El mármol que vemos no fue elegido en las canteras de Carrara, las superficies no conservan la huella del cincel y los muros no recibieron el pigmento aplicado directamente sobre el yeso húmedo hace más de quinientos años. Estamos ante reproducciones a escala real, proyecciones, reconstrucciones ambientales, recursos interactivos y escenas concebidas para acercar al visitante a uno de los mayores creadores de la historia occidental.

Ninguna de las obras que el visitante contempla en Miguel Ángel Vivo fue tocada por Miguel Ángel. Sin embargo, pocas veces una ausencia resulta tan elocuente.

Traer a Miguel Ángel a Santiago era, en apariencia, una empresa imposible. La solución no consistió en trasladar las obras, sino en trasladar la experiencia de contemplarlas, tarea en la cual se embarcó Melany Rodríguez González, directora general del Centro de Convenciones y Cultura Dominicana UTESA, quien hizo realidad la visita del genio italiano al primer Santiago de América, luego de haber paseado por Asia y las Américas.

Producida por Eme Productions y respaldada por la Embajada de Italia, la exposición ocupó más de 1,200 metros cuadrados e incluyó representaciones de David, Moisés, La Piedad, la Capilla Sixtina y otros episodios vinculados con la vida y el taller del artista.

Aunque la vida y la obra de Miguel Ángel resultan inagotables, el verdadero tema de la exposición no es únicamente el artista. Es también la manera en que el siglo XXI intenta aproximarse a una obra irrepetible, dispersa entre Florencia y Roma, inmóvil por su monumentalidad y protegida por la fragilidad que le han impuesto los siglos. Cuando el original no puede viajar, la tecnología construye un puente. Conviene, sin embargo, no confundir la vía de aproximación con el destino mismo.

Miguel Ángel Buonarroti nació en 1475 y murió en 1564. Su extensa vida atravesó uno de los momentos más decisivos de la cultura europea. Fue escultor, pintor, arquitecto, dibujante y poeta. Sus contemporáneos lo llamaron Il Divino, no solo por su extraordinario dominio técnico, sino porque su capacidad para concebir formas parecía situarlo más allá de las posibilidades humanas.

En su obra, el disegno —entendido simultáneamente como dibujo, pensamiento e invención— se convirtió en fundamento común de todas las artes.

El Renacimiento había recuperado la armonía, la proporción y el ideal del mundo clásico. Miguel Ángel introdujo dentro de ese equilibrio una fuerza difícil de contener. Sus cuerpos no descansan: esperan, resisten, se retuercen o están a punto de levantarse. Moisés parece contener una fuerza que todavía no ha decidido si levantarse o permanecer inmóvil. Sus músculos anuncian movimiento, pero la mirada pertenece a alguien que acaba de contemplar a Dios.

Miguel Ángel no representó el cuerpo únicamente como un canto a la belleza y la precisión, sino como escenario de la voluntad y acaso como refugio visible del alma. Los músculos expresan pensamiento; las posturas hacen visible el conflicto moral; la anatomía se convierte en arquitectura espiritual. Sus figuras pesan, pero al mismo tiempo luchan contra el peso. Pertenecen a la tierra y aspiran a desprenderse de ella.

La réplica de David aparece en la exposición iluminada teatralmente y enmarcada por cortinas rojas. El montaje acentúa su condición de icono. El joven bíblico se transforma casi en un actor que acaba de entrar al escenario de la historia.

Pero David no representa la celebración posterior a la victoria. Miguel Ángel eligió el instante anterior. La piedra todavía no ha sido lanzada; Goliat permanece fuera de la imagen. La mirada se concentra, la mano sostiene el arma y el cuerpo parece tranquilo únicamente porque toda su tensión ha sido contenida bajo la piel.

La reproducción permite reconocer el contrapposto, el desplazamiento del peso, la desproporción deliberada de las manos y la intensidad de la cabeza. Sin embargo, la iluminación espectacular también altera nuestra relación con la pieza. La convierte en aparición escénica y debilita algo esencial en la escultura original: la convivencia entre la materia mineral y la ilusión de una carne que comienza a respirar.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

Más conmovedor resulta el encuentro con La Piedad, quizá la obra de Miguel Ángel más cercana al imaginario santiaguero por la réplica conservada en la Catedral Santiago Apóstol. La composición conserva su arquitectura triangular: la amplitud del manto de María sostiene el cuerpo horizontal de Cristo y organiza visualmente un dolor que, de otro modo, sería insoportable.

Miguel Ángel tenía apenas veintitrés años cuando esculpió la obra en un único bloque de mármol. Fue además la única escultura que firmó. Su nombre todavía atraviesa la banda colocada sobre el pecho de la Virgen, como si el joven artista hubiera necesitado defender su autoría ante una perfección que algunos espectadores se resistían a atribuirle.

En la réplica presentada en la ciudad corazón, el dramatismo de las luces y el fondo oscuro refuerzan el carácter funerario de la escena. Pero también endurecen ciertas superficies. Allí donde el original parece transformar el mármol en piel, tela y cabello, la reproducción revela inevitablemente su condición material. La forma se conserva; la respiración de la piedra, no completamente. Es precisamente en esa diferencia donde una muestra de esta naturaleza encuentra su sentido: permite comprender el original sin fingir que puede sustituirlo y, al mismo tiempo, despierta el deseo de contemplarlo.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

Una réplica puede reproducir dimensiones, volúmenes y relaciones espaciales, pero no contiene el tiempo acumulado por la obra ni la presencia física de la mano que la creó. No posee el bloque escogido por el artista, las marcas del trabajo, las restauraciones, los desplazamientos ni la carga de las miradas antiguas que la han contemplado.

Su valor se encuentra en otra parte: permite estudiar, comparar, desplazarse alrededor de la figura y comprender la escala que las fotografías reducen.

La Capilla Sixtina plantea un desafío todavía mayor. El visitante encuentra fragmentos ampliados, paneles luminosos, proyecciones envolventes y una sucesión de personajes que descienden desde el techo hasta colocarse prácticamente a la altura de sus ojos.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

La proximidad ofrece detalles que en el Vaticano apenas pueden distinguirse desde el suelo. Rostros, manos, gestos y torsiones aparecen liberados de la distancia. Pero al separar las figuras de la arquitectura pictórica que las organiza, se corre el riesgo de convertir una de las composiciones más complejas de la historia en una colección de imágenes monumentales.

Miguel Ángel recibió en 1508 el encargo de decorar la bóveda. El proyecto inicial contemplaba solamente doce apóstoles y elementos ornamentales, pero el propio artista consiguió ampliar el programa hasta construir el gigantesco relato del Génesis que concluyó cuatro años más tarde.

La antigua biografía escrita por Giorgio Vasari sostiene que Donato Bramante, cercano a Rafael y adversario de Miguel Ángel, habría influido al Papa para encargarlo de las pinturas y apartarlo de la escultura con el objetivo de exponerlo a lo que entendía un seguro fracaso en una técnica —el fresco— que no dominaba. Miguel Ángel intentó rechazar la encomienda y llegó a proponer a Rafael para sustituirlo. La historia posee parte de construcción legendaria, pero expresa una verdad fundamental: él se consideraba, antes que cualquier otra cosa, escultor.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

La luz y la proximidad de estas reproducciones permiten confirmar una de las claves de su obra: Miguel Ángel pintaba como escultor. Sus figuras no parecen aplicadas sobre la superficie; parecen arrancadas de ella.

En la bóveda, las figuras no están colocadas sobre la arquitectura: la sostienen. Los profetas y las sibilas poseen un peso corporal desmesurado; los jóvenes desnudos se retuercen sobre estructuras fingidas; Dios no flota delicadamente, sino que atraviesa el espacio con la violencia de una tormenta.

Miguel Ángel pintó cuerpos porque entendió que la creación, la caída, el castigo y la salvación necesitaban adquirir carne.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

Décadas después regresaría a la Capilla Sixtina para ejecutar el Juicio Final. Más de trescientas figuras ascienden, caen, resucitan, combaten y esperan una sentencia. No existe paisaje donde refugiarse ni arquitectura capaz de contenerlas: solamente cuerpos enfrentados al final del tiempo.

Allí aparece san Bartolomé sosteniendo el cuchillo de su martirio y su propia piel desollada. El rostro deformado que cuelga de esa piel suele identificarse como un autorretrato de Miguel Ángel. No se representó entre los elegidos ni entre los condenados, sino como materia vaciada, suspendida precariamente entre la salvación y el abismo.

No parece el gesto orgulloso de quien se sabía llamado Il Divino. Parece la confesión de un hombre envejecido que comenzaba a sospechar que ni el arte ni la belleza podían responder por el destino de su alma.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

La tradición cuenta además que Biagio da Cesena, maestro de ceremonias pontificio, consideró indecorosos los desnudos del Juicio Final. Miguel Ángel habría respondido incorporando sus rasgos al rostro de Minos, juez del infierno, representado con orejas de asno y rodeado por una serpiente. La anécdota pudo ser embellecida con el tiempo, pero la crítica de Biagio y la controversia provocada por las figuras desnudas están documentadas. Poco después de la muerte del artista, algunas anatomías fueron cubiertas por Daniele da Volterra, desde entonces conocido como Il Braghettone, el pintor de los calzones.

La exposición incorpora también espacios de nubes suspendidas, corredores celestes, recursos lúdicos y pantallas donde el rostro de David es reinterpretado mediante lenguajes próximos al arte pop, la ilustración digital y la cultura visual contemporánea.

Son áreas eficaces para despertar la curiosidad y producir una experiencia familiar. Las nubes iluminadas modifican la percepción del espacio y permiten al visitante entrar corporalmente en una escenografía de lo celestial. Sin embargo, son también los lugares donde la propuesta se aleja más de Miguel Ángel y se aproxima al entretenimiento temático. Esa deriva no invalida su función: el área fue concebida también para la mediación, las charlas y los encuentros diferenciados según las edades de los visitantes.

Miguel Ángel Vivo: la experiencia inmersiva del cuerpo y el asombro

Los propios promotores internacionales de la experiencia destacan que sus ambientes han sido concebidos para producir imágenes destinadas a TikTok e Instagram. Esa decisión reconoce legítimamente las nuevas formas de circulación cultural, pero introduce una tensión inevitable: la diferencia entre mirar una obra y utilizarla como fondo para ser mirados.

La exposición alcanza sus mejores momentos cuando la tecnología no sustituye la contemplación, sino que la prepara.

La reconstrucción del taller resulta especialmente significativa. Entre mesas, herramientas, fragmentos, ayudantes y esculturas en proceso, el genio deja de presentarse como un milagro instantáneo. Regresan el polvo, el esfuerzo, el cálculo, la materia y el trabajo colectivo. Comprendemos entonces que la grandeza de Miguel Ángel no consistió únicamente en imaginar formas imposibles, sino en sostener durante años la disciplina necesaria para transformarlas en realidad.

Ese componente pedagógico constituye uno de los principales méritos de Miguel Ángel Vivo. En una ciudad donde el acceso directo a las grandes colecciones universales continúa siendo excepcional, la muestra fue una puerta de entrada para estudiantes, familias y visitantes que quizá nunca han recorrido la Galleria dell’Accademia, la Basílica de San Pedro o los Museos Vaticanos.

No sustituye esos lugares. Tampoco debería pretenderlo.

Su función es provocar preguntas, enseñar a reconocer las obras, devolverles escala y despertar el deseo de conocerlas más profundamente. La réplica resulta valiosa cuando se reconoce como réplica; la tecnología, cuando permanece al servicio de la mirada; el espectáculo, cuando conduce hacia el conocimiento en lugar de clausurarlo.

Santiago no ha recibido las obras de Miguel Ángel. Ha recibido una interpretación contemporánea de su memoria.

Aun así, al caminar entre sus cuerpos monumentales, algo de aquella potencia permanece. No porque una pantalla pueda devolver la vida al mármol ni porque una proyección reemplace el fresco, sino porque quinientos años después seguimos reconociéndonos en esas figuras que luchan por levantarse, contenerse, crear, creer o salvarse.

Miguel Ángel, el artista que parecía buscar dentro del mármol una forma cautiva, está vivo. Y así permanecerá mientras sus cuerpos nos inviten a pensarnos humanos.

Luis Córdova

Escritor y cronista cultural

Luis Córdova. Escritor y cronista cultural. Adivinador del pasado y cartografista de futuros. Poseo la fórmula de engordar sin casi comer. Gozo de paz sin hacer yoga. Vivo en el lugar donde nací. Confío en el prójimo y voto en las elecciones. Insisto en ser gestor cultural. Escribo desde el interior de la isla sobre artes visuales, literatura, patrimonio, identidad cultural y otras intromisiones.

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