Quiero empezar esta presentación declamando el poema “Garabatos” de José Sirís, pues considero que constituye una radiografía de todo el poemario, en tanto aborda los ejes temáticos y estilísticos que ordenan la mente del creador. En este orden, presenta la mirada como antípoda de la realidad. Dice: “se vive la realidad por su parte contraria”. No busca la superficie de las cosas; comprender el mundo supone mirar el “compás mortecino”, el arrastre de los esqueletos cotidianos y la “crónica ansiosa del suicidio”.
Muestra una identidad fragmentada: “rostro sirviéndose / de naipes frente al espejo: pinceladas / descuartizadas de quién soy”. El yo poético reconoce que su identidad no es una unidad sólida, sino un collage trunco, un conjunto de partes divididas por el desarraigo y el tiempo. Las notas de sus viajes y recuerdos no son una autobiografía ordenada, sino "pinceladas descuartizadas".
El cierre del poema denota una poética descarnada que dota a la obra de una dimensión original y humana. Al explicitar su labor, “(trabajando) en el sector salud”, rompe con la idealización romántica del poeta. Sirís baja al fango de la condición humana; su materia lírica son los “robustecidos / grises de calamitosas descom- / posiciones saturadas de parches y / excrementos”. Por tanto, Territorio del ojo representa la revelación de una voz que, en medio de la descomposición física y la soledad existencial, utiliza el lenguaje y la observación clínica no para juzgar, sino para registrar con descarnada honestidad el peso de estar vivos.

“Territorio del ojo” de Sirís supone una declaración metodológica y ontológica sobre el acto de ver, que se despliega a través de la fragmentariedad y el viaje, destacando la agudeza perceptiva del autor. La voz lírica del poemario renuncia a la contemplación pasiva de la realidad para asumir el ojo como un escarpelo: de utilidad quirúrgica, que examina y reconstruye la realidad. Nos encontramos ante una fenomenología del desastre y la cotidianidad donde el ojo reclama su espacio propio, un campo de batalla sin contendientes. De esta manera construye la geografía sensorial que transmite el asombro artístico, el peso de la memoria y la angustia por el exilio interior.
Su poemario lo sitúo en un neoexistencialismo antipoético, mostrando una clara ruptura con los dogmas poéticos y gramaticales tradicionales para involucrar al lector en la creación del poema. Pues, el yo poético describe su propia identidad y entorno como: grises de calamitosas descomposiciones saturadas de parches y excrementos; bufón permanente de la plaza; indumento de payaso solitario. De igual manera, Sirís renuncia a la perfección formal y a la armonía del lenguaje, definiendo su propia obra como una "acuarela firmemente estropeada"
El poema inicial nos introduce en una Venecia carnavalesca que pronto pierde su dimensión de postal turística para convertirse en un escenario degradado o espectral. "poca tinte gaviotas inyectando je- / ringas tenues de azul" (p. 7).
Esa tensión entre la belleza clásica (Venecia, góndolas, camelias) y la irrupción de elementos clínicos (jeringas) tipifica el procedimiento de la obra: el mirar está intervenido por una mirada que desmitifica el entorno. No hay un refugio metafísico; el sujeto lírico se reconoce suspendido en una intemperie moral y física que define como: “un alto al fue- / go a mitad de la tierra de nadie” (p. 37). Esta tierra de nadie es el espacio de desarraigo, donde los antiguos absolutos se han disuelto y solo queda la observación de la contingencia, un "péndulo marchitado en los con- / ductos extensos de la nada" (p. 37).
En este orden, el autor opera con tres mecanismos formales sumamente definidos que describen su estilo:
- Mezcla nociones de las ciencias exactas con la crudeza de lo escatológico y lo prosaico. Hace coexistir las funciones algebraicas de Leonhard Euler y el superhombre nietzscheano con la materia en descomposición. Su lenguaje no teme al asco y la fealdad, sino que la asume como parte de su texto poético. “donde compongo robustecidos / grises de calamitosas descom- / posiciones saturadas de parches y / excrementos” (p. 66).
- La estructura de los versos presenta encabalgamientos abruptos y cortes de palabras a mitad de línea ("je- / ringas", "descom- / posiciones"), lo que genera un ritmo asmático, cortado, que mimetiza la asfixia del sujeto. Asimismo, la proliferación de incisos entre paréntesis (inflando), (es), (como yo), (atracando) funciona como el desdoblamiento de una conciencia clínica que vigila, corrige y despoja al poema de cualquier desborde sentimentalista.
- El poemario se construye en un diálogo constante con la cultura universal y local. Desde las construcciones quijotescas “flaco Rocinante”, una interpretación de los héroes de Cuba “Máximo Gómez” y la evocación de la poética del dominicano Domingo Moreno Jiménez: “poesías de Domingo Moreno / Jiménez con tórax más henchido en su / terruño” (p. 73). Con quien reivindica la mirada del postumismo, aquella que busca la poesía en el paisaje propio y en lo directo.
En el poemario, el ojo no solo observa la realidad, sino que la delimita y la consume. Su espacio poético se presenta como un lugar donde la vista se desprende en un “callado rompimiento de agua y tiempo”, revelando un “péndulo marchitado en los conductos extensos de la nada”. Su mirada se reconoce en la fragmentación:
"el campo de batalla está sin contendientes en / este territorio: mi ojo no ve más que lo uní- / sono ausencia de yuxtaposiciones"
La cotidianidad se vuelve para el yo poético en una fuerza coercitiva “itinerario coercitivo” que juega a “ping pong con mis nervios” y la rutina en un estancamiento donde la identidad se diluye:
"la fuerza motriz de la costumbre no pierde un centímetro / pero (ahora) ¿dónde puedo descansar mis piernas y / mis ansias?"
Esta sensación de encierro se manifiesta en la imagen del ser como un "dado cayendo sobre un mismo cuadrado", condenado a una "ruleta vomitada de acuarela monocolor".

Por otro lado, la memoria se presenta como una “trayectoria sin hilo”, una búsqueda de “viejos monumentos temporales” que termina en una vorágine de incertidumbre. Los recuerdos se convierten en evocación del pasado que gobierna el presente.
"los recuerdos son babas gobernando las riendas / esa canción 'Beatriz' navegando dentro lentes cóncavos".
Esta reminiscencia está marcada por la pérdida, particularmente la de la madre y el hermano menor, lo que convierte el acto de recordar en un tránsito por un "viejo laberinto" donde el olvido acecha "en pocos parpadeos".
Los desplazamientos como forastero del yo poético que atraviesan Europa, Venecia, Évora, Plávdiv dejan la sensación de una “huella navegante” en una “búsqueda inédita de puertos”. Frente a la “capilla de los huesos” en Évora, donde el yo poético confronta la finitud humana asumiendo su rol de "Jasón en conformidad con la única carta sobre mesa"(p.48). Esta errancia se traduce en una pregunta existencial punzante sobre la supervivencia en el extranjero:
¿cómo vivir en Europa bajo una telaraña de centavos?
Y es que, el ojo que se mira a sí mismo solo encuentra fragmentos:
“rostro sirviéndose / de naipes frente al espejo: pinceladas / descuartizadas de quién soy” (p. 66).
Este exilio interior se manifiesta en la fatiga del cuerpo en su llegada a Viena, donde la experiencia estética ante los monumentos europeos se reduce a una desoladora síntesis: "solamente estatua y nada más", mientras el yo poético, ante el Danubio, confiesa que "olía pesada piedra". Donde lucha por la supervivencia en una dimensión trágica y sagrada en la que el individuo debe “romper camisa de / fuerza sin despedazarse" culminando con la esperanza marchita: ¿por qué se marchitó el durazno?
Mientras, otra pregunta existencial aparece desde el principio mostrando al ser humano dentro de un simulacro cuyo telón está por caer: “¿cuándo comenzará a madurar el enjambre ficticio de los actos?”, que halla su eco formal en esos "arlequines de trapos amontonados en vidrieras (sin gestos)". Y en los traumas de la migración y del devenir reflejado en la laguna veneciana masificada por el bullicio hasta convertirse en el macrocosmos del río Amazonas.
“por alguna brecha ondeada en nuestro ser / (el) Amazona arrastra todo origen y / transformación (sin hacia dónde) / (es) simplemente huella navegante búsqueda inédita de / puertos” (p. 45-46)
En definitiva, el yo poético se reconoce como un testimonio de los “surcos de mis simples deberes” aceptando el absurdo que le permite "zigzaguear sus propias abstracciones sobre el enérgico escuadrón de la soledad". Donde el ser se desvanece y se reconstruye a través de la mirada.
José Sirís nos demuestra que, en un mundo de "gritos silentes" y "monedas que se vuelven novedad", la única victoria posible del ojo es la de permanecer abierto, aunque solo sea para dar fe de la "algarabía del desastre". Y que el único espacio soberano que le queda al sujeto contemporáneo: el lugar del lenguaje. Que se convierte en resistencia frente a la polvareda del olvido y la disolución del ser. De esta manera, Territorio del ojo se erige en una obra imprescindible para entender la soledad del hombre contemporáneo frente al espejo de su propia historia.
Compartir esta nota