Desde la colonia, los autores escritores redactaron o escribieron textos relativos a sus modos de vida y al acontecer histórico de la época. Lo costumbrista está ligado necesariamente a las tradiciones populares, de tal manera que se gesta a partir de allí una literatura oral donde aparecen estilos de lengua, géneros y subgéneros que, de manera informal, dan vida a la literatura o al fenómeno literario.
Entre proverbios, refraneros, romances, adivinanzas y motes, poesías y relatos basados en temperamentos y formas de vida, se va formando una literatura oral que, poco a poco, servirá de base a la llamada literatura de arte o literatura culta escrita.
Dícese que los oradores, gobernadores, cronistas o escribas trajeron a la isla sus costumbres que pudieron transmitir desde una línea escrituraria que tiene su determinación mediante la influencia española.
En el proceso de continuidad de la literatura dominicana, la noción de costumbre propicia una visión local del hombre en su manifestación medieval, esto es, en la vida cuyo movimiento es la encarnación misma de sus valores.
El estilo costumbrista se perfila desde el marco regional y desde la capacidad del sujeto de pronunciar sus temas y valores; esto se puede advertir en la actitud y la obra de creadores como Tomás Morel, Eulogio Cabral, Miguel Ángel Jiménez, Tomás Hernández Franco, Juan Antonio Alix y otros, quienes continúan la tendencia de los costumbristas españoles y sus formas vehiculares.
La razón histórica de creación de una literatura costumbrista descansa entonces en la posibilidad de la lengua popular y también en la tradición de una oralidad proverbial, narrativa y poética.
La literatura dominicana, desde las colecciones de Manuel Andrade, Emilio Rodríguez Demorizi, Emma Garrido Bogg y Flérida de Nolasco, pretende universalizar los valores folklóricos y las tentativas del marco literario en su especialidad local, a través de producciones cuyos valores acentúan las variadas temáticas de la cultura popular dominicana.
Cultura popular
Como toda literatura de orígenes, la literatura popular se constituye desde la lengua y el discurso originario de las diversas comunidades regionales junto a los constituyentes y elementos tradicionales; se suman los universos, representaciones y hablares con una carga de cultura autóctona que se expresa a través de los agentes activos y pasivos de la cultura.
Se ha creído que las culturas populares son culturas subalternas frente a la cultura oficial, pues la segunda utiliza el documento escrito o el texto, y la primera, la expresión oral o paratextual. Mientras la cultura oficial se fundamenta en el escrito, la cultura popular se fundamenta en la acción del habla o hablares. Se instituye aquí una dialéctica de la cultura que genera escritura y oralidad como tipos manifestativos humanos.
La literatura dominicana, en su forma escrita, tiene una base eminentemente popular y asimila los elementos temáticos propios de lo urbano y la oralidad popular. En cambio, existen manifestaciones paraliterarias y propiamente populares que funcionan en tanto que formas poéticas y narrativas cuya fuente es la tradicionalidad (activa-dinámica).
El proverbio, la adivinanza, la canción de cuna, los cantos agrarios, cantos de fecundación, cuentos de ancianos, cuentos de hadas, acertijos, etc., conforman una manifestación paremiológica de tipo oral cuyo significado es y seguirá siendo originario en el vasto campo de las culturas populares y regionales.
Es así como muchos versificadores populares, poetas y narradores llamados “cultos” producen una policulturalidad de la acción comunitaria, pero también de la representatividad social (Juan Antonio Alix, Eulogio Cabral, Tomás Morel junto a Manuel del Cabral, Pedro Mir, Juan Bosch y otros), configuran los diversos tipos y maneras populares a través de la lengua denominada literaria y sus diversos registros de popularidad. Estos autores producen, además, un universo colectivo e individual cuyas direcciones se unifican en un mapa literario y cultural específico. Se genera una cartografía que reconoce la poesía y la oralidad narrativa en sus múltiples ramificaciones.
Existe, en definitiva, una relación necesaria entre literatura y cultura popular en la República Dominicana, debido a que las producciones señaladas se fundamentan en las posibilidades de los dialectos, pero además en las creaciones culturales de los autores dominicanos que han logrado construir su universo y la representatividad popular y literaria a través de los discursos genéricos de la oralidad.
La oralidad cultural
Todos los fenómenos de la tradición poética y narrativa transmitidos de un sujeto a otro o de una comunidad a otra comunidad pueden enmarcarse en el concepto de oralidad cultural.
La oralidad cultural es un fenómeno aglutinante de formas poéticas y narrativas cuyo soporte principal es el conjunto de signos y significados de la cultura. Podemos decir entonces que los textos carnavalescos del Sur y el Noroeste del país, así como las santerías, los milagros, las décimas, los cuentos de ancianos, el proverbio, la adivinanza, el refranero y el pregón constituyen el espacio cultural de la oralidad dominicana y caribeña.
Desde los tiempos de la colonia, la oralidad cultural se instituye a través de españoles nativos, negros esclavos y libertos, que entonan para las labores de trabajo textos tradicionales de su progenitor cultural.
Como bien apunta Pedro Henríquez Ureña en su ensayo Poesía popular, los cantores populares, cuentistas y decimeros inician desde la colonia un movimiento de cultura y tradición con amplios significados en el contexto de la lengua y de la historia, haciendo participar los contenidos culturales como tipos específicos de una cultura del signo unificada en los informadores o intérpretes culturales.
El trabajo de folkloristas como Fradique Lizardo Barinas, Flérida de Nolasco y Tomás Morel, así como el de estudiosos de la literatura escrita como Emilio Rodríguez Demorizi, atestiguan una continuidad específica del Caribe hispánico cuyos contenidos permanecen vivos en la memoria colectiva dominicana.

La colección Andrade del folklore poético y narrativo, publicada por la Editora de la Universidad de Santo Domingo y más tarde por la Sociedad de Bibliófilos, aporta para los estudios sobre la oralidad un material útil a la investigación de nuestra cultura popular y a la historia de la poesía oral y del cuento. Estos elementos de cultura se reconocen a través de los signos y de las marcas de la tradición, cuyas bases pueden encontrarse en toda la oralidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como en la religión griega arcaica y en los misterios populares medievales.
Las diversas técnicas utilizadas hoy por los investigadores e informadores de la literatura oral persiguen no solamente las temáticas propias de cada formación, sino que además destacan las estructuras internas y externas de la imaginación material y del fondo mítico utilizado por el poeta popular y por el narrador de tradiciones
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