En su obra El lapicida de los ojos morados (1993), Pedro Mir hace un recorrido por la comunicación humana, su origen y naturaleza, el desarrollo del lenguaje, la importancia del símbolo, la aparición del arte, la poética, el cine y la poesía. Parte de la noción del lapicida como el hombre que escribe, no que habla, es decir, del sujeto escribidor, antes que del sujeto parlante: de la escritura primero que de la voz. Apelando a su dominio del lenguaje, a su bagaje cultural, a su condición de investigador y a su experiencia docente, Mir logra articular un discurso teórico, matizado de precisas y claras argumentaciones conceptuales, con ideas muy propias y libres, y aun con gracia y sentido del humor. Con la palabra lapicida, Mir define al escritor, en su acepción de "matar con un lápiz", y más allá de su significación etimológica, de aquellas plantas que nacen en las grietas de algunas piedras. De ahí que, según el Poeta Nacional: "matar las piedras convierte a todo escritor en lapicida".
El poeta dominicano hace una defensa apasionada de la estética sobre la lingüística estructural y del arte frente al lenguaje. Precisa la diferencia entre palabra hablada y escrita, escritura y lenguaje. Revela o desvela su concepción de los sonidos articulados, que conforman el sistema de la comunicación humana, distante de la comunicación animal. Ve en el hombre un animal parlante; esto es, un lapicida que escribe, un escribiente, un escribidor o escritor (poeta, novelista, ensayista o dramaturgo), y sobre diversas superficies o materiales (papel, pared, arena, madera, papiro, etc.). De la voz a la escritura, de la agrafía a la grafía, del lenguaje como facultad exclusivamente humana, herencia biológica y abstracta, hasta la lengua como instrumento de comunicación humana concreta, aprendida y generada en el hogar. El hombre, pues, aprende a hablar, y luego a escribir en su lengua materna. En efecto, lo que Pedro Mir afirma es que hay un vínculo entre la palabra (hablada o escrita), el lenguaje, el símbolo, el arte y la comunicación humana.
"Claro, existe y ha existido siempre escritura sin palabras, y luego se verá que también existe y ha existido siempre palabra hablada sin lenguaje, por lo cual nos resulta completamente trastornador plantear el problema en los marcos de una confrontación entre la palabra escrita y la palabra hablada…", apunta Mir. Como se ve, desde luego, la palabra escrita nace de la palabra hablada, y ambas desembocan en la escritura, cuyas reflexiones adquieren y adoptan, en Mir, el centro de gravedad de su concepción del lenguaje y su teoría de la comunicación. Desde el grito y el balbuceo hasta la voz, y desde los sonidos no articulados hasta los articulados, durante el largo tiempo de la prehistoria, es con la aparición de la escritura —el mayor salto civilizatorio en la evolución del estadio del salvajismo y la barbarie hasta la civilización— cuando el hombre desarrolla la facultad del lenguaje y, por tanto, del pensamiento, que le permite también perfeccionar la memoria, el conocimiento, la inteligencia y la conciencia.
Articulado en base a fragmentos, citas, notas y epígrafes, en este libro, que es a un tiempo didáctico y teórico, académico y comunicativo, Pedro Mir analiza las ideas de los textos consultados y citados, y argumenta con ideas propias y externa sus puntos de vista, muchos de ellos desde una óptica marxista y desde una teoría semiótica de la comunicación, del lenguaje y los signos. Afirma que el lenguaje es la única forma de comunicación humana posible, en tanto primera manifestación comunicativa, y que, en muchas ocasiones, se confunden la humana y la comunicación animal. Su concepción del ritmo aparece como imitación de la naturaleza: se expresó en la danza primero, y luego se convirtió en el elemento central del sentido del arte, en general, y de la obra de arte, en particular.
En el marco conceptual que elabora y que sirve de eje de reflexión de esta obra, Mir emite sus consideraciones personales, con libertad expresiva y mirada de poeta, acerca de la cultura, el hombre y la naturaleza, así como sobre las cuestiones esenciales y complejas de las diferentes categorías estéticas. Y lo hace con una enorme expresividad, tal y como era capaz de conversar, hablar y exponer ante sus alumnos y ante un público cualquiera. Esa facilidad argumentativa y esa capacidad comunicativa también las exhibe en las páginas de este libro, que es, a la vez, pedagógico y académico. Brillan lo antropológico y lo filosófico en sus disquisiciones conceptuales, al abordar la naturaleza y la esencia del arte, la belleza y el lenguaje. Armado de datos que brotan del rigor investigativo, aunado a su cultura y formación multidisciplinaria, Mir hace gala de su potencia discursiva y su experiencia estética, como escritor y hombre con curiosidad heurística. Y así postula un cuerpo teórico que oscila entre el universo de las artes y el de las ciencias, las técnicas artísticas y los procesos lingüísticos y comunicativos de la cultura humana. Sorprenden los niveles de originalidad de sus ideas y la profundidad de sus argumentaciones, tanto como el esplendor de su decir y la elegancia de su prosa, siempre limpia y precisa. En Pedro Mir, pues, se conjugan —y combinan— el intelectual y el poeta, el prosista y el ensayista, capaz de navegar en las aguas de la ficción narrativa, la razón histórica y el ensayo literario-filosófico, sin caer en el tratado abstruso ni en el fragmento deshilvanado. Para el poeta, autor de Hay un país en el mundo (1949), el hombre es entonces un lapicida, no solo un "animal parlante", sino que es capaz de adentrarse en el reino mágico de la poesía.
Mir partió de la concepción de la lengua, de la comunicación y del lenguaje de lingüistas y filósofos del lenguaje como Bertil Malmberg, Karl Bühler, Roman Jakobson, George Mounin, André Martinet, Émile Benveniste, Pierre Giraud, Todorov y Ducrot, Louis Hjelmslev, Umberto Eco, Saussure, Peirce, Karl Vossler, Ernst Cassirer, Bloomfield, Samuel R. Levin, Jean Cohen, Edward Sapir, Charles Bally, Eugenio Coseriu, Greimas, entre otros, a quienes cita y parafrasea. Es decir, apeló a los clásicos del pensamiento lingüístico y a los grandes teóricos de la lingüística, la semiología, la semiótica, el estructuralismo y la filología. Se adentró en los problemas nodales del pensamiento y el lenguaje, la psicología del lenguaje, la antropología del lenguaje, la filosofía del lenguaje, así como en la comunicación animal y humana, desde una perspectiva científica. Partiendo de zanjar los vínculos que definen la lingüística como ciencia, desde el Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure, de 1916, entre lengua, lenguaje y habla, y de sus aportes a la definición del signo lingüístico, como modelo de dos caras (significante o imagen acústica y significado o concepto), al decir de este padre de la lingüística moderna, hasta dilucidar —o desentrañar— los aspectos centrales y complejos de la teoría del lenguaje y de los signos, y de adentrarse en los problemas fundamentales de la lingüística, Pedro Mir revela una sólida vocación investigativa y una pasión sorprendente para un poeta. Asombra la inquietud en las dos vertientes, la científica y la artística, en que oscilaron sus intereses intelectuales, que, en ocasiones, en un poeta, es infrecuente, por lo que Mir habría que situarlo en la faceta de los polímatas, de aquellos humanistas, antiguos y clásicos, capaces de nadar en las aguas oceánicas de múltiples disciplinas, como Aristóteles, Descartes, Leonardo o Goethe. Es decir, de aquellos sabios, pensadores, filósofos o artistas, que se transformaron en peces en el agua, en diferentes disciplinas, ciencias o saberes humanos. La pasión por el conocimiento, el amor al saber y la satisfacción que mostraba y exhibía Pedro Mir son de una proverbial elocuencia, a juzgar por sus cátedras universitarias, charlas, conferencias y prosa ensayística.
Salta a la vista que, gracias a los aportes de Saussure, la lingüística se convirtió en una ciencia, cuyo objeto de estudio es la lengua. Y, al ser esta el instrumento de comunicación de los hablantes, y de un autor y poeta como Pedro Mir, desde luego que representó un eje esencial de preocupación intelectual y un tema que lo persiguió siempre, como hombre de profundas inquietudes por los asuntos humanos, de la naturaleza, del pensamiento y de la sociedad. Consultadas en inglés y en francés, muchas de las obras de estos lingüistas y teóricos de la comunicación se convirtieron en un desafío y en una fuente de vital importancia para Mir, que contribuyeron a iluminar aspectos espinosos de carácter científico y estructural de la lengua y el lenguaje. Estos pensadores le coadyuvaron a la comprensión de los fundamentos capitales que atañen a los retos y aportes de la lingüística y la semiótica.
En ochenta y cuatro capítulos, Pedro Mir, en El lapicida de los ojos morados, desarrolla, con un despliegue de erudición, sus teorías del lenguaje, de la comunicación y del arte, empleando, en ocasiones, ejemplos de la vida cotidiana y de la realidad social, y explorando en el núcleo de no pocos aspectos de la poesía —es decir, del arte de la poesía—, de su práctica y oficio de poeta. Sin desentenderse de otras expresiones de las artes, como el cine, y dejando, desde luego, para sus otros libros de estética y teoría del arte, aquellas manifestaciones de las artes plásticas o visuales. Aquí solo se adentra en las artes verbales y en las diversas teorías sobre la palabra como instrumento y arma del lenguaje poético. Se revela un teórico de la poesía como experiencia del lenguaje y un poeta con conciencia de las palabras y de la importancia que reviste conocer su función, su estructura y su naturaleza semántica y sintáctica.
Pedro Mir elabora aquí esquemas, cuadros y mapas semánticos para explicar e ilustrar sus ideas y sus argumentaciones, proporciona ejemplos, y escribe —acaso imbuido por su vocación pedagógica— un libro de texto, un manual, pero nutrido de contenidos y de pensamientos, que trascienden lo meramente manualístico.
Según Mir, hay tres revoluciones de la comunicación: la escritura, la imprenta y la electrónica. Con la primera, el hombre se liberó de la animalidad; con la segunda se libró de la palabra hablada, y con la tercera se emancipó del lenguaje. Mir le confiere, en efecto, a la condición del hombre que escribe, un estadio superior al del hombre parlante, que solo habla, en la escala de la comunicación humana y animal. De ahí que se refiera, además, al dibujante, al danzante, al cantante, etc., como integrantes de la misma revolución que involucra el signo, el símbolo y el arte. Aborda la comunicación lingüística y no lingüística, la significación y la comunicación de los lenguajes sonoros, verbales y visuales. Asimismo, el lenguaje como un sistema de signos doblemente articulados, tal y como fue concebido por los fundadores y teóricos de la lingüística.
Tanto el arte como la poesía provienen —o dimanan— de una experiencia del lenguaje, y ambos son representaciones simbólicas de lo real. Los símbolos comunican, significan. Dice Mir: "Ese domicilio no ha debido ser otro que la simbólica, esa mansión vecina de la lingüística y de la estética, pues, así como la lingüística es la ciencia general de los signos y la estética es la ciencia general del arte, la simbólica no puede ser otra cosa que la ciencia general de los símbolos". Como se ve, el Poeta Nacional emite juicios categóricos, en muchas ocasiones, con respecto a problemas de abstracción conceptual, que emanan de su visión y concepción del lenguaje humano. Así pues, afirma: "El lenguaje es siempre palabra, pero las palabras son siempre lenguaje". De modo que las palabras con las que escribimos y emitimos mensajes o nos comunicamos, solo se transfiguran en lenguaje, en tanto asumen o encarnan significados. Por tal razón, Mir afirma: "De ahí que las palabras solo sean lenguaje cuando se articulan como signos en función de un significado, que es la categoría suprema del lenguaje". Como se observa en Pedro Mir, hay en estas reflexiones una filosofía del lenguaje, que comprende la comunicación artística, lingüística y simbólica, en un tránsito del arte, el lenguaje y los símbolos. Para él: "El proceso puede resumirse en su conjunto en tres etapas: la articulación del lenguaje, la inarticulación del símbolo y la desarticulación del arte".
Pedro Mir sorprende por su preocupación por los problemas lingüísticos, con lo que deviene en un teórico de la comunicación o comunicólogo, en la acepción del estudioso del fenómeno comunicativo, a partir de las diferentes teorías del lenguaje o corrientes de la lingüística contemporánea. Se adentra en la raíz filosófica del signo, el significante y el significado, y así participa de un tema central y crucial de la filosofía del lenguaje. Mir es, pues, a su modo, un filósofo del lenguaje, en lo atinente a su obra de investigación estética y lingüística. No pocas de sus cavilaciones giran en torno a la comunicación verbal, la escritura y el conocimiento que resulta del uso de la lengua, de la palabra y del lenguaje como facultad únicamente humana, que permite la comprensión del mundo. "El hombre es el único animal que ha sido capaz de emancipar sus mensajes de la dependencia corporal y en tal virtud inventar la escritura", afirma Mir. De ahí que, para el poeta, el hombre no es un animal que habla, sino que escribe, es decir, es un "animal alfabético". Así, entre lo cognitivo y lo comunicativo, lo metafórico y lo metonímico, el objeto ausente y el objeto presente —que parte de la lingüística saussureana—, se presenta el núcleo central de las funciones del lenguaje, en la terminología de Jakobson.
Al abordar el tema del arte, Mir lo concibe como un proceso de la comunicación humana, en el que la señal deviene en obra de arte, pasando por un emisor y un destinatario, y donde la belleza es el fundamento del arte. Nuestro poeta y ensayista parte de los aportes de los teóricos, estetas e historiadores del arte, desde Baumgarten, Winckelmann, Lessing, Collingwood, Vico y Croce. Se remonta a los griegos, los latinos, San Agustín, Plotino o Santo Tomás, es decir, desde Platón, los neoplatónicos, Aristóteles y los postaristotélicos, pasando por Kant y los neokantianos, Hegel y los neohegelianos. O sea, los antiguos y los clásicos, los románticos y los modernos. Nos ofrece una visión histórica de las diferentes concepciones del arte, la belleza, lo bello y la estética, concepto que, en 1735, acuña A. G. Baumgarten en su breve libro Reflexiones filosóficas acerca de la poesía, al definir la estética como "intuición sensible". Como se sabe, todas las reflexiones filosóficas sobre el amor, lo bello y la belleza provienen de Platón, de sus Diálogos, El banquete, Fedro y Fedón, pero Platón no crea la palabra estética, sino que quien la funda —y acuña el concepto— es Baumgarten. Después de Platón, es Aristóteles quien escribe una Poética y una Retórica, define el arte como mímesis (o imitación de la naturaleza), desarrolla la catarsis (o purgación de las emociones), elabora una preceptiva literaria, es decir, clasifica los géneros literarios y las bellas artes. Lo sigue Horacio, en la tradición latina, con su Poética, y la función dulce et utile del arte literario. Luego surgen los postaristotélicos, y antes los neoplatónicos, y después aparecen la Poética de Boileau y las teorías estéticas de Kant, Hegel, Schopenhauer, Benedetto Croce, Ernst Cassirer, Adorno, Max Bense, E. Carrit, Étienne Souriau, Raymond Bayer, Denis Huisman o Bernard Berenson, que tuvieron o alcanzaron auge y predominio durante buen tiempo, algunas de cuyas teorías se transformaron en doctrinas estéticas. Estos han sido los estetas que han dominado el pensamiento estético —desde el siglo XVIII hasta el siglo XX— con sus contribuciones para dilucidar los problemas fundamentales del arte, su naturaleza, esencia, categorías y métodos. Y como tales, Pedro Mir los tenía como referentes y fuentes bibliográficas para el estudio y comprensión de la estética como disciplina filosófica. En efecto, Mir establece una relación entre estética y filosofía, se adentra en sus conceptos y categorías fundamentales, así como en su historia y transformación, sus períodos y sus etapas.
1 Véase Pedro Mir, El lapicida de los ojos morados, p.17.
2 Ibid., p.45.
3 Ibid., p.161.
4 Ibid., p.174.
5 Ibid., p.175.
6 Ibid., p.187.
7 Ibid., p.187.
Bibliografía
Fornerín, Miguel Ángel (2014). La escritura de Pedro Mir. Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, San Juan, Puerto Rico.
Mir, Pedro (1991). La estética del soldadito. Editora Universitaria, UASD, Santo Domingo.
Mir, Pedro (1993). El lapicida de ojos morados. Editora Taller, Santo Domingo.
Mir, Pedro (1974). Apertura a la estética. Editora Universitaria, UASD, Santo Domingo.
Mir, Pedro (1979). Fundamentos de teoría y de crítica de arte. Editora Universitaria, UASD, Santo Domingo.
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