La poesía es el estilo de una imagen; la filosofía, el estilo de un pensamiento. La poesía se escribe para ser leída, o más bien, leída para ser oída y disfrutada; en cambio, la filosofía se escribe para ser pensada y aplicada. Ambas son géneros literarios, en especial cuando la filosofía está bien escrita, estilísticamente bien pensada. Para referirse al arte de escribir del filósofo, Derrida dice:

Su arte, no es en absoluto como lo es el de los poetas, el arte de abusar de la resonancia de las palabras; especula con una especie de fe en la existencia de un valor absoluto y aislable de sus sentidos (Derrida 1994, 334).

En efecto, el arte poético busca hacer que las palabras hablen, se comuniquen, dialoguen entre sí, se busquen a sí mismas y resuenen en el oído musical del poeta; es una "soledad sonora" (Juan Ramón Jiménez), una "música callada" (san Juan de la Cruz). El poeta busca un ritmo verbal para hacer de las palabras una caja de resonancias de la intuición y la emoción. El filósofo, en cambio, usa la palabra como teatro del pensamiento para extraer de ellas sentidos, ideas intelectivas. De ahí que para Derrida:

La filosofía se escribe desde el momento en que sus operaciones y sus formas ya no son solamente orientadas y vigiladas por la ley del sentido, del pensamiento y del ser, en la verdad que habla para decir Yo lo más cerca posible de la fuente o el pozo (Derrida 1994, 335).

La filosofía busca representar la conceptualización del pensamiento, en tanto que el poeta persigue representar la "intuición del instante" (Bachelard), la imagen metaforizada, en un acto de percepción. La metáfora también es una forma de conocimiento o una manera de aproximarse al mundo con mirada abstracta, subjetiva y simbólica. Para el pensador francés Derrida:

No son simples idealizaciones que parten, como cohetes, para estallar en el cielo desplegando su insignificancia, sino que, al contrario, las metáforas se apelan y se coordinan más que las sensaciones, hasta el punto que un espíritu poético es pura y simplemente una sintaxis de metáforas" (el subrayado es nuestro). Cada poeta –sigue diciendo el filósofo– debería entonces dar lugar a un diagrama que indicaría el sentido y la simetría de sus coordinaciones metafóricas, exactamente como el diagrama de una flor fija el sentido y la simetría de su acción floral. No hay flor real sin esta convivencia geométrica. De la misma manera, no hay floración poética sin una cierta síntesis de imágenes poéticas. No sería necesario, sin embargo, ver en esta tesis una voluntad de limitar la libertad poética, de imponer una lógica, o una realidad, que es lo mismo, a la creación del poeta. Es después, objetivamente, después de la expansión, cuando creemos descubrir el realismo y la lógica íntima de una obra poética. A veces imágenes verdaderamente diversas, que se creían hostiles, heteróclitas, disolventes, vienen a fundirse en una imagen adorable (Derrida 1994, 304-305).

Juan Ramón Jiménez.

La metaforización no tiene límites, pues nace del poder de la imaginación, con sus elucubraciones y cavilaciones. Como figura literaria, la metáfora crea un registro de símbolos, a partir de un juego sintáctico y semántico. Toda metáfora tiene una gramática, una sintaxis, en el discurso poético. En la filosofía, el sistema también tiene un sentido conceptual, en un discurso que parece no metafórico, como el de la filosofía. El lenguaje filosófico tiene una especificidad, un orden racional, pero en algunos filósofos tiene resonancias metafóricas. La filosofía busca la verdad, en una sintaxis que apunta a un sentido racional. El concepto filosófico de su lenguaje articula un decir que explora en el significado de las ideas, como la imagen poética, que bucea en los sentidos connotativos de las palabras. Los filósofos, que edificaron catedrales de sistemas de pensamientos, como Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel, Marx, Husserl y Heidegger, elaboraron una sintaxis lógica, cuyo espíritu de sistema pretendía fundar ideologías, o "grandes relatos" —como diría Lyotard—, que sirviera de límite, totalidad y finitud a toda tentativa por definir la realidad y el mundo de las ideas. En cambio, en los poetas, el intento o la ambición no reside en fundar sistemas ideológicos, sino en postular metáforas para poetizar lo posible y lo invisible. En ese sentido, Derrida sentencia:

Si no hubiera más que una metáfora posible, sueño en el fondo de la filosofía, si pudiéramos reducir su juego al círculo de una familia o de un grupo de metáforas, incluso a una metáfora "central", "fundamental", "de principio", no habría ya verdadera metáfora; solamente a través de una metáfora verdadera, la legibilidad asegurada de lo propio (Derrida 1994, 307).

Lo primero fue la metáfora; luego vendría el concepto. El hombre aprendió primero a metaforizar, antes que a conceptualizar; aprendió a hablar en lenguaje figurado, con la pasión de su espíritu. Así pues, la metáfora devino representación poética de la realidad por la palabra, en su origen prístino. Desde la ascesis (o revelación) del mundo en imágenes hasta la anamnesis (o memoria), el poeta no busca fundar un universo de ideas sino de palabras, aunque poblado de fantasías, luces y símbolos. El poeta es un intérprete de los signos del mundo y el primero en hablar en tropos, movido por sus pasiones y atribulado por los mitos. Así pues, para Jacques Derrida:

Uno de estos trayectos sigue la línea de una resistencia a la diseminación de lo metafórico en una sintáctica que comporta en alguna parte e inicialmente una pérdida irreductible del sentido: es el relevo metafísico de la metáfora en el sentido propio del ser. La generalización de la metáfora puede significar esta parusía. La metáfora es entonces comprendida por la metafísica como aquello que debe retirarse en el horizonte o en el fondo propio y acabar por reencontrar allí el origen de su verdad (Derrida 1994, 308).

Toda metáfora es ambigua. Con su uso, el poeta gana en sentido, rompiendo el orden del sentido de la intuición. En el filósofo hay una vocación teleológica; en el poeta, una vocación apasionada solo en nombrar lo invisible. La intuición de la poesía busca un conocimiento; el concepto de la filosofía busca también conocimiento, pero el conocimiento que logramos a través de la poesía es una forma especial del lenguaje, en que se alcanza una síntesis en estado de tensión sensible y simbólica.

En ese orden del discurso, Derrida enfatiza:

La metáfora es, pues, determinada por la filosofía como pérdida provisoria del sentido, economía sin daño irreparable de propiedad, rodeo ciertamente inevitable, pero historia con vistas y en el horizonte de la reapropiación filosófica siempre ha sido ambigua: la metáfora es amenazante y extraña (visión y contacto), al concepto (incautación o presencia propia del significado), a la ciencia (proximidad de la presencia para sí); pero es cómplice de lo que amenaza, le es necesaria en la medida en que el rodeo es una vuelta conducida por la función de parecido (mimesis y homoiosis), bajo la ley de lo mismo. La oposición de la intuición, del concepto y del conocimiento no tiene ya en este punto ninguna pertinencia. Estos tres valores pertenecen al orden y al movimiento del sentido. Como la metáfora (Derrida, 1994, 310).

La tarea de la poesía es que no tiene tarea, contrario a la filosofía, cuya tarea consiste en convertir las palabras en conceptos, en un combate tenaz para producir y generar conocimiento filosófico. "En la poesía, por el contrario, lo esencial es vivir las palabras en toda su virginal plenitud de sentido y plasticidad; la intuición se eleva sobre la comprensión, la imagen sobre el concepto" (Pfeiffer 1966, 27). Entre el asombro que pare el conocimiento poético y el concepto que crea el conocimiento filosófico se produce una relación entre la ciencia y el arte y una separación en la función del lenguaje, y de ahí que filosofar y poetizar devienen actos de pensamiento, acciones del intelecto que actúan como imán de atracción, de fuerzas creativas que se machihembran en biunívoca pasión. En ese tenor, Johannes Pfeiffer afirma:

Por su parte, el pensamiento científico y filosófico aspira forzosamente a expurgar el lenguaje de cuanto pueda tener de imagen. Es verdad que tanto la poesía como la filosofía se contraponen a la conciencia idiomática de lo común y cotidiano, al no desentenderse, como lo hace este, de la oculta profundidad de la palabra. El asombro que sobrecoge al hombre que filosofa es precisamente el asombro con que le sobrecoge la secreta sabiduría del lenguaje; si el hombre se pone a filosofar es para rastrear el conocimiento del ser que vislumbra escondido en lo hondo de las palabras (Pfeiffer 1966, 26).

La poesía lucha con el tiempo para ser, para afirmarse como tal, en tanto que la filosofía no tiene que vérsela con el tiempo puesto que no es un arte temporal. Es, más bien, una disciplina científica, que nació del asombro, pero se distanció de este para hacerse racional: de su amor a la sabiduría se transformó en un saber que busca la verdad de las cosas, de los entes y del sentido de la vida. La poesía es signo en movimiento; la filosofía, concepto que no aspira a simbolizar, como la poesía, sino a fundar una razón a las cosas del mundo real y visible. La poesía tiene promesa de nombrar y cantar al mundo sensible. En la poesía importa la imagen, la plasticidad de las palabras, en su ritmo vital y musical, en su esencia proteica. El lenguaje poético está poblado de resonancias magnéticas, en su ritmo, el cual se articula sintácticamente en formas de encabalgamientos, en su disposición en la página, en las cadencias de sus palabras, en los silencios, etc., que le confieren al poema la virtud de ser un cuerpo estético dinámico.

La metáfora poética es el producto de la articulación de una comparación espontánea entre dos palabras, que en la realidad no tienen ningún vínculo, pero que en la textualidad del poema adopta un sentido relacional mágico, arbitrario y estético. "Así, la metáfora poética logra fundir en unidad convincente imágenes que en la experiencia están separadas, y hasta son incompatibles" (Pfeiffer 1966, 39). La poesía logra captar una totalidad simbólica de lo existente del mundo visible, en un golpe de mirada. Con la poesía el poeta puede percibir una imagen de lo moviente, en un tiempo en rotación. "Lo que la poesía quiere decirnos no lo captamos con la mirada fija en el tema y el motivo, sino entregándonos al modo de presentación henchida de temple de ánimo y de su atemperada significación" (Pfeiffer 1966, 50). Con su atildado énfasis en la metáfora, como figura esencial de connotación, la poesía hace visible la imagen del tiempo, y es anatomía del ser. Es decir, la poesía hace patente una actitud del hombre ante el mundo, a través de su atemperada hondura esencial. Así pues, Pfeiffer destaca:

El marco métrico se llena de palpitante vitalidad, y en todo se respira una profunda pena; las imágenes se convierten en símbolos de una nostalgia trascendental; del discurso reflexivo se ha pasado a un lenguaje de cautivador ritmo y simbólica configuración (Pfeiffer 1966, 86).

La poesía busca la iluminación del ser con la palabra del mundo y funda un paraíso estético de símbolos sagrados: el poeta le da forma al vacío del tiempo. Para Pfeiffer, entre otras cosas:

…La poesía no es distracción, sino iluminación del ser, no claridad del entendimiento, sino verdad del sentimiento; y que en la poesía no importa la forma "bella", sino la forma "significativa", eso es lo queremos mostrar otra vez, adiestrando de nuevo la mirada y acrecentando la sensibilidad con una repetición ampliada de lo que ya hemos visto anteriormente (Pfeiffer 1966, 90-91).

La poesía da corporeidad a lo invisible, en su voluntad de imitación del logos: busca representar el vacío y darle forma a las imágenes arquetípicas. Desvela los simulacros de cosas estereotipadas: se vuelve impulso anímico de la creación. Plasma verbalmente los instantes rítmicos de las palabras en su voluntad ficticia, en sus efluvios creativos. Esto significa que la poesía "dice" más de lo que "enuncia". "No importa el contenido que una poesía pueda ofrecernos, ni las ideas que exponga, ni la ideología que profese; lo que importa es su realización verbal" (Pfeiffer 1966, 53).

En la composición del poema hay una concentración del sentimiento y la iluminación. No es análisis sino síntesis imaginativa de la creación por la palabra que emana del asombro. "Es decir, que lo poético, con su autonomía estética, se somete a una norma supraestética, a la totalidad ético-metafísica de lo humano" (Pfeiffer 1966, 91). La actitud poética se transfigura en movimiento verbal, en tanto esencia del fenómeno poético en su conjunto. Johannes Pfeiffer nos dice que:

La poesía ilumina no poco de aquella oculta profundidad esencial de nuestra Existencia (de ahí su verdad), y la ilumina directamente por la plasmación (de ahí su belleza). Quien considere la belleza poética desde un punto de vista exterior, como una lograda solución a ciertos problemas de artesanía, hará de la poesía algo superfluo. La verdadera poesía no es veraz en el sentido intelectual, ni es bella en el sentido de la artesanía, sino que por el hecho de "plasmar bellamente" es también una manera de apoderarse de la verdad (Pfeiffer 1966, 100).

Cuando se refiere a la poesía de fray Luis de León, Pfeiffer señala lo que sigue:

Solo puede llegar a poseer la verdad poética quien se sumerja en la vida de la forma; y de la forma poética solo se adueñará quien se hunda en la verdad en ella vivificada. Lo que nos proporciona mayor claridad y conciencia de las raíces del ser no es un esfuerzo mental, sino el don de la poetización simbólica y no por medio de una generalidad de orden conceptual, sino por una unicidad de orden imaginativo (Pfeiffer 1966, 103).

La poesía se escribe en un instante de goce creativo, en un acto de placer, de pathos con el logos. Hay pues un ayuntamiento verbal entre el pensamiento y lo estético; la poesía es, a la vez, trabajo y juego. Lo lúdico y lo intelectual se matrimonian en un diálogo lírico; es potencia del sentimiento y concentración lírica; es libertad y apego: vuelo y cálculo. El error de los dadaístas y los surrealistas fue hacer predominar el azar sobre el cálculo. Si la poesía es diálogo y habla, también es soliloquio: autobiografía. Sentencia Pfeiffer, como conclusión:

Tal es la virtud de la poesía: revelar el ser de la Existencia no como algo pensado en general, sino como algo que se ha vivido una única vez; no como una cosa en la que se medita abstractamente, sino como ser concretamente contemplado. Y esto es lo que nos da la poesía: atemperada iluminación del ser y poetización imaginativa del ser en el seno del lenguaje plasmador (Pfeiffer 1966, 117).

La noción horaciana Ut pictura poiesis recrea la vieja idea de que la poesía es una pintura que habla, en la que el paisaje se convierte en música y espejo de la creación, fuente seminal de la imaginación. Como juego del sentimiento, la poesía es además interpretación del espacio visual y de la música del silencio. Pero el poeta trasciende lo meramente sentimental, aun el poeta lírico o el romántico. No solo se queda en la pura delectación contemplativa, sino que destina su imaginación a la creación de formas simbólicas que brotan del placer y la pasión, del dolor y la alegría, de la luz y la sombra.

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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