Estas líneas que tiene el lector constituyen una provocación reflexiva respecto a las implicaciones de la libertad desde la perspectiva de la bioética en el campo específico de la neuroética. El objetivo es conceptualizar en sentido general la neuroética y dar a conocer los umbrales problemáticos de la elección moral y las limitantes, lo mismo que las posibilidades de la libertad y voluntad en el contexto de las cegueras biológicas del cerebro humano y cuestiones emergentes en materia de cerebro e IA. La metodología se inscribe en lo cualitativo, documental y en los lentes de la reflexión filosófica.
La ética se ha transformado con el pasar de los siglos. En la antigüedad, la preocupación central estribaba en la virtud. Esa se conoce como la ética de la virtud: lo bueno en sí mismo, la excelencia, el conocer para llegar al bien (intelectualismo moral); piénsese en Sócrates, Platón, Aristóteles, los sofistas. La Edad Media florecía en la moral cristiana (patrística, los doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, San Agustín de Hipona), la vida en santidad para llegar a Dios.
En la Ilustración nacen los principios éticos universales o la base de la deontología y códigos éticos con las reflexiones de Kant, y la modernidad trae una serie de visiones como: ética consecuencialista, como el utilitarismo, del cuidado, feminista, ética del discurso (Habermas), y como refiere Cortina (1996), el siglo XX trajo las éticas aplicadas: bioética, ética de las organizaciones, éticas sanitarias, ética de las profesiones, ética ecológica, ética de la ciencia, y es ahí que irrumpe la neuroética como disciplina de la bioética aplicada a la reflexión ética de las prácticas que involucran la intervención del cerebro y la reflexión de cómo este condiciona la elección moral, la voluntad y el yo.
En la perspectiva de Cortina (2011), la neuroética se divide según su objeto de estudio en dos: ética de la neurociencia, los códigos y protocolos de la intervención clínica del cerebro, así como las investigaciones sobre el mismo, y la ética de la neurociencia, que se preocupa por el estudio de la implicación de los procesos neurobiológicos en la acción moral.
Una visión más holística de la neuroética es la que ofrece Gazzaniga (2006) al establecer que: «La neuroética debe definirse como el análisis de cómo queremos abordar los aspectos sociales de la enfermedad, la normalidad, la mortalidad, el modo de vida y la filosofía de la vida, desde nuestra comprensión de los mecanismos cerebrales subyacentes» (p. 6).
Sin embargo, la conceptualización de neuroética más compartida es la de la Universidad de Pensilvania al considerar la neuroética como esa relación de las neurociencias con las ciencias sociales (Echarte, 2012). Esta visión inscribe la disciplina en una mirada epistemológica y teórica. Apela a la fundamentación de las bases del conocer, sus límites y posibilidades para la orientación de la acción moral. Toda axiología implica una epistemología.
La cuestión es si desde el punto de vista de la neuroética y las neurociencias es posible la autonomía del sujeto, el libre albedrío, la voluntad, la libertad. Searle (1985) muestra en su texto Mentes, cerebros y ciencia que existen dos tensiones significativas, a saber: el determinismo físico y la convicción de libertad. El primero plantea que toda acción se determina en el cerebro; no hay espacio para la libertad. El cerebro lo determina todo. El segundo concibe que el ser humano experimenta la libertad, tiene acción intencional y voluntad de hacer determinadas tareas sin que responda a fijaciones previas en el cerebro.
Filósofos contemporáneos que se inscriben en el determinismo físico: Harari (2016), quien habla de que el hombre se conduce por una red de impulsos bioquímicos y hormonales (algoritmos biológicos) para la acción y la preservación de la especie. Su acción moral está determinada por instintos primitivos que son factores físicos. En el plano ontológico, reflexiona Sartre (1993): «Estamos condenados a la libertad, como antes hemos dicho; arrojados en la libertad, o, como dice Heidegger, «dejados ahí» (p. 510).
La libertad es una conquista, es un emanciparse por medio del ejercicio de la razón (Kant, 2000). Cegueras biológicas o sesgos evolutivos llevan a los sujetos a inclinarse por determinada acción; no obstante, el sujeto no se reduce a lo neuronal. El sentido de lo trascendente, la voluntad, el yo, la consciencia, el contexto social, creencias y experiencias subjetivas también condicionan el punto de partida axiológico de los agentes morales.
La postura que se adopta ante esta discusión es la de la complejidad. Los puntos contrarios parecen el complemento del darse efectivo de un fenómeno determinado. Se asume la postura de Morin (1999), que desde la teoría de complejidad habla de errores mentales e ideológicos. Las traducciones y reconstrucciones de la realidad que hace el cerebro son en un 98% y un 2% el que lo conecta con el mundo. Deseos, miedos, emociones crean errores mentales en la interpretación de la realidad. Respecto a los errores ideológicos, concluye Morin (1999) que las creencias no resisten puntos encontrados.
En una visión compleja de la realidad y la elección moral, los valores de los sujetos no se reducen a mecanismos cerebrales o a la libertad en sí misma, es decir, a la construcción que se puede llegar a hacer. Es un fenómeno complejo. A modo de ilustración: piénsese en la vida religiosa. Las mujeres renuncian al instinto maternal; lo mismo el hombre decide no perpetuarse en descendientes. Y, al contrario, las personas con valores cristianos que deciden servir a la iglesia desde la familia.
Uno de los desafíos de la neuroética es el no caer en reduccionismo mecanicista, sin que ello implique dejar reflexionar a profundidad sobre el hombre, sus límites y posibilidades. El cerebro puede limitar: condiciones cerebrales, un golpe; puede cambiar patrones de conducta y enfocar las decisiones morales, para bien o para mal, y viceversa, la experiencia de la libertad, la voluntad. El hecho es que cada acción y decisión está condicionada, como enseña Spinoza.
Las implicaciones y condicionamientos cerebrales, de ideas y creencias, no eluden la responsabilidad. En cada caso somos responsables, salvo de alguna condición que evidencie estado de locura. Estos puntos son como un guiño para la reflexión y la orientación, lo mismo que la comprensión de la complejidad de lo humano.
Con la llegada de inteligencia artificial (IA) y el neuromarketing, hay que preguntarse de nuevo por la libertad y hasta qué punto también somos manipulados por medio de los instintos primitivos. Donde compañías invierten cuantiosas sumas de dinero para pagar grupos transdisciplinares para la creación de instrumentos tecnológicos sofisticados para aumentar el crecimiento económico en la venta de productos y sacar ventajas electorales. Estas son las reflexiones actuales de la neuroética para situar cómo garantizar el derecho de los sujetos, su autonomía y libertad, pero también cómo avanzar en la comprensión de lo humano.
Las investigaciones cerebrales de mayor relevancia hoy día han descansado en empresas tecnológicas como Neuralink, DARPA, Synchron, que buscan interfaces cerebro-computadora.Los transhumanistas y los tecnocentristas aspiran a la singularidad. El ser humano es reducible a sus dimensiones; es una totalidad biopsicosocial.
En estas líneas finales, decir que, respecto a la libertad, desde el enfoque de la neuroética, hay determinaciones físicas, cerebrales y de ideas que conducen a una convicción ética o una decisión moral. Los retos y desafíos de esa disciplina emergente se agudizan con la llegada de la inteligencia artificial y la tecnología del siglo XXI. Los estados de derecho y de sistema democráticos tienen el reto de vigilar y velar por el derecho de la autodeterminación de sus ciudadanos, crear políticas para garantizar privacidad, la justicia social, regular las prácticas de los imperios tecnológicos que atenten contra el bien común y persigan dictaduras tecnocráticas de control mental.
Referencias
Cortina, A. (1996). El estatuto de la ética aplicada. Hermenéutica crítica de las actividades humanas. Isegoría, (13), 119-134
Cortina, A. (2011). Neuroética y neuropolítica: Sugerencias para la educación moral. Madrid, España: Tecnos.
Echarte, L. E. (2012). Neuroética. Hacia una nueva Filosofía de la Neurociencia. En J. J. García (Ed.), Enciclopedia de Bioética. Universidad Católica de Cuyo. Recuperado de http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/192-neuroetica-hacia-una-nueva-filosofia-de-la-neurociencia
Gazzaniga, M. S. (2006). El cerebro ético (M. Pino Moreno, Trad.). Barcelona, España: Paidós. (Obra original publicada en 2005).
Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: Breve historia del mañana. Editorial Debate.
Kant, I. (2000). ¿Qué es la Ilustración? En Filosofía de la Historia (pp. 25-37). Madrid, España: Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1784).
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (M. Vallejo-Gómez, Trad.). París, Francia: Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)
Sartre, J.-P. (1993). El ser y la nada. Barcelona, España: Altaya.
Searle, J. R. (1985). Mentes, cerebros y ciencia (L. Valdés, Trad.). Madrid, España: Editorial Cátedra
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