Entré al Ballet de Danzas e Investigaciones Folclóricas de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) en 1987. Tres años después, en 1990, tuve el privilegio de representar a la República Dominicana en el Festival Folclórico del Caribe, celebrado en Puerto Rico bajo los auspicios de las autoridades culturales de ese país. Para entonces ya colaboraba como monitor en la formación de nuevos integrantes y en la asignatura que muchos estudiantes escogían como una de sus actividades artísticas. A esa edad uno cree que aprende a bailar, a dominar un instrumento o a seguir una coreografía; con el tiempo descubre que estaba aprendiendo algo mucho más importante: una manera de conocer el país.
No era casual que la palabra investigaciones formara parte del nombre de la agrupación. Antes de cada presentación había hombres y mujeres recorriendo campos, lomas y bateyes, escuchando a quienes todavía conservaban una tradición transmitida de generación en generación; registrando músicas, comparando variantes, preguntando por el origen de una fiesta, de un toque de tambor, de una danza o de una décima. El escenario era apenas la última estación de un largo recorrido que comenzaba allí donde la cultura seguía siendo una experiencia cotidiana y no un espectáculo.
Fue precisamente durante aquel festival, compartiendo con delegaciones de otros pueblos del Caribe, cuando comprendí una dimensión distinta de nuestro trabajo. No representábamos únicamente a una universidad ni a un grupo de danza; representábamos una forma de entender la identidad dominicana. Cada baile, cada ritmo y cada vestuario hablaban de nosotros mucho antes de que pronunciáramos una palabra. Aquello imponía una responsabilidad que todavía hoy me acompaña: antes de interpretar una tradición había que comprenderla; antes de exhibirla, respetarla.
Con los años he llegado a la conclusión de que esa es la diferencia entre el folclore y la caricatura del folclore que muchas veces se observa en el faldeo con que se pretende marear a los turistas. El primero exige curiosidad, estudio y humildad; la segunda se conforma con la superficie. Fradique Lizardo dedicó su vida a documentar aquello que muchos consideraban irrelevante; Dagoberto Tejeda prolongó ese esfuerzo desde la antropología y la investigación; Rita Borges nos enseñó que una clase de danza podía convertirse, sin esfuerzo aparente, en una lección de historia; lo hacía incluso al presentar las piezas en las más humildes de las fiestas patronales. Luis “Terror” Días encontró en esas raíces una fuente inagotable para crear una música que seguía siendo profundamente dominicana sin renunciar a dialogar con el mundo. Más tarde, gestores como Roldán Mármol demostrarían que el carnaval tampoco podía reducirse a un desfile de disfraces o a una atracción turística. Detrás de cada personaje, de cada máscara y de cada comparsa sobreviven siglos de memoria, de crítica social, de religiosidad popular y de imaginación colectiva. Todos ellos, desde caminos distintos, comprendieron una misma verdad: el folclore nunca ha consistido en conservar piezas de museo, sino en entender a la sociedad que las hizo posibles.
Hace algún tiempo escribí en estas mismas páginas sobre el reconocimiento que la revista Rolling Stone otorgó a Enerolisa Núñez. Recuerdo haber sentido una mezcla de satisfacción y desconcierto. Satisfacción porque una de las grandes portadoras de nuestra tradición recibía el reconocimiento que merecía; desconcierto porque, una vez más, parecía necesario que alguien desde fuera nos recordara el valor de aquello que siempre había estado entre nosotros. No era un hecho aislado. La UNESCO ha reconocido expresiones dominicanas tan diversas como los Congos del Espíritu Santo de Villa Mella, los Guloyas de San Pedro de Macorís, el merengue, la bachata y la tradición del casabe. Mientras tanto, aquí seguimos discutiendo si el folclore merece espacio en las escuelas, en los medios de comunicación o en las políticas culturales.
Hace apenas unos meses el país asistió a una polémica cuando el propio ministro de Cultura realizó declaraciones erróneas sobre el gagá. No me preocupa que un funcionario desconozca una determinada manifestación cultural; todos, de una forma u otra, ignoramos algo. Lo verdaderamente preocupante fue el mensaje que parecía desprenderse de aquellas palabras, el eco de quienes pretenden reducir la identidad dominicana a un relato uniforme, como si determinadas expresiones culturales necesitaran justificar su pertenencia al país o someterse a un examen de pureza antes de ser aceptadas como parte de nuestro patrimonio.
Ese planteamiento desconoce un hecho elemental. La cultura dominicana nunca ha sido el resultado de una tradición única. Somos la consecuencia de encuentros, de migraciones, de intercambios, de conflictos, de resistencias y de mezclas que terminaron produciendo una identidad singular. El gagá, los palos, las salves, los congos, los guloyas, el carabiné, el merengue, la bachata, el carnaval y las fiestas patronales no compiten entre sí para demostrar cuál expresión representa mejor al país; todas cuentan capítulos distintos de una misma historia. Pretender excluir alguna porque incomoda un determinado discurso nacionalista equivale a mutilar nuestra propia memoria.
Fradique Lizardo entendió mejor que nadie esa verdad porque nunca buscó aquello que confirmara una idea preconcebida de la nación; sino que salió a escuchar. Esa diferencia resulta decisiva. El investigador no interroga la realidad para obligarla a darle la razón, sino para descubrir aquello que todavía ignora. Tal vez por eso su legado continúa creciendo mientras tantas discusiones coyunturales desaparecen con el paso del tiempo.
Pocas personas saben, además, que el movimiento folclórico dominicano ha sido una de las grandes escuelas de formación artística del país. Por sus agrupaciones pasaron músicos, investigadores y gestores culturales que luego desarrollarían trayectorias propias, entre ellos Isidro Bobadilla, David Armengod y Edis Sánchez. Comenzaron bailando, fueron seducidos por el tambor y terminaron comprendiendo que el folclore no era una disciplina menor, sino una forma privilegiada de aproximarse a la cultura nacional. Esa herencia rara vez ocupa titulares, aunque explique buena parte de la vitalidad que todavía conserva nuestra música y de la sensibilidad de quienes han dedicado su vida a estudiarla, interpretarla y enriquecerla.
Con frecuencia escucho decir que el folclore debe preservarse porque representa nuestras raíces. Nunca me ha convencido del todo esa afirmación. Las raíces permanecen enterradas; el folclore, en cambio, está vivo. Se transforma, dialoga con otras expresiones, incorpora nuevas generaciones y continúa diciendo cosas distintas sobre el mismo país. Toda cultura comienza siendo una experiencia humana y solo después se convierte en patrimonio. El problema aparece cuando olvidamos la primera y pretendemos conservar únicamente el segundo.
Aquellos años en el Ballet de Danzas e Investigaciones Folclóricas de la UNPHU me enseñaron que investigar nunca fue un requisito para bailar mejor. Era, sobre todo, un acto de respeto. Nadie se toma el trabajo de conocer aquello que desprecia, ni termina despreciando aquello que ha llegado a conocer de verdad. Quizá por eso sigo creyendo que el futuro del folclore dominicano no depende únicamente de quienes lo bailan o lo estudian, sino de nuestra disposición a comprenderlo. Después de todo, nadie protege lo que desconoce.
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