La Universidad Autónoma de Santo Domingo, mi alma máter, tiene esa extraña y hermosa capacidad de propiciar coincidencias que solo el tiempo sabe explicar. A veces, sin que uno lo planifique del todo, la universidad se convierte en escenario de reencuentros intelectuales y afectivos que reafirman por qué seguimos pensando, preguntando y educando.
Eso fue exactamente lo que ocurrió durante una de las actividades del Congreso de Filosofía organizado por la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Aunque por razones de agenda no podía participar de todo el programa, que, dicho sea de paso, era sólido y estimulante, hice los arreglos necesarios para asistir a un conversatorio sobre filosofía para niños, inspirado en el pensamiento de Matthew Lipman, una línea de trabajo que acompaña mi investigación doctoral.
Al llegar, me encontré con algo que no esperaba. El espacio estaba moderado por la maestra Miriam Gutiérrez, quien había sido mi profesora de Didáctica en la licenciatura. A ella se sumaba Joseline Peña Escoto, mi maestra de Filosofía en la maestría, (a ella sí la esperaba), y, conforme avanzaba el encuentro, aparecían otros rostros y voces que marcaron mi formación universitaria. Entre ellos, Luis Ulloa Morel, mi profesor de Introducción a la Educación, y Evarista Matías, cuya trayectoria académica ha incidido en procesos de reflexión y reforma educativa que he vivido incluso en años recientes, desde otros espacios institucionales.
En ese momento comprendí que estaba sentado frente a mis maestros. No como estudiante de aula, sino como profesional que vuelve a la fuente. Ese reconocimiento, silencioso, pero profundo, me sobrecogió y me llenó de gratitud.
El conversatorio fue intelectualmente productivo y, sobre todo, honesto. Joseline Peña Escoto abordó con serenidad y reflexión el pensamiento de Lipman; Luis Ulloa Morel expuso, con su habitual espíritu crítico, la pedagogía de Paulo Freire; y Evarista Matías, con la pasión que la caracteriza, defendió con firmeza la vigencia del pensamiento de Eugenio María de Hostos, subrayando cómo muchas de sus ideas, formuladas en otro siglo, siguen siendo hoy objeto de debate.
Uno de los momentos más significativos surgió precisamente del disenso. A partir de una afirmación sobre Freire, Evarista Matías pidió la palabra, incluso ofreciendo disculpas por adelantado, para contradecir el planteamiento expuesto. No fue un gesto de confrontación, sino de pensamiento vivo. Ese intercambio, respetuoso y profundo, encarnó algo que considero esencial: la naturaleza crítica y autocrítica del espíritu uasdiano.
Eso fue lo que me enseñaron mis maestros en la Facultad de Humanidades, en la Facultad de Ciencias de la Educación y en la Facultad de Artes: pensar, disentir, argumentar con rigor y con amabilidad. Ese legado es el que procuro llevar conmigo cada vez que me corresponde participar en otros espacios académicos como egresado y representante de la UASD.
Quiero destacar, además, algo que no siempre ocurre en los congresos académicos: hubo tiempo y apertura para las preguntas. Éramos un grupo reducido, pero profundamente interesado. Pude interpelar a cada uno de los expositores, y ese diálogo dio verdadero sentido al encuentro. Lo digo con convicción: los eventos de socialización y pensamiento donde no hay espacio para la pregunta pierden su razón de ser. Sin preguntas no hay filosofía; sin diálogo, no hay pensamiento.
Tan interesante fue el intercambio que, una vez concluida la actividad, seguimos conversando hasta que prácticamente cerraron el edificio. Yo me disponía a dirigirme al metro, como suelo hacerlo, cuando la maestra Evarista Matías, con una amabilidad que también educa, se ofreció a llevarme desde la UASD hasta la parada. En el trayecto, ya fuera del aula, ya sin formalidades, seguimos filosofando sobre educación. Porque cuando hay pasión por las ideas, ni el tiempo, ni el espacio, ni las circunstancias detienen el pensamiento.
Saludo, por tanto, al Congreso de Filosofía y a las autoridades de la Escuela de Filosofía por propiciar un espacio donde no solo se expuso filosofía, sino donde verdaderamente se filosofó. En tiempos en los que la prisa amenaza la reflexión, encuentros como este nos recuerdan que pensar juntos sigue siendo un acto profundamente necesario.
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