Hay amistades que nacen en los escenarios y sobreviven mucho después de que cae el telón.
Hace cincuenta años, cuando apenas éramos unos jóvenes movidos por el entusiasmo y la inconformidad, coincidimos en el Teatro Estudiantil. Aquellas primeras experiencias nos enseñaron la disciplina del escenario, el valor del trabajo colectivo y el poder de la palabra. Pero también nos hicieron comprender que el teatro podía ser mucho más que entretenimiento: podía convertirse en una forma de pensar el país y de dialogar con su tiempo.
No pasó mucho antes de que sintiéramos la necesidad de dar un paso más. Queríamos asumir el teatro como una profesión, pero también como un compromiso ético y social. Así nació Teatro Gayumba, fruto de la decisión de un grupo de jóvenes que soñábamos con un teatro libre, crítico y profundamente vinculado a la realidad dominicana.
Hoy, medio siglo después, vuelvo a conversar con uno de aquellos compañeros de ruta.
Muchos escenarios han quedado atrás. Muchas obras han cruzado fronteras. Han cambiado los tiempos, las circunstancias y hasta la manera de hacer teatro. Sin embargo, al escuchar a Manuel Chapuseaux descubrí que permanece intacta la convicción que lo acompañaba desde aquellos años: el teatro solo tiene sentido cuando ayuda a comprender mejor al ser humano y cuando se atreve a interpelar la realidad.
Sería fácil presentarlo como actor, director, dramaturgo o fundador de Teatro Gayumba. Todos esos títulos describen una parte importante de su trayectoria. Pero, después de escucharlo durante varias horas, comprendí que ninguno alcanza a definir plenamente la esencia de su vida.
Porque Manuel Chapuseaux ha hecho del teatro una forma de resistencia.
Resistencia frente a la injusticia.
Frente a la indiferencia.
Frente al conformismo.
Y, sobre todo, frente al olvido.
Quizá por eso esta conversación no gira únicamente alrededor de una carrera artística. Es también el testimonio de una generación que creyó que el arte podía abrir conciencias y contribuir a construir un país más justo.
Más allá del alma dominicana
Quise comenzar preguntándole qué había aprendido sobre el alma del pueblo dominicano después de más de cinco décadas de vida teatral.
Su respuesta evitó cualquier lugar común.
En lugar de definir una identidad rígida, prefirió hablar de sus contradicciones.
"Bueno, supongo que debe haber una personalidad, un 'alma', un modo de ser dominicano que de alguna manera flota por ahí y que uno asume y expresa voluntariamente o sin proponérselo, pero esa alma nunca es uniforme o estática. Es contradictoria y evoluciona constantemente. En consecuencia, hay aspectos de esa alma que yo asumo y valoro, pero hay otros que detesto y que me gustaría ver cambiar."
Había en sus palabras una negativa a simplificar el país.
Para Manuel, la dominicanidad no puede reducirse a consignas ni a estereotipos. Es una realidad compleja, en permanente transformación, donde conviven la solidaridad y la intolerancia, la creatividad y la exclusión.
Entonces llevó la conversación hacia uno de los temas que más le preocupan.
"Hoy en día, por ejemplo, hay un sentimiento —creo que mayoritario— en nuestro país que aplaude cuando se maltrata a humilde gente de trabajo o se impide que mujeres paupérrimas reciban atención médica durante el embarazo y el parto, solo porque no son dominicanos, sino haitianos. Eso me parece horrible."
No era una afirmación lanzada desde la provocación.
Era la expresión de una convicción profundamente humanista.
Y la resumió con una frase que explica buena parte de su pensamiento.
"A mí, más que el alma dominicana, me ocupa el alma de la humanidad."
Mientras lo escuchaba comprendí que esa ha sido también una constante en la trayectoria de Teatro Gayumba. Sus montajes nunca buscaron exaltar un nacionalismo excluyente. Buscaron comprender al ser humano desde la realidad dominicana, sin dejar de reconocer que los grandes conflictos de nuestra sociedad forman parte de desafíos universales.
Él mismo lo explica con absoluta claridad.
"Los elementos de cultura popular dominicana que aparecen en mis obras están ahí como recursos de resistencia ante la estandarización, la alienación colectiva o la franca aculturación provocada por la cultura imperial dominante, no como profesión de fe nacionalista o excluyente."
En esa respuesta reconocí al mismo compañero de hace cincuenta años.
El hombre que entendía el teatro no como un refugio, sino como un espacio de libertad intelectual y de cuestionamiento permanente.
El nacimiento de Teatro Gayumba
Quise volver al origen.
A aquellos años en que un grupo de jóvenes decidió abandonar la comodidad del teatro aficionado para asumir el enorme desafío de construir un proyecto profesional.
Su respuesta me devolvió, inevitablemente, a aquellos días que ambos compartimos.
"Como bien sabes, porque fuiste uno de los fundadores, la razón principal de la creación de Gayumba fue darle carácter profesional a lo que ya veníamos haciendo como aficionados desde el Teatro Estudiantil: un teatro contestatario y de resistencia."
Leí esa respuesta y, por un instante, los recuerdos ocuparon el lugar de las preguntas.
Volví a ver los ensayos interminables, las discusiones apasionadas sobre dramaturgia, las dificultades económicas, las ilusiones compartidas y la certeza, casi ingenua, de que el teatro podía contribuir a transformar la sociedad.
Manuel conserva intacta aquella convicción.
"Creíamos —y yo sigo creyendo— que el teatro, como todas las artes, puede ser un extraordinario vehículo para abrir conciencias y sensibilidades a nuevas formas de ver la vida, la sociedad y la humanidad."
No afirma que el teatro cambie por sí solo el mundo.
Su mirada es más serena y, precisamente por eso, más profunda.
"Ni el teatro ni ningún arte va a cambiar el mundo por sí solo, pero sí puede iluminar cabezas y corazones, hacernos más conscientes del mundo en que habitamos y de las muchísimas y, a veces, sutiles formas de ocultamiento y enmascaramiento que tienen los dueños de ese mundo para taparnos los ojos."
Escuchándolo comprendí que, cincuenta años después, aquel sueño juvenil no ha desaparecido.
Ha madurado.
Y continúa iluminando su manera de entender el teatro, la cultura y la responsabilidad del artista frente a la sociedad.
(Continuará)
En la segunda parte recorreremos el camino internacional de Teatro Gayumba, la inolvidable experiencia de Don Quijote y Sancho Panza, su visión sobre la cultura dominicana, las nuevas generaciones de artistas y el legado de un hombre que ha dedicado más de medio siglo a demostrar que el teatro puede ser, al mismo tiempo, belleza, conciencia y resistencia.
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