Un buen libro puede influir en otro con mayor frecuencia de la que se supone. Dos autores de remotas latitudes o épocas distintas pueden coincidir en un tema o en una manera particular de percibir un pequeño fragmento de vida humana. Siempre que existen paralelismos, no necesariamente significa que las similitudes sean conscientes. Las razones varían de una época a otra y de un lector a otro. En los casos favorables, puede ser influencia, coincidencia o imitación; ello no afecta la calidad de una obra, antes bien la enriquece. Por ejemplo, Crimen y castigo de Dostoievski tiene paralelismos con Papá Goriot de Balzac, o La ciudad y los perros de Vargas Llosa con Las tribulaciones del joven Törless de Musil. Sin embargo, la autenticidad de las obras jamás se ve mermada por las primeras en el tiempo. Lo mismo se puede decir de La historia de un caballo, 1886, de León Tolstói, y Deleite (Historia de un caballo), 1951, del dominicano Tomás Hernández Franco, relatos en los que noto paralelismos que me llevan a conjeturar una influencia o una feliz coincidencia. Que sea una cosa o la otra es un punto que el lector podrá secundar o refutar al leer ambas obras o, sencillamente, al repasar las líneas de este texto.
Desde antes de iniciar la lectura de los relatos ya se percibe cierta proximidad entre ellos, puesto que tanto el de Tolstói como el de Hernández Franco evidencian entre sí una marcada cercanía incluso en el título de ambos relatos, independientemente de la traducción del de Tolstói, que varía en cada traductor al español. Ambos nacen en pequeños pueblos no ficticios y famosos por sus caballos de pasos finos: Jolstomer en Jrénovo (Khrenovoye, Rusia), y Deleite en Humacao, Puerto Rico. Son descendientes directos de linajes de rancio abolengo: Jolstomer es hijo de Liubezny I y de una famosa yegua de raza llamada Baba, y Deleite de una cotizada yegua andaluza y un semental inglés. Ambos nacieron con características ajenas por completo a sus ascendientes y a su entorno: Jolstomer nació pío o manchado, y Deleite «con un profuso pelo largo color de peña sucia, magnífico para cualquier burro, pero imposible de admitir en un caballo de raza».
Los dos caballos fueron destetados o dejados por la madre desde muy antes de tiempo. El nombre de bautizo fue relegado a un segundo plano por el apodo con que fueron llamados durante sus años de apogeo: al nacer Jolstomer fue bautizado Muzhik Primero, y Deleite fue bautizado el Loco. Ambos alcanzaron su época dorada teniendo el apodo con el que se harían célebres (Jolstomer y Deleite); los dos llegarían a convertirse en leyendas vivientes. El apodo definitivo de ambos fue colocado en momentos felices; hace alusión a ciertos caracteres que los definían y los distinguían del resto: Jolstomer empezó a ser llamado como tal en una época de su vida en la que todavía no había conocido la crueldad con la que sería tratado al final de sus días, y porque su paso era amplio y largo, lo que hacía honor a su nombre, y Deleite fue luego llamado así durante su etapa en la que mejor fue tratado durante su largo periplo y, además, porque era una mezcla de aventura y de guerra en el acaballadero en que fue apodado como tal.
Eran caballos altos y largos, de una constitución muy saludable y enérgica: Jolstomer era fuerte y de patas largas y zancudas, y Deleite era de un flaco atlético y con una fuerza de hierro. Eran incansables y los más veloces de su tiempo. Ambos eran, desde pequeños, movedizos: Jolstomer era muy inquieto y Deleite sumamente rebelde. Los dos tenían una capacidad innata para soportar duros golpes de los hombres. Sin embargo, desde los primeros días de nacimiento, empezaron a defraudar las esperanzas de sus dueños. Tanto uno como el otro fueron, al nacer, objeto de burla y de vergüenza ante los hombres que los custodiaban, o, mejor dicho, hacían reír de burla o enfurecían a la peonada en sus primeros días y, sin embargo, fueron elogiados en ocasiones y también recibieron numerosos apodos inciertos después de ser bautizados con el nombre definitivo, hasta llegar al primer apodo oficial: «Todos se reían al mirar mis manchas y me daban nombres extraños», cuenta el propio Jolstomer en la traducción de Selma Ancira. No obstante, luego añade que «todos alababan mi constitución y mi fuerza». Por su parte, Deleite hacía «reír a la peonada, satisfecha de aquel fracaso. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones». Luego se añade que Deleite «era una especie de máquina incansable, un extravagante caso de resistencia atroz, unida a una insólita y firme suavidad de pasos».
Tanto Jolstomer como Deleite fueron pasando de mano en mano en numerosas ocasiones. Ambos fueron descartados y vendidos por primera vez a personas desconocidas de lugares remotos que ignoraban «los problemas» de estos caballos: Jolstomer fue comprado por un jinete de Korenna, Rusia, muy lejos de donde nació y se le vio crecer, y Deleite fue vendido por primera vez a un hombre del Cibao, República Dominicana. Es en ese momento que los dos caballos viven sus años más halagüeños. Sin embargo, cayeron en desgracia justo donde fueron más felices: Jolstomer lo sería después de que su amo, un príncipe que siempre lo había mimado, fue dejado por su amante y al perseguirla lo obligó a correr como nunca y más allá de sus límites, y Deleite cuando mató un peón de una coz, obligando a su amo a venderlo. Pasaron luego a otras manos y desde entonces cayeron en decadencia: el destino de Jolstomer se malogró por completo, en tanto que Deleite decayó de inmediato en precio de mercado, aunque siguió subiendo y bajando de valor de dueño en dueño. Ambos fueron vendidos más de ocho veces y tuvieron múltiples nombres: Jolstomer fue sucesivamente llamado Muzhik Primero, Jolstomer, «el pío castrado» o simplemente «el castrado», pero siendo más conocido en toda Rusia como Jolstomer. Por su parte, Deleite fue llamado sucesivamente el Loco, Deleite, el Bronce, pero tejió su leyenda por toda República Dominicana con el nombre de Deleite.
En los dos casos llegaron a ser caballos de carga y fueron utilizados para el arado durante una temporada. Tanto uno como otro fueron castrados: Jolstomer a temprana edad, años antes de su época dorada, y Deleite posiblemente también fue castrado después de su época de mayor esplendor: «dizque lo han castrado para quitarle bríos», dice el narrador en el cuento de Hernández Franco. Jolstomer fue ignorado en la vejez y las personas que lo conocieron en su época de apogeo desconocían su paradero, y a Deleite también la gente que lo conoció en su mejor momento le perdió el rastro durante un tiempo del que no le llegó noticias sobre él. Además, el antropomorfismo en la historia de uno y otro es notorio: tanto Jolstomer como Deleite son pintados por los autores como animales humanizados y con características épicas: Jolstomer es en su juventud un caballo heroico y en su vejez razona como un filósofo, y Deleite fue siempre un caballo increíblemente admirable, indomable y veloz como un rayo, hasta un punto tal que el lector lo siente como si se tratara de un ser humano heroico. De hecho, el desenlace de los relatos produce un gran sacudimiento en el lector que logra conectar bien con lo narrado: la muerte de Jolstomer mueve a compasión, y la de Deleite conmueve hasta el paroxismo. En todo caso, ambos caballos son los personajes centrales de los relatos.
El lector puede, pues, notar las analogías de los relatos condensadas en estas líneas. Sin embargo, si bien he tratado de ser objetivo y puntualizar los paralelismos de la forma más evidente posible, es solo al leer los relatos que se puede discernir con objetividad si hay influencia, coincidencia o imitación. Que estos paralelismos me parezcan apropiados no significa que las diferencias no sean amplias. Cada uno es único en su estilo y su manera de concebir lo narrado, y real y efectivamente, las diferencias son mayores que las similitudes. Jolstomer, por ejemplo, llegó a ser un caballo sumiso, y Deleite jamás dejó de ser rebelde. Jolstomer perdió sus bríos y fue asesinado en la vejez por ser visto como inutilizable, pero Deleite murió por un rayo en pleno dominio de sus facultades físicas. Incluso el tono filosófico, a veces didáctico y de corte social de Tolstói, contrasta sobremanera con el tono impresionista, la naturaleza del trópico y la prosa visceral, casi poética, de Hernández Franco. Ambos denuncian el maltrato animal, la opulencia y las injusticias sociales, pero Tolstói lo hace desde la crítica a los problemas de la propiedad privada, el oportunismo, la superficialidad y la irracionalidad humana. Hernández Franco hace hincapié en el atraso social, la empatía y el don de admiración en los hombres del Cibao, pero también enfatiza la estupidez humana. Son dos maneras únicas de dos autores tan distintos y tan lejanos en el tiempo y el lugar, de mostrar la condición humana vista desde la mirada equina.
Dos caballos, dos mundos. Tolstói filosofa desde Rusia. Hernández Franco sangra desde el Caribe. Lo que vemos es que Jolstomer y Deleite representan visiones distintas del mismo dolor: la deshumanización y el descarte. Y ambos, a su manera, nos hacen más humanos y nos recuerdan lo mismo: cómo desgraciadamente algunos humanos pueden de forma sucesiva admirar, usar y desechar. Y en eso, Deleite está a la altura de Jolstomer.
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