El 14 de octubre de 1922, Pedro Henríquez Ureña pronunció en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, una disertación que trascendería su tiempo para convertirse en uno de los referentes del humanismo hispanoamericano. La utopía de América planteaba una aspiración que todavía nos interpela: construir sociedades en las que la cultura, la educación, la justicia social y la libertad constituyan fundamentos de la convivencia humana. Al cumplirse 104 años de aquella intervención, los acontecimientos internacionales demuestran que el progreso científico y tecnológico no ha conseguido desterrar la barbarie ni garantizar la formación moral de la humanidad.
El maestro dominicano formuló sus ideas en un mundo marcado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las transformaciones sociales derivadas de la Revolución mexicana y la Revolución rusa, y las disputas entre las grandes potencias por el control de territorios, mercados y recursos. América Latina, por su parte, continuaba afectada por profundas desigualdades sociales, economías dependientes de la exportación de materias primas y estructuras políticas que limitaban la participación de amplios sectores de la población. En el Caribe, la ocupación militar estadounidense de la República Dominicana, iniciada en 1916, y la de Haití, comenzada en 1915, evidenciaban la fragilidad de la soberanía de nuestros pueblos.
En aquel contexto, Henríquez Ureña defendió la capacidad de América para construir una expresión cultural propia, sin renunciar al diálogo con las demás civilizaciones. Su utopía no era una fantasía desligada de la historia, sino un ideal orientador de la acción colectiva. De ahí su exhortación a ampliar el campo espiritual, universalizar la alfabetización, proporcionar a las personas mejores condiciones para trabajar en beneficio de todos y avanzar hacia la justicia social y la libertad verdadera. La cultura, en su pensamiento, no debía ser un privilegio de las élites, sino una posibilidad de realización humana al alcance de la sociedad.
Esta concepción se inscribe en una tradición intelectual hispanoamericana de la que formaron parte Eugenio María de Hostos, José Martí, Andrés Bello y José Enrique Rodó. Hostos comprendió la educación como fundamento de la libertad y de la formación ciudadana; Martí reclamó en Nuestra América (1891) que nuestros pueblos conocieran sus propias realidades y construyeran instituciones acordes con ellas; Bello defendió la emancipación intelectual del continente, mientras Rodó, en Ariel (1900), reivindicó la formación integral del ser humano frente al predominio de una concepción exclusivamente utilitaria de la existencia.
Aunque estos pensadores mantuvieron diferencias, compartieron la preocupación por vincular el conocimiento con la emancipación y el desarrollo moral de nuestras sociedades. Henríquez Ureña recogió esa herencia y la proyectó hacia una aspiración continental en la que la originalidad cultural, la justicia y la libertad fueran dimensiones inseparables del progreso.
Su pensamiento demuestra que una nación caribeña puede contribuir a las grandes discusiones de la humanidad y que la identidad nacional no es incompatible con una vocación universal.
¿Qué nos dice hoy aquella utopía? Basta observar las guerras y tensiones geopolíticas que conmueven al mundo. La guerra entre Rusia y Ucrania, con sus ataques, víctimas civiles y destrucción de infraestructuras, evidencia que la capacidad tecnológica para producir armamentos cada vez más sofisticados no ha ido acompañada de una capacidad equivalente para resolver los conflictos mediante la diplomacia y el respeto a la vida humana. Los avances científicos que podrían mejorar la existencia de millones de personas también se emplean para perfeccionar los instrumentos de destrucción.
En Oriente Medio, las disputas militares y geopolíticas que amenazan la navegación por el estrecho de Ormuz y otras rutas marítimas estratégicas revelan, asimismo, hasta qué punto el control de los corredores comerciales y energéticos puede convertirse en un factor de confrontación internacional. Los ataques contra embarcaciones y las amenazas a la libre circulación repercuten en los precios de la energía, los costos del transporte y la estabilidad de las economías. Detrás de estas tensiones se encuentra una realidad que Henríquez Ureña habría reconocido como parte de los problemas esenciales de la convivencia entre los pueblos: los intereses económicos y estratégicos pueden imponerse sobre la cooperación, la seguridad humana y la búsqueda de soluciones pacíficas.
A estas contradicciones se suma la llamada guerra de los aranceles impulsada por Donald Trump. La utilización de los gravámenes comerciales como instrumentos de presión y negociación entre Estados Unidos y sus socios económicos muestra que la interdependencia mundial no elimina las rivalidades por el poder económico. Aunque los aranceles son instrumentos legítimos de política comercial y sus efectos dependen de su diseño y aplicación, cuando las medidas de represalia se generalizan pueden encarecer productos, alterar las cadenas de suministro y trasladar parte de sus costos a consumidores y empresas. El comercio, que también podría servir para fortalecer la cooperación entre las naciones, se convierte entonces en otro escenario de confrontación.
Estos acontecimientos no son idénticos a los conflictos de 1922, pero permiten reconocer una continuidad fundamental. La humanidad ha ampliado extraordinariamente sus capacidades científicas, tecnológicas y productivas; sin embargo, todavía enfrenta dificultades para someter el ejercicio del poder a principios éticos compartidos. Disponemos de medios de comunicación capaces de conectar continentes en segundos, sistemas de inteligencia artificial que procesan cantidades inmensas de información y recursos científicos para afrontar problemas que antes parecían insolubles. Pese a ello, seguimos presenciando guerras, desplazamientos forzados, amenazas económicas y decisiones que comprometen el bienestar de poblaciones enteras.
La barbarie persiste, aunque sus instrumentos hayan cambiado. No se manifiesta únicamente en el campo de batalla, sino también cuando el poder se ejerce sin consideración suficiente por la dignidad humana, cuando las necesidades de las mayorías quedan subordinadas a intereses particulares o cuando la competencia desplaza las posibilidades de cooperación. El progreso material, por consiguiente, no puede confundirse con el perfeccionamiento moral. Una sociedad puede disponer de tecnologías avanzadas y, al mismo tiempo, padecer graves carencias en su capacidad de diálogo, solidaridad y resolución pacífica de las diferencias.
También es necesario reconocer que, desde 1922, la alfabetización se ha extendido considerablemente y el analfabetismo ha disminuido en buena parte del mundo. Millones de personas han accedido a la educación formal, y el conocimiento circula hoy mediante recursos que eran inimaginables en tiempos de Henríquez Ureña. Sin embargo, saber leer y escribir no equivale necesariamente a comprender críticamente la realidad, reconocer la dignidad de los demás o actuar con responsabilidad frente a los problemas colectivos.
La alfabetización constituye una condición fundamental de la emancipación, pero no agota el propósito de la educación. La formación humanística sigue siendo una tarea pendiente. Educar humanísticamente significa desarrollar la capacidad de pensar con rigor, dialogar con quienes sostienen ideas diferentes, interpretar la historia, valorar la diversidad cultural y comprender las consecuencias éticas de nuestras decisiones. Significa, además, aprender a distinguir entre información y conocimiento, entre eficacia técnica y responsabilidad moral, entre el éxito individual y el bienestar común.
Esta necesidad adquiere especial importancia en una época en la que la inteligencia artificial generativa transforma la enseñanza, la investigación y la producción cultural. La cuestión no consiste en rechazar la tecnología, sino en formar personas capaces de utilizarla críticamente, comprender sus limitaciones y orientar sus posibilidades hacia fines socialmente responsables. La innovación requiere conocimientos especializados, pero también juicio ético, conciencia histórica y sensibilidad ante las consecuencias humanas de su aplicación.
En este escenario, la universidad pública tiene una responsabilidad decisiva. No basta con formar profesionales para responder a las demandas del mercado laboral. Es indispensable contribuir a la formación de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, capaces de participar en la vida democrática y comprometidos con la solución de los problemas nacionales. La docencia, la investigación y la extensión universitaria adquieren pleno sentido cuando ponen el conocimiento al servicio de la sociedad y favorecen una relación fecunda entre la academia y las comunidades.
Para la República Dominicana, releer a Pedro Henríquez Ureña constituye también una oportunidad de reconocer la dimensión universal de uno de nuestros más importantes intelectuales. Su pensamiento demuestra que una nación caribeña puede contribuir a las grandes discusiones de la humanidad y que la identidad nacional no es incompatible con una vocación universal. Por el contrario, el conocimiento de nuestra historia y de nuestra cultura puede ofrecernos mejores condiciones para participar en el diálogo con otros pueblos.
A 104 años de La utopía de América, el desafío consiste en comprender que la ciencia necesita conciencia, la tecnología requiere responsabilidad y el desarrollo económico debe traducirse en dignidad humana. La alfabetización abre las puertas del conocimiento, pero la formación humanística nos ayuda a decidir qué hacer con él. La paz no depende solamente de los acuerdos diplomáticos, sino también de la capacidad de reconocer al otro como sujeto de derechos y de construir instituciones que favorezcan la justicia.
Henríquez Ureña no nos legó una fórmula para resolver automáticamente las contradicciones de la historia. Nos dejó una exigencia intelectual y moral: trabajar por una sociedad mejor, sin resignarnos a las limitaciones del presente ni confundir el poder con la razón. En un mundo que continúa produciendo armas más sofisticadas, disputando rutas comerciales y utilizando la economía como instrumento de presión, su ideal conserva una fuerza particular.
Si después de más de un siglo de avances científicos seguimos sin conseguir que la razón, la justicia y la dignidad humana prevalezcan sobre la violencia y los intereses excluyentes, ¿no será precisamente porque nuestra mayor tarea pendiente consiste en aprender a ser más humanos?
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