A ti, cuyo nombre te aniquilaría al pronunciarlo
No podía seguir postergando este reencuentro con una de las expresiones más ahondada hacia lo humano de la poética dominicana, como lo es ‘La hija reintegrada’, de Domingo Moreno Jimenes, auque presentía que penetrar en sus entrañas del modo deseado, con la profundidad de una arqueología ontológica, significaba abrir una puerta cuyo dolor quizás no pudiera después cerrar. Pero igual lo hice, espero que con suerte… Siempre quise abordar este poema, este testimonio de lo monumentalmente humano, pero el cuidado de que su naturaleza vivencial me tocara irreparablemente en mi condición de padre y que sus palabras, al atravesar la frontera de la lectura, hacia una exploración inevitablemente quirúrgica, me condujeran hasta esa región intima donde la paternidad deja de ser una experiencia que podemos nombrar y se convierte en una forma en la que estamos en la interperie de nuestra natural flagiligidad, expuestos a la existencia y a sus insondables designios. Porque ser padre es descubrir que una parte de nuestra propia vida comienza a respirar fuera de nosotros, en otro cuerpo, en otra conciencia, en esa presencia que amamos sin poder sustraerla enteramente a las leyes del universo. ¿Cómo contemplar, entonces, el sufrimiento de un padre que enfrenta la pérdida de su hija sin sentir que algo de nuestra propia humanidad queda convocado? La poesía de Moreno Jimenes no se limita a representar el dolor: lo habita, lo convierte en conciencia y lo devuelve a la palabra transfigurado por una ternura que no consigue abolir la muerte, pero tampoco se resigna a que esta tenga la última palabra… Y sí, he decidido compartir los encumbrados abismos de las impresiones con que me ha dejado ‘La hija reintegrada’, de Domingo Moreno Jimenes, luego de impinarme para asomarme a las raíces que le sostienen. Para ello, veamos íntegramente este ejemplar del gran rebaño de la poesía universal:
Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena / o si la vida es amarga: / solo te aconsejo que despiertes, adulta de comprensión más que tu padre. // Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir: / una sábana blanca serán tus días, / una sábana blanca será tu pasado / y tu recuerdo una estrella que frente a frente / me iluminará el porvenir. // No sé por qué tu agotamiento / me trae una recóndita dicha / anegada de lágrimas, / que me hace auscultar el corazón de la tarde. // Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos. // Hija, hazme tomar la resolución de los otros: / vuelve mi proa añicos / y mi voluntad una piragua; / que nada sea mío desde hoy, que no quiera / poseer nada mañana; / desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme; / sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza; / hazme entero el milagro de darme todo a los elementos, / como si fuera en sustanciación un ser increado… // Tu vida fue microscópica, pero grande; / el segundo de tu existir, eterno. // Hija, cuántas nubes, / cuántos pájaros, / cuántos horizontes insospechados me abre / en el amanecer tu ruta! // Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca; / verás envuelta el alba en la noche, / y las cosas de mayor transparencia / tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo. // En este mundo donde sólo se premia la / capacidad de fingir mejor, / era justo que llegaras, y después de breves instantes, / ya estuvieras confundida con la cal y con la / mariposa, con el carbón y con la piedra. // ¡Cómo me aliviana la sombra, / al advertir desde que te dormiste / que en mí derredor todo es sombra! // ¡Oh tú, que me enseñaste / desde que naciste / a ver la vida con ojo más sabio / y a la humanidad con ojo más triste! / Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría / de los seres mudables el ser tristes? / Triste fue la faz de la tierra cuando se / despreció el primer hombre! / Triste tiene que quedar la tierra cuando se / desentuma en su regazo el último hombre! // ¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir: / boleta de la tumba / Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez, / la preferida mía. // Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera; / por ti no cambié / y la fortuna no me sonreirá nunca! // Hija, cada vez que examino tu vida / me doy cuenta que tú eres como mi vida: / una sombra entre dos crepúsculos! // Iba a decir entre dos agotadoras auroras / y ya ves, reincidí, sin querer, / entre dos crepúsculos! // ¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te / debas / parecer al crepúsculo? // Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda: / Dios dio desnudo a los hombres el verbo, / y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo! // Toda filigrana de síntesis es una profanación / ¿verdad, hija mía? / Ya no te puedo buscar sin parcializaciones, / sin atributo contingente: / ¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente, / el vaho de las cosas! // No te puedo asir con una palabra, / y no debe extrañarte, recónditamente, / porque estás para mí más alta que la región / de las palabras! // Y vuelvo a caer en las comparaciones. / ¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida! // Miserable hombre que osa creer que / después de la sombra la vida es vida! // De imperfecciones se forman nuestras excelencias / y es toda la existencia del hombre un brazo tendido / hacia el turbio por qué de los enigmas! // -Tiene el pulso demasiado débil, / pero este letargo no es la muerte-. / Su médico era mi propia almohada de cabecera / y yo quedé perplejo ante su callado / sufrimiento / y la miseria de la vida! // Si fuera bizco de pensamiento / y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras; / hija, iba a blasfemar por tu dolor… pero, ¡perdona! // ¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos, / y ellos son más dueños de la tierra que los / hombres que comercian con ellos! // ¡Al través de los milenios, los hombres son / puñados de tierra / que se deforman a su antojo! // Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos. / Hija, resignate a que lo blanco no sea blanco / y a que lo negro no sea negro. // Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos, / cómo se agiganta la nada sobre la soledad / de tu aposento, / cómo nace y renace la esperanza por entre / los ámbitos de la vida! // Tibien la leche, terciada con agua, / para si mi chiquitina despierta. // Cuídemela hasta que se vuelva / esperma como / capullo / inmortal el cuidado. / Ella es carne de mi vida, flor / de mi / pensamiento, / cemento de mi alma. // (¡Eres, amada mía, / como flor del higüero joven, / como el azogue del / crepúsculo, / como la diafanidad de la / Naturaleza toda!). // No seas padre; sé Hombre, / sencillamente. / ¡Gira tu vida a tu derredor / y que tu amor a una abstracta / “Humanidad”/ no te haga olvidar jamás de / que eres Hombre!
La primera dimensión que me conmueve en esta obra es su condición testimonial, esa manera de convertir la experiencia íntima en una verdad humana que ya no pertenece exclusivamente a quien la ha padecido. Moreno Jimenes no escribe desde la comodidad de quien contempla el sufrimiento ajeno, sino desde el centro mismo de una existencia estremecida por la pérdida. Sus palabras parecen brotar de un lugar donde el pensamiento todavía no ha conseguido organizar el dolor, donde la conciencia busca comprender aquello que la razón no puede reparar. Ya en la confesión inicial, que dice: “Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena / o si la vida es amarga”, se manifiesta esa desnudez del ser que ha perdido la seguridad de sus explicaciones. No hay una respuesta filosófica que pueda cancelar el sufrimiento ni una doctrina capaz de devolver al padre la inocencia anterior a la pérdida. Desde la taocuántica, esa incertidumbre nos sitúa ante el límite de las apariencias; ya que desde la experiencia que cobija el ideal que postula la taocuántica, la realidad visible no agota la totalidad de lo existente, y la experiencia humana tampoco se reduce a lo que podemos medir, explicar o demostrar. De ahí que, este poema no resuelve el misterio; lo convierte en una presencia viva bajo el umbral de la conciencia. Su primera grandeza consiste, precisamente, en no fingir que sabe aquello que el amor, en su hora más dolorosa, apenas puede preguntar… Y luego, ya en la segunda dimensión del texto, se abre, cuando la palabra paterna intenta imaginar un porvenir para la hija y descubre que hasta el tiempo ha cambiado de significado, la siguiente sentencia como una declaración con la redondez del horizonte de la vasta planicie, anuncia: “Una sábana blanca serán tus días, / una sábana blanca será tu pasado / y tu recuerdo una estrella que frente a frente / me iluminará el porvenir”. Es claro que estas imágenes no construyen una explicación de la muerte, sino una geografía afectiva en la que el pasado, el presente y el futuro quedan atravesados por la ausencia. La sábana blanca contiene la quietud de aquello que ya no puede continuar como antes, mientras la estrella introduce una luz que persiste en la mirada del padre. El recuerdo no devuelve la presencia física, pero modifica la forma en que el porvenir puede ser contemplado. En la visión taocuántica, el Ser participa de una trama de relaciones y transformaciones en la que ninguna experiencia significativa permanece aislada de sus consecuencias. La hija ha dejado una huella que interviene en el mundo interior de quien la ama… No estoy afirmamdo con esto que la imagen estelar demuestre una supervivencia literal después de la muerte; sostengo que expresa poéticamente la continuidad del vínculo en la conciencia. La ausencia es real, pero también lo es la transformación que produce el amor, y el poema encuentra en esa coexistencia una de sus intuiciones más profundas.
Hay una conmoción particular en la paradoja que el poeta formula cuando confirma que “una recóndita dicha / anegada de lágrimas, / que me hace auscultar el corazón de la tarde”. El dolor no aparece como una emoción simple ni como un territorio donde todo significado queda destruido. La dicha y las lágrimas se encuentran en una misma experiencia, sin que una anule a la otra. Esa coexistencia revela la complejidad de quien ama: incluso ante la pérdida, la conciencia continúa vinculada a la belleza de lo vivido, a la intensidad de los recuerdos y a la posibilidad de reconocer una presencia en aquello que ya no puede tocar. El corazón de la tarde, por su parte, convierte el paisaje en una prolongación del mundo interior. La naturaleza parece participar de la intimidad del padre, no porque haya perdido su condición de realidad exterior, sino porque la sensibilidad transforma la manera de percibirla. En la mirada taocuántica, los contrarios pueden iluminarse mutuamente: la tristeza revela la profundidad del amor, mientras el amor impide que la tristeza se convierta en la única verdad. No se trata de celebrar el sufrimiento ni de buscarle una justificación; se trata de comprender que el corazón humano puede contener simultáneamente el desgarro y la ternura, la conciencia de lo perdido y la gratitud por lo que existió, lo que se hace manifesto cuando el padre declara: “Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos”, la poesía entra en una zona donde el lenguaje comienza a aproximarse a aquello que no puede expresar de manera directa. La infancia representa la vida todavía abierta, la promesa que no ha desplegado todas sus posibilidades; el silencio introduce la suspensión de esa promesa y el límite de la palabra ante lo irreversible. Ambos términos, aparentemente distantes, quedan unidos por una intimidad que solo la experiencia vivencial puede revelar. El padre contempla la infancia desde la conciencia de su interrupción, y el silencio adquiere el peso de aquello que ya no puede responder. Más adelante, esa insuficiencia se profundiza cuando pide: “vuelve mi proa añicos / y mi voluntad una piragua; / que nada sea mío desde hoy, que no quiera / poseer nada mañana”. El naufragio de la proa expresa la fractura de las certezas, mientras la piragua sugiere una existencia despojada de pretensiones de dominio. La pérdida transforma la relación del hombre con lo que considera suyo. Desde el Wu Wei (y esto va desde el taoísmo, concepción a la que se abraza la taocuántica), esta imagen puede leerse como una invitación a no violentar aquello que no depende de nuestra voluntad. Aceptar no significa dejar de amar, sino reconocer que el amor no concede poder absoluto sobre la vida. La conciencia se transforma cuando comprende que cuidar y amar no equivalen a poseer.

Y bien… En atención a lo esencialmente significativo, una de las afirmaciones más intensas del poema se encuentra en su decir: “Tu vida fue microscópica, pero grande; / el segundo de tu existir, / eterno”. La aparente contradicción entre lo microscópico y lo grande revela una diferencia esencial entre la duración cronológica y la intensidad vivencial. La existencia de una persona no puede medirse únicamente por el tiempo que permanece, porque su significación también depende de las relaciones que establece y de las transformaciones que produce. El segundo puede ser eterno en la conciencia de quien lo recuerda, no porque el reloj haya dejado de funcionar, sino porque la experiencia ha adquirido una profundidad que ninguna medida temporal consigue abarcar. Esta intuición se enlaza con la visión taocuántica de la singularidad como manifestación de una totalidad más amplia, es decir, que lo pequeño no carece de grandeza por ocupar un espacio reducido, y lo breve no queda condenado a la insignificancia por su duración. La hija transforma el universo íntimo del padre, y esa transformación continúa participando en su manera de comprender la existencia. El poema no necesita convertir la pérdida en una victoria para reconocer el valor de la vida vivida. Basta con afirmar que una existencia puede ser breve y, sin embargo, alcanzar una profundidad capaz de modificar para siempre la conciencia de quienes la amaron. Y en cuanto a tal, vemos como el movimiento de la obra se ensancha cuando el padre reconoce que la hija le abre portales para acceder a otras laderas de la realidad. Dice: “cuántos horizontes / insospechados”, con lo que se inaugura el amor que modifica la manera de mirar el mundo. La paradoja resulta conmovedora: la pérdida que parece cerrar el porvenir introduce, al mismo tiempo, una expansión de la conciencia. No es que el sufrimiento produzca automáticamente sabiduría ni que la muerte deba ser aceptada como una lección necesaria; es que la experiencia extrema obliga al ser humano a reconsiderar las fronteras de su comprensión. El padre descubre que no puede seguir mirando la vida con la misma inocencia, y la hija se convierte en el centro de una transformación que afecta su percepción de la humanidad. Cuando expresa “a ver la vida con ojo más sabio / y a la humanidad con ojo más / triste”, el poeta reconoce que el conocimiento puede nacer acompañado de una herida. Ver con mayor profundidad significa también advertir la vulnerabilidad, la injusticia y la impotencia que antes quizás permanecían ocultas. Desde la taocuántica, esta transformación puede comprenderse como una reorganización del campo interior de la conciencia: el acontecimiento no cambia únicamente el recuerdo, sino la relación del sujeto con todo lo que lo rodea. La tristeza no constituye por sí sola la sabiduría, pero puede abrir una mirada menos superficial, más consciente de la fragilidad compartida.
En esta búsqueda, Moreno Jimenes se enfrenta también a los límites de la expresión literaria. Cuando afirma: “Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda: / Dios dio desnudo a los hombres el verbo, / y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo”, parece desconfiar de los adornos que pretenden contener una experiencia demasiado vasta para las palabras. La paradoja es que el poeta recurre a la poesía para reconocer la insuficiencia de la poesía para comunicar fielmente la esencialidad de ciertas vivencias. No renuncia al lenguaje, pero descubre que ninguna acumulación de imágenes puede poseer por completo a la hija ni expresar de manera definitiva lo que su ausencia significa. Esta tensión alcanza una formulación todavía más radical al decir: “Toda filigrana de síntesis es una profanación / ¿verdad, hija mía? / Ya no te puedo buscar sin parcializaciones”. Aquí el padre reconoce que nombrar implica seleccionar, recortar, construir una imagen parcial de aquello que desea abarcar en su totalidad. Desde nuestra mirada taocuántica, esta limitación no constituye una derrota absoluta del pensamiento: recuerda que la realidad desborda los instrumentos con los que intentamos comprenderla. La palabra puede aproximarse, sugerir y conmover, pero no reemplaza la existencia. Por eso la poesía verdadera no siempre consiste en encontrar la definición perfecta; a veces consiste en permanecer ante el misterio sin fingir que lo hemos agotado. En tal sentido, más adelante, en la confesión: “¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente, / el vaho de las cosas!” lleva esta insuficiencia hasta una imagen de extraordinaria delicadeza. El vaho es una manifestación tenue, transitoria, visible solo bajo determinadas condiciones; aparece y se disipa sin dejarse retener. La hija se convierte así en una presencia que el lenguaje percibe, pero no puede sujetar. El padre necesita nombrarla y, al mismo tiempo, sabe que cada nombre resulta insuficiente ante la totalidad de lo amado, tensión que se prolonga cuando declara: “No te puedo asir con una palabra, / y no debe extrañarte, recónditamente, / porque estás para mí más alta / que la región de las palabras!”. No se trata aquí de una desvalorización de la palabra poética, sino del reconocimiento de su límite frente a la experiencia. La palabra señala el camino, pero no puede sustituir aquello hacia lo que apunta. Y ya, en ciertos modos hemos fijado que en la taocuántica, el Ser no queda reducido a la descripción que hacemos de él; participa de una complejidad que supera cualquier representación parcial. La hija es más que la imagen construida por el recuerdo, y el amor del padre es más que las frases mediante las cuales intenta expresarlo. La poesía alcanza aquí una de sus cumbres porque descubre que nombrar profundamente también significa reconocer aquello que no puede nombrarse del todo.

El padre, sin embargo, no permanece en una iluminación definitiva. Vuelve a las comparaciones, reconoce su subordinación a la vida y se enfrenta a la dificultad de aceptar lo ocurrido, por lo que declara: “Y vuelvo a caer en las comparaciones. / ¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!”. Constituyendo esto una confesión que devuelve al poema su condición radicalmente humana. El hombre no domina su sufrimiento mediante una decisión intelectual ni consigue instalarse en una serenidad permanente. Oscila, retrocede, se contradice y vuelve a buscar respuestas. La vida se le presenta como una fuerza ante la cual su voluntad encuentra límites, y esa impotencia deshace cualquier imagen idealizada del ser humano como dueño absoluto de su destino… Pero la pregunta se vuelve todavía más dolorosa cuando exclama: “Miserable hombre que osa creer que / después de la sombra la vida es vida!”. No me doy a interpretar estos versos como una doctrina definitiva sobre la inexistencia después de la muerte, sino como la expresión de una conciencia herida que ya no puede aceptar las explicaciones fáciles. El poema no nos entrega una respuesta universal; nos muestra a un hombre luchando por encontrar un lenguaje para su propia experiencia. Esa oscilación es parte de su grandeza: la verdad vivencial no necesita fingir coherencia absoluta, porque puede mostrar sus grietas y reconocer que hay preguntas cuya profundidad supera las respuestas disponibles… Entonces, aquí validamos que la reflexión sobre las imperfecciones y los enigmas prolonga esa búsqueda sin convertirla en una doctrina cerrada; lo que se reitera en esta parte: “De imperfecciones se forman nuestras excelencias / y es toda la existencia del hombre un brazo tendido / hacia el turbio por qué de los enigmas!”. Claramente, aquí el ser humano aparece como una criatura incompleta que intenta comprender el mundo desde sus limitaciones. Su grandeza no reside en poseer todas las respuestas, sino en la capacidad de continuar preguntando aun cuando la realidad no se deje reducir a una explicación definitiva. La escena del médico, la almohada y el sufrimiento de la niña devuelve esta reflexión al ámbito concreto de la experiencia. El dolor no es una idea abstracta. Tiene un cuerpo vulnerable, una cabecera, una espera y un padre que contempla la posibilidad de perder a quien ama. Todo esto entrañado en la frase: “Su médico era mi propia almohada de cabecera / y yo quedé perplejo ante su callado / sufrimiento / y la miseria de la vida!”. Se revela la desproporción entre la intensidad del cuidado y la impotencia de quien cuida. El padre puede velar, esperar y acompañar; no puede exigirle al universo que cumpla su deseo. Desde la taocuántica, esta experiencia obliga a reconocer los límites de la voluntad sin negar la dignidad del esfuerzo humano. El amor se manifiesta precisamente en esa presencia que permanece incluso cuando no dispone del poder de reparar aquello que duele.
La herida íntima también modifica la mirada social del poeta. Cuando pregunta: “¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos, / y ellos son más dueños de la tierra que los / hombres que comercian con ellos!”. La muerte revela las contradicciones de una sociedad que convierte incluso el descanso final en objeto de transacción. La tierra, que sostiene la existencia de todos, queda sometida a las convenciones y a los intereses de los vivos. El padre, atravesado por la pérdida, contempla con mayor crudeza la fragilidad de las estructuras humanas y la facilidad con que lo esencial queda subordinado a lo material. La reflexión se amplía aun más, diciendo: “¡Al través de los milenios, los hombres son / puñados de tierra / que se deforman a su antojo!”. La imagen devuelve al ser humano a su condición material y cuestiona sus pretensiones de superioridad. Pero en la taocuántica la materia no aparece como una realidad ajena al misterio de la existencia, sino como parte de la continuidad de la naturaleza. La tierra no elimina el significado de la vida individual; recuerda nuestra pertenencia a una realidad compartida. La crítica social nace así de la experiencia más íntima: el sufrimiento de una familia permite percibir la vulnerabilidad común y cuestionar las estructuras que olvidan esa condición fundamental.
La noticia de que la niña tiene los pies fríos introduce una de las escenas más dolorosas del poema porque devuelve la muerte a una percepción corporal, concreta e inmediata. “Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos. / Hija, resignate a que lo blanco no sea blanco / y a que lo negro no sea negro”. El frío de los pies rompe cualquier distancia conceptual: el padre ya no contempla una idea de la muerte, sino una realidad que se manifiesta en el cuerpo de su hija. La exhortación posterior a aceptar que lo blanco y lo negro dejen de ser lo que parecían expresa la alteración de todas las certezas. El mundo que antes podía organizarse mediante distinciones relativamente seguras se vuelve ambiguo, irreductible a categorías simples. Sin embargo, la esperanza reaparece en medio de esa transformación cuando el poeta contempla “cómo se agiganta la nada sobre la soledad / de tu aposento, / cómo nace y renace la esperanza por entre / los ámbitos de la vida!”. La nada crece en la habitación vacía, pero no logra impedir que la esperanza encuentre un espacio entre las cosas. Esta coexistencia no cancela el duelo ni exige una recuperación inmediata. Revela, más bien, que la vida continúa moviéndose dentro de quien sufre, incluso cuando una parte de su mundo parece haberse detenido… Y como en un natural delirio, la ternura doméstica alcanza una intensidad extraordinaria en el cuidado que continúa buscando a la niña. Se resiste a abandonar su condición de padre, expresa en susurro su esperanza última, y es cuando dice: “Tibien la leche, terciada con agua, / para si mi chiquitina despierta”. En esos versos, el amor se manifiesta a través de una acción cotidiana, sencilla, casi imperceptible desde fuera, pero inmensa para quien la vive. La preparación de la leche conserva la expectativa de una presencia que el padre no consigue abandonar interiormente. El gesto doméstico expresa una forma de cuidado que continúa actuando aun cuando la realidad ha cambiado. La ternura se prolonga cuando declara: “Ella es carne de mi vida, flor / de mi / pensamiento, / cemento de mi alma”, donde el cuerpo, la conciencia y la estructura interior del padre aparecen unidos a la existencia de la hija. No se trata de convertirla en una posesión, sino de reconocer la profundidad de una relación que ha transformado su identidad. La comparación con la flor del higüero joven, con el azogue del crepúsculo y con la diafanidad de la naturaleza expande esa intimidad hacia el universo. La hija se vuelve una expresión singular de la vida, integrada a la naturaleza sin perder su condición irrepetible… En la taocuántica, esta correspondencia entre lo íntimo y lo universal permite comprender que la pertenencia a una totalidad no borra las diferencias, sino que las hace participar de una trama más amplia.
Hay en el mandato final un llamado que golpea con fuerza toda superficialidad: —"No seas padre; sé Hombre, / sencillamente”— constituye el giro decisivo de la obra, porque el poeta desplaza la mirada desde el vínculo particular hacia la humanidad compartida. No interpreto estas palabras como una negación literal de la paternidad ni como una invitación a renunciar a la hija. Las comprendo como una exhortación a impedir que el dolor individual se convierta en una frontera que nos separe de los demás. Y vemos como la continuación precisa el sentido de esa llamada, al sugerir: “¡Gira tu vida a tu derredor / y que tu amor a una abstracta / ‘Humanidad’/ no te haga olvidar jamás de / que eres Hombre!”. Es claro que esta advertencia contiene una paradoja profundamente humana: el amor proclamado hacia toda la humanidad puede convertirse en una abstracción vacía si nos hace olvidar a las personas concretas, sus sufrimientos y sus necesidades. Ser humano exige reconocer la fragilidad del otro y responder ante ella sin abandonar nuestra propia vulnerabilidad. La hija no pierde su singularidad cuando el padre vuelve la mirada hacia el mundo; su memoria puede convertirse, por el contrario, en una fuente de sensibilidad ante las demás vidas. Nuestra mirada en amor, como lo fija la taocuántica, la totalidad no debe borrar las diferencias, sino permitir que cada existencia encuentre su lugar dentro de una realidad interdependiente. La paternidad se abre entonces hacia la humanidad, no mediante la renuncia al amor particular, sino mediante su expansión consciente… He aquí, finalmente, la razón por la que este poema me interpela de una manera que trasciende el análisis literario. Siempre temí acercarme a ‘La hija reintegrada’ porque soy padre y sabía que su dolor podía tocar una región de mi sensibilidad donde las palabras dejan de protegernos. Ahora comprendo que esa misma condición es la que me obliga a leerlo con humildad, a no reducirlo a objeto de estudio ni a convertir la experiencia del poeta en una sucesión de recursos expresivos… Domingo Moreno Jimenes nos entrega una obra estremecedoramente humana y vivencial, un episodio en el que el poema, como testimonio de lo experiencial, nos atraviesa para dejarnos de una sola pieza; es decir, no pretende abolir el misterio: lo habita con el amor, con la conciencia y con una palabra que se niega a separar la fragilidad de la belleza. La hija no regresa a la presencia de antes, pero su existencia queda reintegrada al tejido de la memoria y a la continuidad de la vida del padre. Y el padre, al volver la mirada hacia la humanidad que lo rodea, no necesita abandonarla; puede llevarla consigo de otra manera, sin hacer de su ausencia una frontera que lo separe del mundo. Esa es, para mí, la verdad última de este poema: el amor no vence a la muerte suprimiéndola, sino impidiendo que la muerte convierta en inexistente aquello que el amor ha hecho profundamente real. Cuando cierro la lectura, no siento que el misterio haya sido resuelto; siento que la conciencia se ha ensanchado para habitarlo. Y quizás esa sea la misión más alta de la poesía: no devolvernos intactos a la vida que teníamos antes de leerla, sino ayudarnos a comprender que, incluso ante lo irreparable, la existencia conserva la posibilidad de transformarse en conciencia, ternura y resplandor.

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