A Radhamés Polanco
Hay quienes pensaron que la poesía sería una de las primeras víctimas del progreso, que quedaría aplastada bajo el ruido de las fábricas, los algoritmos, las pantallas encendidas a deshora y la respiración entrecortada de las ciudades que no duermen. Creyeron que el verso no resistiría la velocidad, la ansiosa prisa de los días, y que la metáfora sería un lujo arcaico en un mundo obsesionado con la utilidad inmediata, que el canto interior sería sustituido por notificaciones. Sin embargo, mientras más se aceleró la materia, más ahondado se tornó la búsqueda de la esencialidad; mientras más se fragmentó la experiencia en datos, más urgente se volvió el tejido secreto que sólo la poesía sabe tramar.
La poesía no pertenece al tiempo lineal del reloj de fría medición, sino al pulso curvo de la conciencia. No avanza: acontece. No compite: revela. No produce: fecunda. Es un fenómeno taocuántico en el que lo mínimo contiene lo inmenso, donde una imagen leve puede modificar el campo completo de la percepción, como una partícula sutil que altera la danza de todo el universo. El poema no es un objeto; es un estado de entrelazamiento. Cuando alguien lo escribe desde la hondura, no está “creando” algo nuevo: está colapsando una posibilidad del misterio, sin fijarla en algo que de modo prestablecido se impone como lo unívoco.
En la superficie del mundo moderno, todo parece separarse: cuerpo de mente, ciencia de espíritu, arte de estremecimiento, individuo de comunidad, humano de naturaleza. Pero en la dimensión taocuántica, esa región donde lo real es relación antes que cosa, la poesía opera como puente natural. Allí, una ecuación puede ser tan bella como un haiku que abre la blanca boca de la mañana, una intuición mística tan precisa como un experimento, una caricia tan reveladora como una teoría cosmológica. La poesía no mezcla disciplinas: las reconoce como expresiones distintas de una misma vibración fundamental, y es por eso que no muere; porque no depende de las modas culturales sino de la estructura misma de la conciencia. Cuando un ser humano siente que la vida se le vuelve pura función, pura tarea, pura carrera sin llegada, algo en su interior comienza a asfixiarse. Ese algo no es un capricho estético: es la dimensión poética del Ser, la capacidad de percibir significado, asombro, interconexión. Sin ella, todo se vuelve plano, aunque esté lleno de cosas. Con ella, incluso la pobreza de estímulos puede ser tan vasto como el universo y tan plural como las notas de la música de la vida.

La prisa contemporánea no ha destruido la poesía; la ha vuelto tan necesaria como el oxígeno. El exceso de información ha producido hambre de sentido. La hiperconectividad ha revelado la soledad esencial. La eficiencia ha mostrado su incapacidad para responder a la pregunta más simple y más abismal: ¿para qué? Es en esa fisura donde la poesía aparece, no como adorno, sino como tabla de salvación. Pero no salvación en el sentido de escapar del mundo, sino de regresar a él con otra mirada. La poesía no anestesia: despierta. No distrae: profundiza. Cuando un lector entra verdaderamente en un poema, su sistema de percepción se reordena. El lenguaje deja de ser herramienta y se vuelve espacio habitable. Las palabras ya no señalan cosas: las revelan desde dentro. Ese cambio sutil es un acto cuántico de conciencia: el observador ya no es el mismo después de observar; también es lo observado… Y es aquí donde la poesía nos salva incluso de nosotros mismo. Porque gran parte del sufrimiento humano proviene de la rigidez de la identidad, de la narrativa repetitiva con la que nos contamos quiénes somos, qué nos hicieron, qué tememos, qué merecemos. Esa historia interna suele volverse una cárcel de interpretaciones fijas. La poesía irrumpe en ese relato como una grieta luminosa. Introduce ambigüedad fértil, metáfora desestabilizadora, belleza inesperada. De pronto, el yo deja de ser una estructura sólida y se revela como un campo cambiante de posibilidades… Desde la visión taocuántica, el “yo” no es una entidad cerrada, sino un nodo de relaciones vibrantes en constante transformación, para el necesario telar. El poema resuena con esa naturaleza. Por eso, cuando alguien se reconoce en un verso, no está confirmando su identidad: la está expandiendo. Algo se afloja, algo se suelta, algo respira. El dolor no desaparece mágicamente, pero deja de ser un muro y se vuelve un río que puede ser cantado. Y lo que puede ser cantado, puede ser atravesado.

Para el poeta, escribir no es un acto de exhibición, sino de escucha radical. Es entrar en coherencia con un nivel más profundo del Ser, donde pensamiento, emoción, sensación y silencio se entrelazan como ondas en un mismo campo. En ese estado, la frontera entre interior y exterior se vuelve porosa. El mundo escribe a través del poeta tanto como el poeta escribe sobre el mundo. Una hoja que cae, una herida antigua, una teoría física, una plegaria sin dios: todo puede volverse materia poética porque todo participa de la misma red de sentido.
La ciencia contemporánea, cuando se asoma a sus propios límites, comienza a hablar un lenguaje extrañamente cercano al de la mística y la poesía: campos, vacíos fértiles, tiempo como relatividad entre bucles de espejos, indeterminación, incertidumbre, entrelazamiento. No porque se vuelva irracional, sino porque descubre que la realidad es más relacional que mecánica. La poesía siempre habitó ese territorio. No para explicar, sino para experimentar la unidad en la diversidad, el orden en el caos, la música que danza en el plano frecuencial de la materia… La poesía no argumenta: revela, despierta y se dice sola en la luz de su vigilia. Y es amante, puerta que abre hacia su centro, cántaros derramados en las aguas de esa otra sed que no sabemos.
La espiritualidad, despojada de dogmas rígidos, también se reconoce en ese espacio. No como creencia obligatoria, sino como sensibilidad hacia la profundidad de lo real, de la Realidad Pura… La poesía es oración sin destinatario fijo, meditación en movimiento, palabras vibrantes como un rebaño de cuencos en la memoria del aire, contemplación que respira en imágenes. No impone verdades: abre dimensiones, probabilidades. Y en esa apertura, el ser humano recuerda que no es sólo un productor ni un consumidor, sino un punto de conciencia a través del cual el universo se percibe a sí mismo… y que por eso, en medio del ruido, alguien abre un libro de poemas como quien abre una ventana en una habitación cerrada durante años, y como algo más que la esperanza cuando el viento ondea de verde en el árbol.
El aire que entra no resuelve de inmediato las deudas, las guerras ni los diagnósticos, pero restituye algo más básico: la sensación de estar vivo de un modo pleno y misterioso. Esa experiencia, aunque breve, reconfigura el modo de habitar el resto de las horas. La poesía no sustituye la acción en el mundo; la humaniza… Decir que la poesía es una tabla de salvación no es exageración romántica: es descripción funcional desde una ontología más amplia. Salva porque reintegra. Salva porque recuerda la unidad en medio de la fragmentación. Salva porque devuelve al lenguaje su poder originario de revelar en lugar de sólo etiquetar. Salva porque permite que el dolor hable sin convertirse en violencia. Salva porque abre un espacio donde el Ser no necesita justificarse… Y, paradójicamente, cuanto más materialista se vuelve una cultura, más subterráneamente poética se vuelve su necesidad. La poesía puede no ocupar los titulares, pero circula en canciones que estremecen multitudes, en frases subrayadas en la madrugada, en diarios íntimos que nadie leerá, en grafitis que interrumpen la grisura del cemento, en la voz quebrada de quien intenta decir lo que aún no tiene nombre. La poesía se filtra por las grietas del sistema porque su naturaleza es precisamente grieta: abertura hacia adentro.

Desde la mirada taocuántica, podríamos decir que la poesía es el modo en que el vacío fértil se expresa en el lenguaje humano. No vacío como carencia, sino como potencial infinito, como matriz silenciosa de todas las formas. El poema nace de ese fondo y, si es verdadero, conduce de nuevo a él. Por eso, al terminar de leer ciertos versos, no sentimos saturación sino una especie de claridad desnuda, como si algo se hubiera aquietado en el centro. En ese aquietamiento, el mundo no desaparece: se vuelve más diáfano y humanizante, más íntimo, más interdependiente. La prisa puede continuar afuera, pero ya no gobierna del todo el interior. Y esa pequeña diferencia modifica el modo de estar, de hablar, de tocar, de decidir y de ser… Así, la poesía realiza su revolución más profunda sin estruendo: cambia la calidad de la conciencia con la que habitamos la realidad compartida.
Mientras exista un ser humano capaz de asombro, de dolor consciente, de amor inexplicable, de preguntas sin respuesta final, la poesía seguirá brotando como raíces de agua subterránea. No como reliquia del pasado, sino como función esencial de la vida despierta. En la era de la velocidad, será pausa significativa. En la era del ruido, será escucha. En la era de la fragmentación, será tejido. Y en la era del yo hipertrofiado y temeroso, será la rendija por donde el Ser, más vasto que ese “yo”, pueda al fin respirar y expandirse hacia adentro.
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