Con aprecio y respeto a Nadal Walcot y Norberto James Rawlings

En la barca frágil de la esperanza,
zarparon hacia lo desconocido,
con el pulso tembloroso del que sueña
y la firmeza silenciosa
del que no tiene más patria
que el latido que carga en el pecho.
El mar,
ese espejo interminable donde se doblan las fronteras,
les habló con lenguas antiguas,
les contó de las islas que desaparecen,
de los soles que se apagan,
de las arenas que guardan huellas
que ningún oleaje logra borrar.
Pero ellos,
herederos del viento,
alzaron sus cuerpos como estandartes de memoria,
dejaron que sus sombras se llenaran de tambor
y que la brisa les dibujara en la piel
los nombres secretos de los que vinieron antes.
Cruzaron noches donde la luna
se entumecía de soledad,
y días en que el horizonte
era apenas una cicatriz hecha de luz.
No pidieron permiso,
la historia nunca lo dio.
No pidieron perdón,
los que buscan un mañana
no pueden cargar con culpas inventadas.
Migraron con las manos vacías,
pero dentro de ellas viajaban
los cantos, los ritos, las risas,
los pasos que resistieron latigazos y silencios,
las palabras nacidas del maíz, del agua y de la sal.
Y cuando al fin tocaron tierra,
no fue la tierra quien los recibió,
sino el eco de sus propias voces
abriéndose camino en un territorio nuevo.
Porque ninguna frontera
puede detener lo que el espíritu decide recordar.
Hoy caminan,
como faros encendidos en mitad del mundo,
con los pies llenos de lodo y de historia,
pero con la mirada alta,
como quien ha aprendido
que migrar también es sembrar,
y resistir es otra forma
de devolverle al viento su promesa.
Herederos del viento,
aquellos que avanzan
aunque el horizonte tiemble,
aquellos que saben
que ningún viaje es destierro
cuando la memoria navega con uno.
Y mientras el mundo gira,
ellos siguen,
barca adentro, alma afuera,
tejiendo un camino
que ninguna tempestad logrará borrar.
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