Fe que actúa

Hay una forma de fe que no se anuncia.

No necesita micrófonos ni escenarios.

No se exhibe.

Pero sostiene.

Es la fe de todos los días:

la que habita en lo sencillo,

la que no interrumpe la vida,

pero la acompaña en silencio.

A veces aparece temprano, antes de empezar el día.

Me detengo un momento. Respiro. Dejo que el silencio me habite.

Y en ese breve instante, confío sin palabras lo que llevo por dentro.

Eso también es fe.

No siempre hay frases luminosas.

A veces solo hay un suspiro,

una mirada hacia adentro,

una confianza serena.

Y en ese silencio, algo cambia.

No siempre cambia lo que ocurre afuera, pero sí la forma de enfrentarlo.

La fe cotidiana no es discurso: es práctica.

Un gesto pequeño que se repite.

Una manera distinta de comenzar el día.

Para algunos es claridad.

Para otros, consuelo.

Para muchos, simplemente la fuerza para continuar.

Como si, en medio del ruido,

una voz suave orientara.

Como si, en lo más simple,

una presencia acompañara.

Esa fe no nace completa.

Crece.

Comienza, muchas veces, como una necesidad, como un impulso en medio de la dificultad.

Pero con el tiempo se vuelve algo más hondo: una relación, una confianza que se fortalece con lo vivido, con lo aprendido, con lo resistido.

No es perfecta.

Pero es verdadera.

Y atraviesa la historia personal de cada quien.

También hay momentos en que esa fe se pone a prueba.

Momentos de silencio más exigentes: cuando no se entiende lo que pasa, cuando no hay respuestas, cuando se sigue creyendo sin ver.

Por eso la Semana Santa tiene un sentido especial.

Porque no solo habla del dolor.

Habla del silencio.

Del silencio del prado y las montañas.

Del silencio de la cruz.

Del silencio de quien confía incluso en medio del abandono.

Un silencio que no es vacío.

Es tránsito.

Jesucristo lo vivió así: no desde respuestas claras, sino desde la entrega.

Y en ese acto deja una enseñanza esencial: confiar, incluso cuando no todo se entiende.

Esa experiencia también forma parte de nuestra historia.

En la vida dominicana, la fe ha sido compañía en tiempos difíciles: en la escasez, en la incertidumbre, en la lucha.

En muchas casas, la fe no ha sido teoría.

Ha sido vida.

Una oración breve.

Una luz encendida.

Una palabra repetida con esperanza.

No como escape, como sostén.

Esa forma de creer no hace ruido,

pero permanece.

No se impone, pero acompaña.

Sin embargo, hay algo que no debe olvidarse:

La fe no es solo sentir.

La fe es vivir.

Porque una fe que no se traduce en acciones -en ayudar, en hacer lo justo, en actuar con rectitud- queda incompleta.

Se vuelve palabra sin cuerpo.

La tradición cristiana lo expresa con claridad: así como un cuerpo sin vida no sirve, una fe sin obras pierde su sentido.

No porque las obras sustituyan la fe,

sino porque la revelan.

Creer es confiar.

Pero también es actuar desde esa confianza.

Es tratar bien al otro.

Es hacer lo correcto, incluso cuando cuesta.

Es no permanecer indiferente ante lo que debe cambiar.

Por eso conviene distinguir:

Confiar no es resignarse.

Creer no es dejar de actuar.

La fe verdadera no adormece.

Despierta.

Acompaña la vida, pero también la impulsa.

Sostiene, pero también mueve.

Por eso es necesario recordarlo:

La fe da paz.

La fe orienta.

La fe sostiene.

Pero también llama hacer el bien, a ser mejores.

A no aceptar lo injusto como normal.

Porque cuando la fe se reduce a consuelo, se debilita.

Pero cuando se convierte en vida, transforma.

Al final, la fe de todos los días es esa que casi no se ve, pero está.

La que no hace ruido, pero ilumina.

La que no se impone, pero cambia.

La que crece lentamente, hasta volverse una confianza profunda.

Y que, en silencio, no solo sostiene la vida… sino que la mejora y la comparte con los demás.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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