Cada inicio de año escolar representa mucho más que la apertura de las puertas de una escuela. En la República Dominicana históricamente el regreso a las aulas constituye un acontecimiento social que involucra a millones de estudiantes, familias, docentes, técnicos, directivos y comunidades. Este lunes 24 de agosto, más de dos millones de estudiantes están convocados a regresar a las aulas para iniciar el año escolar 2026-2027. Detrás de esa fecha siempre existe un proceso de preparación y ambientación que comienza mucho antes: habilitación y mantenimiento de centros educativos, organización de cupos, jornada de formación del personal docente, distribución de utilería y otras acciones destinadas a garantizar mejores condiciones para el aprendizaje.
El Ministerio de Educación da informado que en las jornadas nacional de verano participaron más de 90,000 docentes, con el propósito de fortalecer las prácticas pedagógicas y generar mejores oportunidades de aprendizaje, por igual las autoridades educativas anunciaron la distribución de millones de útiles escolares y uniformes para beneficiar a 1,806,872 estudiantes de 6,577 centros educativos mediante la entrega gratuita. También se ha informado de la incorporación de nuevas aulas y de intervenciones de mantenimiento en numerosos planteles.
Son acciones que merecen ser reconocidas y acompañadas, aunque claro que sabemos hace falta más. La educación no tiene color ni partido. Una buena apuesta por la educación nos beneficia a todos. Cuando una niña o un niño aprende a leer, cuando un adolescente descubre una vocación, cuando un joven desarrolla pensamiento crítico o cuando una escuela se convierte en un espacio seguro, los beneficios trascienden las paredes del centro educativo. Por eso, apoyar la educación debe ser una responsabilidad colectiva, sin renunciar por ello a la necesaria exigencia de calidad, transparencia y resultados.
Pero precisamente ante todo este esfuerzo surge una pregunta que considero más profunda plantearnos sobre todo quienes estamos involucrado en el mundo educativo: ¿qué esperamos que ocurra dentro de esas aulas? ¿Qué tipo de ser humano queremos formar? ¿Queremos solamente estudiantes capaces de responder pruebas y acumular conocimientos o personas capaces de ser, hacer, convivir, pensar críticamente y construir futuro?
Es aquí donde propongo introducir al debate una categoría que puede parecer cotidiana, pero que posee una profunda dimensión filosófica y pedagógica: la esperanza.
La esperanza como categoría pedagógica
Hablar de esperanza en educación no significa recurrir a un discurso sentimental. Desde la perspectiva del gran pedagogo y humanista brasileño Paulo Freire, la esperanza constituye una dimensión fundamental de la existencia humana y de la práctica educativa. En Pedagogía de la esperanza, Freire (1994) sostiene que la esperanza es una necesidad ontológica, pero advierte que no puede convertirse en espera pasiva. Necesita vincularse con la práctica para adquirir concreción histórica.
Freire lo expresa con claridad: “Sin un mínimo de esperanza, no podemos siquiera comenzar la lucha” (1994, p. 9). Pero el propio autor advierte que la esperanza, separada de la acción, puede perder su sentido y convertirse en desesperanza. La esperanza freireana es, por tanto, crítica, activa y transformadora. Esta concepción permite entender la esperanza como una categoría pedagógica. Cada vez que un maestro enseña, existe detrás de su práctica una determinada concepción del futuro. Cuando una docente enseña a leer, no está simplemente transmitiendo una competencia: está ampliando el mundo posible de un niño. Cuando un profesor estimula a un estudiante que enfrenta dificultades, está afirmando que sus circunstancias presentes no determinan completamente aquello que puede llegar a ser.
Educar desde la esperanza significa, entonces, reconocer al estudiante como sujeto de posibilidad, ya que la escuela no debe enseñar únicamente a adaptarse al mundo existente. También debe proporcionar herramientas para comprenderlo, cuestionarlo y participar en su transformación. En este sentido, la esperanza no es ingenuidad; es la convicción de que el presente puede ser transformado mediante el conocimiento, el diálogo y la acción.
Del saber al ser y al saber hacer
Esta perspectiva encuentra un importante punto de encuentro con la propuesta educativa de UNESCO. El informe de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI, presidida por Jacques Delors, que plantea cuatro pilares fundamentales: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser (Delors et al., 1996).
Estos pilares permiten superar una visión reducida de la educación centrada exclusivamente en la acumulación de conocimientos. Aprender a conocer implica desarrollar instrumentos para comprender; aprender a hacer supone adquirir capacidades para actuar, resolver problemas y trabajar con otros; aprender a vivir juntos implica reconocer la interdependencia y la diversidad; y aprender a ser apunta al desarrollo integral de la persona, su autonomía, juicio y responsabilidad. UNESCO continúa reconociendo la vigencia de estos pilares dentro de una concepción integrada y humanista de la educación.
Desde esta perspectiva, podemos pensar la escuela como un espacio del ser y del saber hacer. No basta con que el estudiante conozca un contenido: debe poder relacionarlo con su realidad, utilizarlo, discutirlo y convertirlo en una herramienta para la vida. Esta noción adquiere especial importancia en el contexto actual, marcado por la transformación tecnológica y la inteligencia artificial. La escuela ya no puede competir con las tecnologías en la velocidad para producir información. Su tarea es formar personas capaces de preguntar, discernir, interpretar, crear, convivir y tomar decisiones responsables.
UNESCO plantea precisamente la necesidad de repensar la educación como un bien común y construir un nuevo contrato social basado en la cooperación, la solidaridad, la justicia y la dignidad humana (UNESCO, 2021). El desafío consiste, entonces, en utilizar las transformaciones tecnológicas para ampliar las posibilidades humanas y no para desplazar la relación humana que constituye el corazón de todo proceso educativo.
Una escuela humanista
Una pedagogía de la esperanza necesita ser también una pedagogía humanista, ya que antes que estudiantes, tenemos personas. Cada niño, niña y adolescente llega a la escuela con una historia, una familia, una cultura, una memoria, un territorio y experiencias que influyen en su manera de aprender. Nadie llega culturalmente vacío al aula. Desde una mirada de la antropología educativa, esto significa que educar también implica reconocer al estudiante como sujeto cultural.
La pregunta no debería ser únicamente “¿qué sabe?”, sino también “¿desde dónde conoce?”. Sus experiencias familiares y comunitarias, sus formas de hablar, sus conocimientos cotidianos y su relación con el territorio forman parte de la persona que entra cada mañana al aula. Por ello, una educación humanista no puede confundir diferencia con déficit. Debe convertir la diversidad en una posibilidad de aprendizaje y de convivencia.
En este sentido, resulta especialmente significativa la decisión anunciada para el nuevo año escolar de fortalecer la presencia de psicólogos y orientadores en las escuelas públicas. El Ministerio de Educación dispuso reducir de 300 a 150 estudiantes el parámetro de atención por cada psicólogo u orientador, con el propósito de ampliar el acompañamiento relacionado con salud mental, bienestar y convivencia escolar, así como ampliar el personal que trabaja en el ara de seguridad escolar, obviamente que estos entes que se integran requieren formación sobre temas de convivencia escolar en los que incluso debe integrarse conocer del nuevo Código Penal que rige en el país.
Estas nuevas medidas del ministerio no pueden interpretarse meramente como administrativas. Tienen una dimensión profundamente pedagógica, ya que el bienestar también educa. Un estudiante necesita conocimientos, pero también necesita sentirse escuchado, seguro y reconocido. La escuela no puede resolver todos los problemas sociales, pero sí puede convertirse en un espacio donde un niño/a o adolescente encuentre acompañamiento, orientación y posibilidades. De esto también habla la pedagogía de la esperanza.
Educar para construir futuro
La esperanza pedagógica adquiere sentido cuando entendemos que educar es apostar por un futuro que todavía no existe. Freire (1994) nos recuerda que la esperanza necesita de la práctica. UNESCO (2021), por su parte, invita a reimaginar la educación para hacer posibles futuros más justos, equitativos y sostenibles. Entre ambas perspectivas existe una coincidencia fundamental: el futuro no está completamente determinado; la educación participa en su construcción.
Por eso, una pedagogía de la esperanza no promete que todo será fácil. Enseña que las dificultades no tienen necesariamente la última palabra. La esperanza aparece cuando un maestro mira a un estudiante y no observa únicamente lo que es hoy, sino también aquello que puede llegar a ser. De ahí que el inicio del año escolar deba convocarnos a todos/as. Las autoridades tienen responsabilidades concretas; los docentes necesitan condiciones adecuadas; las familias requieren apoyo; y los estudiantes necesitan escuelas preparadas, materiales, alimentación, transporte, acompañamiento y oportunidades.
Pero la educación también necesita ciudadanía. Necesita que comprendamos que no pertenece exclusivamente a un gobierno, a un partido, a un ministerio o a una escuela. La educación es un asunto nacional. La educación no tiene color ni partido porque sus frutos tampoco los tienen. Cuando un estudiante aprende, todos ganamos. Cuando una escuela funciona, gana la comunidad. Cuando una generación desarrolla pensamiento crítico, responsabilidad y solidaridad, gana la democracia. Por eso, este nuevo año escolar debe ser acompañado con responsabilidad, esperanza y compromiso.
El aula como un surco en flor
Hay una dimensión profundamente simbólica en cada inicio de año escolar. Durante mis años de escuela primaria, el primer día de clases tenía también su propia música. En la Escuela Primaria Héctor Inchaustegui Cabral, hoy Escuela 24 de Abril, en el sector 24 de Abril del Distrito Nacional, cantábamos una canción que anunciaba el regreso a las aulas:
«“Un mensaje de alegría
nuestra Patria escucha hoy,
y es que unidas nuestras voces
le cantamos al amor,
porque la escuela comienza,
es tiempo del sembrador;
se renuevan las amistades,
el aula es un surco en flor.”»
Hoy, muchos años después, aquellas palabras adquieren otro significado y se sigue cantando, ya que si cantamos a escuela la patria se eleva. El aula como surco en flor es una poderosa metáfora de la educación, porque enseñar es sembrar. Se siembra conocimiento, pero también confianza. Se siembra disciplina, pero también autonomía. Se siembra pensamiento crítico, pero también solidaridad. Se siembra capacidad para hacer, pero también capacidad para ser.
Eso es, en última instancia, la esperanza pedagógica: reconocer que cada estudiante representa una posibilidad abierta. Al comenzar este nuevo año escolar, no llenemos solamente las aulas de contenidos. Llenémoslas de posibilidades.
Que nuestros estudiantes encuentren escuelas preparadas, pero también maestros que crean en ellos. Que encuentren libros y útiles, pero también palabras que los animen. Que encuentren tecnología, pero también humanidad. Que encuentren normas, pero también escucha, pero sobre todo que encuentren esperanza. Porque cuando una sociedad educa con esperanza, no solamente prepara estudiantes y prepara ciudadanos/as capaces de construir el país que soñamos y hasta realizamos algunos sueños como dice San Pedo Poveda.
La escuela comienza. Es tiempo del sembrador. Y cada aula puede volver a ser, como aquella canción de mi infancia, un surco en flor. ¡A las clases, que ya es hora! Hasta la próxima semana.
Referencias
Delors, J., Al Mufti, I., Amagi, I., Carneiro, R., Chung, F., Geremek, B., Gorham, W., Kornhauser, A., Manley, M., Quero, M. P., Savané, M.-A., Singh, K., Stavenhagen, R., Suhr, M. W., & Nanzhao, Z. (1996). Learning: The treasure within: Report to UNESCO of the International Commission on Education for the Twenty-first Century. UNESCO.
Freire, P. (1994). Pedagogy of hope: Reliving Pedagogy of the Oppressed (R. R. Barr, Trans.)
Ministerio de Educación de la República Dominicana. (2026, 26 de julio). Ministerio de Educación avanza en la preparación integral del año escolar 2026-2027 con distribución de materiales, utilería e infraestructura. https://www.ministeriodeeducacion.gob.do/comunicaciones/noticias/ministerio-de-educacion-avanza-en-la-preparacion-integral-del-ano-escolar-2026-2027-con-distribucion-de-materiales-utileria-e-infraestructura
Ministerio de Educación de la República Dominicana. (2026, 9 de agosto). Ministerio de Educación inicia este lunes jornada nacional de capacitación para más de 90,000 docentes de cara al inicio del año escolar 2026-2027. https://www.ministeriodeeducacion.gob.do/comunicaciones/noticias/ministerio-de-educacion-inicia-este-lunes-jornada-nacional-de-capacitacion-para-mas-de-90000-docentes-de-cara-al-inicio-del-ano-escolar-2026-2027
Ministerio de Educación de la República Dominicana. (2026, 14 de agosto). Luis Miguel De Camps instruye aumento de psicólogos y orientadores en escuelas públicas. https://www.ministeriodeeducacion.gob.do/comunicaciones/noticias/luis-miguel-de-camps-instruye-aumento-de-psicologos-y-orientadores-en-escuelas-publicas
UNESCO. (2021). Reimagining our futures together: A new social contract for education. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf000379381
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