En su famoso ensayo La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2010), Mario Vargas Llosa se queja amargamente de la espectacularidad de la cultura y de los efectos negativos que esto provoca en el comportamiento social, como signo de la vida moderna y de los nuevos tiempos. Zygmunt Bauman también se hace eco de la superficialidad del mundo actual y lo califica de “mundo líquido”, ligero, algo pasajero y anticerebral. Vuelvo a Vargas Llosa porque hasta ahora no veo una cosa tan poco útil para el ejercicio de la literatura como un “festival de poesía”. Mejor dicho, los festivales nos hacen ver la poesía, contrario a las leyes que orientan la creación literaria, como el culto a la palabra, al pensamiento y a la belleza que orienta el cultivo del espíritu.
La poesía es para procurar la sensación de los sentidos y la palpitación profunda del alma poética. Mientras tanto, así transcurre la poesía en esta época. Pienso que los festivales están cerca de convertirla en una actividad completamente banal y trivial. También a esta idea han contribuido las plataformas digitales y las redes sociales, porque han convertido la poesía en un acto narcisista y en objeto de entretenimiento. Me refiero al acto de leer poesía en público y para un público. En el peor de los casos, son los poetas quienes leen a los propios poetas. Lamentablemente, estos eventos no se organizan para conquistar públicos lectores, sino para algo mucho más espectacular: vender la imagen de los poetas. Si la literatura no tiene como propósito esencial sumarse a la memoria para asaltar la imaginación del individuo, esta no tiene objeto ni razón de ser. Por lo tanto, pierde efectividad como un ejercicio que cultiva la belleza y ausculta el espíritu humanista del hombre, lo que de buenas a primeras se convierte en una actividad insulsa, narcisista y de mal gusto.
El culto a la poesía y el cultivo del poeta exigen condiciones especiales muy profundas, ligadas al ser creativo, al pensamiento y a la filosofía, más específicamente a eso que llamamos “alma poética”. La poesía es un acto de ritualidad lingüística que busca la comunión de la palabra con el ser. No creo que se le pueda rendir culto a la belleza y a la palabra, estéticamente hablando, haciendo de ella un espectáculo.
La poesía viene a ser como una religión, la que asume la palabra con devoción y con la fe profunda e inquebrantable que significa la experiencia creativa. Todo lo contrario a la idea de fiesta o jolgorio. Si por un lado dijéramos que leer poesía en público dejaría al oyente una impronta de carácter eminentemente estético o regocijante, fuera otra cosa, estaríamos ante una panacea de la cultura. Sin embargo, el problema de involucrar el quehacer poético en festivales es también un asunto relacionado con el tiempo. La lectura de poesía en público no es un evento perdurable en la memoria, todo lo contrario, es efímero y fugaz, lo que implica que por su condición de espectacularidad también se esfuma rápido de la mente de quien la escucha. Otra cosa: la poesía no está escrita para que sea escuchada, sino para ser leída, me refiero a la poesía moderna. Por lo tanto, con este pobre ejercicio no se conquista a nadie para que sea lector o poeta, y lo saben muy bien quienes al final leen para complacer su ego.
Los poetas se cultivan en íntima comunión espiritual con la lectura, en el fragor de la escritura sistemática y en el encuentro con las obras de las grandes creaciones universales.
La creación poética no es potable a esos fines. A ella —a la poesía— le acompañan otras implicaciones culturales y simbólicas que sí son perdurables en la formación humanística del individuo, pero que no se contagian a través de festivales. Hacer de la actividad poética una fiesta es, en cierta medida, un desatino cultural. Digo esto por los tantos festivales de poesía que hay en este país. Creo que la gran poesía dominicana, la poesía canónica por excelencia, nunca se leyó en festivales. No quiero decir que la que se lee en estos festivales sea mala por ese motivo. Sin embargo, debe gozar de cierta ligereza y la poesía ligera, con efectos cotidianos, personalista y anecdótica, es en el fondo superficial, sin trascendencia, carente de fuerza imaginaria y de mal gusto: una poesía líquida, para decirlo con Bauman. Eso significa que anunciar poesía para un festival abierto al público es un mal signo de los nuevos tiempos, lo que a la postre forma parte del gran barullo de la banalización de la cultura.
¿Con la organización de festivales en la República Dominicana ha mejorado la calidad de nuestros poetas? ¿Después de los festivales la presencia de poetas es más significativa que la de antes? ¿O es necesario hacer fiesta con la poesía para que los poetas dominicanos ganen prestigio y sean tomados en cuenta fuera y dentro de nuestro territorio? Frente a esta lamentable realidad estamos empobreciendo nuestro quehacer literario por excelencia, porque esta —la poesía leída en festivales— pasará sin pena ni gloria y su fin único será el de perderse en el tiempo, nunca será símbolo de una nación de poetas.
Los poetas se cultivan en íntima comunión espiritual con la lectura, en el fragor de la escritura sistemática y en el encuentro con las obras de las grandes creaciones universales.
Me parece que los “festivales de poesía” en vez de hacerle bien a la creación poética están maleando el espíritu creativo que es individual y solitario a la vez. Lo digo por variadas razones: la primera es que a estos festivales asisten individuos enganchados a poetas, diríamos “antipoetas”, y en los mismos se lee mucha “poesía autista”, escrita al amparo del festival. Lo segundo, como la mayoría de poetas están escribiendo para leer en festivales, esto demanda que sea una escritura un tanto ligera y superficial, simple y llana: que se escuche bien al oído, que sea “bonita” y que el cerebro no tenga que hacer extraordinarios esfuerzos de interpretación. En última instancia, una poesía desimbologizada y con ausencia de metáfora, mejor dicho: fuera del alcance del acto imaginario, lo que está cerca de ser una antipoesía. Lo peor de todo, a los festivales asisten los mismos poetas como público, lo que convierte el evento en un acto vanidoso y narcisista.
La otra, la que me parece la más desatinada de todas: el festival convertido en un negocio. Digo negocio y con esto no estoy señalando que los organizadores se vayan a lucrar con el evento. En menor medida, algunos sí; otros no. Organizar el festival e invitar poetas requiere de una logística económica amplia y costosa, que implica compra de vuelos, si es internacional, alojamiento en hoteles, almuerzos y cenas en restaurantes, transportes a los lugares que visitarán los poetas, renta de escenarios y gastos logísticos, en fin, una especie de turismo literario. Todo este panorama convierte el festival en una parafernalia espectacular y en una empresa económica. Hay algo mucho más banal: utilizar la poesía para estos fines me parece una de las cosas más insignificantes de la cultura posmoderna.
No cabe duda de que organizar eventos de esa naturaleza requiere la presencia de mecenas de la cultura que sean sensibles a estos fines. Sin embargo, esto funciona como arma de doble filo: si por un lado no se benefician económicamente los organizadores de dicho festival, entonces se beneficiará la empresa que patrocina la fiesta y ahí está el meollo del asunto. Cuando el festival promueve las empresas patrocinadoras en una valla, en un afiche, en un flyer, en las redes sociales, en radio y en televisión, indudablemente que el evento, quiérase o no, tendrá un efecto comercial. Como implica por demás un negocio para la empresa que patrocina, implica también un espectáculo para la empresa que organiza el “festival”. En todo caso, el espíritu poético contrasta pues con el espíritu comercial cuando no son compatibles.
Me parece que involucrar el quehacer poético en estos menesteres es una cuestión de mal gusto, que empobrece el ejercicio literario y pone en tela de juicio la acción de la cultura. Sin embargo pregunto: ¿cuáles son los alcances estéticos de un festival de poesía? ¿Cómo impacta el festival al gran público? ¿Qué tipo de público demanda el festival, es espontáneo o cautivo? ¿El festival se lleva a las universidades para conquistar lectores o para conocimiento y promoción cultural? Si el público es cautivo, en escuelas y universidades; si el evento está dirigido a estudiantes, me parece un mal ejemplo de promoción cultural. Es un ejemplo equivocado de política cultural privada. A nadie se le debe imponer lo que debe consumir culturalmente hablando y mucho menos escuchar poesía si no está programado para tal fin. La poesía no se escribe para ser escuchada, se escribe para ser leída de manera libre y espontánea. Pero además el efecto de una política cultural es fallido cuando esta se realiza de manera vertical. El verticalismo siempre ha sido odioso como práctica ideológica de la cultura. En todo momento, se hace lo que la población demanda como consumo cultural. En este caso, ¿los estudiantes dominicanos están demandando lectura de poesía? Todo lo contrario, son los propios organizadores de festivales que quieren leer poesías para cebarse en su narcisismo y sus vanidades insulsas.
En un festival de poesía hay un inusitado interés de exhibicionismo, a buena cuenta de que no es una actividad formativa, sino algo ligera e insustancial, ya que su fin es entretener. La exagerada proliferación de poetas en los últimos tiempos es lo que ha producido el llamado fenómeno de “cosificación de la poesía”, o mejor dicho, la poesía vista como un objeto. Muchas veces, escrita bajo el imperio de la moda y la exasperación que demanda la participación en el festival. Observo que la imagen, el efecto que deja grabado en la mente del público la promoción del festival, es para rendirle culto al poeta, cuando debería ser lo contrario. Aquí volvemos al problema de los nuevos tiempos: el culto a la personalidad también implica un signo extraviado de esta época.
En todos los casos, el poeta como parte del espectáculo se convierte en objeto teatral. Su poesía es la de menos envergadura, desde que este pasa a ser la pieza clave de la insigne espectacularidad.
Los llamados poetas canónicos de la poesía dominicana nunca participaron en festivales. Hoy, gracias a la modernidad y a la facilidad de los medios electrónicos y las redes sociales que han democratizado el quehacer cultural, debido a esta causa la poesía se ha convertido de buenas a primeras en objeto de entretenimiento. Esto comprende un tipo de práctica poética que peligrosamente podría llegar a generalizarse con la vigencia de la IA como fenómeno moderno de la vanguardia tecnológica.
Entre el poeta y el lector de poesía —no así el oyente— debe estar patentado el intercambio de puntos de vista, que no concurren cuando se asiste a escuchar poesía; en aras de que este anunciado intercambio pierde vigencia, toda vez que queda anulado entre ambos y en vez de llegar a consagrarse “un telón de fondo espiritual” se crea un abismo infranqueable que está lejos de conquistar la imaginación poética, cuando desaparece el espíritu creativo que lo anima.
En un festival de poesía es posible que “la visión del árbol enturbie la perspectiva del bosque”. ¿Cuál es el mal mayor en esta jornada que cada vez parece una parafernalia patológica? La idea de que la poesía en vez de ser un producto del pensamiento, formará parte de un espectáculo y siempre que aparezca de esta forma dejará de ser un culto a la belleza, a la palabra y al espíritu humanista que enriquece la vida.
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