abrir una conversación que la República Dominicana ha postergado durante demasiado tiempo.
No deseo escribir sobre los nombramientos ni cuestionar la capacidad o el compromiso de quienes han sido llamados a integrar ese organismo. Quiero escribir sobre algo mucho más importante: ¿cuál es la política cultural que ese Consejo está llamado a fortalecer, orientar y ayudar a construir para la República Dominicana?
Esta pregunta conduce inevitablemente a otra, aún más trascendente: ¿cuenta hoy el país con una verdadera Política Cultural de Estado?
Una política pública no es una sucesión de actividades, festivales, ferias, conciertos o exposiciones. Todo ello puede formar parte de una gestión, pero solo adquiere sentido cuando responde a una visión previamente concebida. Una política pública es un proyecto de nación: un conjunto de principios, objetivos, prioridades y estrategias que orientan las decisiones del Estado y permiten evaluar sus resultados.
Por esa razón, resulta inevitable formular algunas preguntas que trascienden a un ministro, a un gobierno e incluso a un partido político: ¿cuál es el proyecto cultural de la República Dominicana para los próximos diez años? ¿Cómo se integra la cultura al modelo de desarrollo nacional? ¿Existe un Plan Nacional de Cultura, público y conocido por la ciudadanía, con metas, prioridades, indicadores y mecanismos de evaluación? ¿Dónde puede consultarlo cualquier dominicano interesado en conocer el rumbo cultural de su país?
Estas interrogantes no nacen de la confrontación, sino de una convicción profundamente democrática: ningún país alcanza un desarrollo verdaderamente integral si la cultura ocupa un lugar secundario dentro de su proyecto nacional. Las naciones no se construyen únicamente con crecimiento económico, infraestructura, estabilidad financiera o inversiones. También se construyen con memoria, identidad, patrimonio, creatividad, pensamiento crítico, educación artística y participación ciudadana. Allí donde la cultura deja de ser una prioridad, también comienza a debilitarse el tejido que sostiene la vida colectiva.
Este ensayo no pretende ofrecer todas las respuestas. Aspira, más bien, a iniciar una conversación nacional que la República Dominicana ha postergado durante demasiado tiempo. Si logramos abrir ese diálogo, habremos dado el primer paso para construir una auténtica Política Cultural de Estado, capaz de trascender gobiernos, ministros y coyunturas políticas. Ese es, y no otro, el propósito de estas páginas.
1-La cultura: la gran ausente en los planes de desarrollo
Cada cuatro años, los candidatos a la Presidencia de la República presentan al país sus programas de gobierno. En ellos ocupan un lugar prioritario la economía, la educación, la salud, la seguridad ciudadana, la infraestructura, el turismo, la producción y la generación de empleos; todos son pilares indispensables para el desarrollo nacional. Sin embargo, hay una pregunta que rara vez aparece con la misma claridad: ¿cuál es el proyecto cultural que acompañará ese modelo de desarrollo?
Con frecuencia, la cultura ocupa un espacio reducido dentro de los programas de gobierno. Se anuncian restauraciones patrimoniales, festivales, ferias, incentivos o programas de apoyo a determinadas expresiones artísticas. Todo ello es importante, pero ninguna de esas acciones, por sí sola, constituye una política cultural.
La cultura no es un complemento del desarrollo; la cultura es desarrollo. Es el espacio donde una nación fortalece su identidad, preserva su memoria histórica, transmite sus valores, estimula la creatividad, forma ciudadanos, impulsa las industrias culturales y creativas y construye el sentido de pertenencia que mantiene unida a la sociedad. Ningún país puede aspirar a un desarrollo verdaderamente integral sin definir también el horizonte cultural hacia el que desea avanzar.
Con el mayor respeto hacia la investidura presidencial, surge entonces una pregunta legítima: Señor Presidente, ¿cuál es la visión cultural de la República Dominicana para los próximos diez años?
No me refiero únicamente al presupuesto del Ministerio de Cultura ni al calendario anual de actividades. Me refiero al lugar que la cultura ocupará dentro del proyecto nacional de desarrollo. ¿Cómo fortaleceremos nuestra identidad en un mundo cada vez más globalizado? ¿Cómo incorporaremos la educación artística a la formación de nuestros niños y jóvenes? ¿Qué papel desempeñarán las industrias culturales y creativas en la economía nacional? ¿Cómo protegeremos el patrimonio material e inmaterial que define quiénes somos? ¿Cómo garantizaremos que la cultura llegue con igualdad de oportunidades a todas las provincias y municipios del país?
Estas preguntas no buscan una respuesta inmediata; buscan abrir una reflexión que la República Dominicana ya no puede seguir postergando. Cuando un país deja de pensar estratégicamente su cultura, también debilita los cimientos de su educación, de su identidad, de su convivencia democrática y de su capacidad para proyectarse ante el mundo con una voz propia.
La cultura no puede seguir siendo el capítulo más breve de los planes nacionales de desarrollo. Debe convertirse en uno de sus ejes estratégicos, porque el futuro de una nación no depende únicamente de lo que produce o de lo que invierte, sino también de aquello que decide preservar, crear y transmitir a las generaciones que la sucederán.
2-¿Qué Ministerio de Cultura necesita la República Dominicana?
Toda institución pública nace para cumplir una misión claramente definida. Esa misión orienta su estructura, determina el perfil de quienes la dirigen, justifica el presupuesto que recibe y establece los criterios mediante los cuales la sociedad puede evaluar sus resultados. Por ello, antes de preguntarnos quién debe ocupar el despacho del ministro o de los viceministros de Cultura, conviene formular una pregunta mucho más trascendente: ¿qué Ministerio de Cultura necesita la República Dominicana para enfrentar los desafíos de las próximas décadas?
La respuesta no puede depender del estilo personal de un ministro ni de las prioridades de un gobierno de turno. Debe responder a una visión de Estado. Una Política Cultural de Estado expresa precisamente esa visión permanente: define el rumbo que el país desea seguir en materia cultural y los principios que deben orientar la acción pública más allá de los cambios de administración. El Plan Nacional de Cultura, por su parte, convierte esa visión en objetivos, metas, programas, indicadores y mecanismos de evaluación para un período determinado. Ambos constituyen el marco que debe orientar la actuación institucional.
Ese debería ser el orden natural. Primero se define la visión; luego se formula la política pública; después se aprueba el Plan Nacional de Cultura y, finalmente, se designan las personas llamadas a conducir esa misión. Con demasiada frecuencia ocurre exactamente lo contrario: primero se nombran las autoridades, luego se instalan en el Ministerio y solo ni hacen esfuerzos para definir el rumbo. Este procedimiento explica, en parte, por qué muchas gestiones parecen comenzar desde cero y por qué la continuidad institucional continúa siendo una de las mayores debilidades de la administración cultural dominicana.
El verdadero desafío consiste en que, como nación, todavía no hemos debatido qué Ministerio de Cultura necesita la República Dominicana del siglo XXI. Antes de designar ministros, viceministros y directores generales, el país debería responder algunas preguntas esenciales: ¿cuál será la misión estratégica del Ministerio durante la próxima década? ¿Qué resultados concretos deberá alcanzar? ¿Cómo serán evaluadas sus políticas públicas? ¿Qué indicadores permitirán medir su impacto en la formación artística, la protección del patrimonio, el desarrollo de las industrias culturales y creativas, la descentralización de la vida cultural y el acceso efectivo de todos los ciudadanos a los bienes y servicios culturales?
Estas preguntas también alcanzan a quienes asesoran al Presidente de la República en la conformación de su equipo de gobierno. Recomendar el nombramiento de un funcionario de este nivel no constituye únicamente una decisión administrativa; es una decisión de Estado. Quienes participan en ese proceso tienen la responsabilidad de preguntarse si las personas propuestas poseen la experiencia, la capacidad de liderazgo, el conocimiento del sector y la visión estratégica necesarios para conducir una institución llamada a orientar uno de los pilares del desarrollo nacional.
El Ministerio de Cultura no fue creado simplemente para administrar la cultura dominicana. Fue creado para formular y conducir la política cultural del Estado, articular el desarrollo cultural de la nación y garantizar el derecho constitucional de todos los ciudadanos a participar plenamente en la vida cultural del país.
Organizar festivales, respaldar exposiciones, promover publicaciones, restaurar monumentos o ejecutar un presupuesto son responsabilidades importantes, pero representan instrumentos de gestión, no la misión esencial de la institución.
La responsabilidad principal del Ministerio consiste en pensar estratégicamente el futuro cultural de la República, formular políticas públicas sostenibles, promover la participación ciudadana y coordinar los esfuerzos de todos los actores que conforman el ecosistema cultural dominicano.
Ese ecosistema es mucho más amplio que la propia estructura del Estado. Está integrado por artistas, escritores, músicos, teatristas, gestores culturales, investigadores, universidades, academias, museos, bibliotecas, centros culturales, industrias creativas, gobiernos locales, organizaciones comunitarias, instituciones artísticas independientes y empresas comprometidas con el desarrollo cultural. A ellos se suma hoy un actor cuya importancia resulta imposible ignorar: la diáspora dominicana, que desde múltiples países contribuye diariamente a preservar, recrear y proyectar nuestra identidad en el mundo. Una política cultural del siglo XXI que aspire a representar a toda la nación no puede limitarse al territorio insular; debe reconocer también esa dimensión transnacional de la cultura dominicana.
Un Ministerio de Cultura moderno debe ser, ante todo, un espacio de articulación. Su liderazgo no consiste únicamente en ejecutar programas, sino en convocar inteligencias, construir consensos y movilizar las capacidades de toda la sociedad alrededor de un proyecto cultural compartido. La cultura pertenece a la nación, y ninguna institución, por importante que sea, puede asumir en solitario la responsabilidad de pensar su porvenir.
Por esa razón, el éxito de un Ministerio de Cultura no debería medirse por la cantidad de actividades que organiza cada año, sino por la calidad de la política pública que impulsa, por la continuidad de sus planes y por el impacto real de sus resultados en la formación de ciudadanía, la preservación del patrimonio, el fortalecimiento de la identidad nacional y el desarrollo de la creatividad como motor de progreso.
Mientras la República Dominicana no cuente con una Política Cultural de Estado y con un Plan Nacional de Cultura concebidos para trascender los períodos gubernamentales, el Ministerio de Cultura correrá siempre el riesgo de administrar el presente sin construir el futuro.
CONTINUARA MAÑANA…
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