La historia empezó hace veinticuatro años. Ellos estudiaban en la UNAM -algunos Ciencias Políticas- y andaban buscando un camino. Eran cuatro y estaban llenos de preguntas sin respuestas. Ya titulados, crearon una editorial. “Era una editorial más de ensayo, y de ensayo filosófico político, y con el paso de los años se fue convirtiendo en una editorial más de narrativa, y fuimos aprendiendo más sobre el género”.

Felipe Rosete, uno de los gestores de la editorial mexicana Sexto Piso, está en la XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo. Llegó custodiado por el batallón de mariposas que hace que septiembre se vista de color.

Y como carta de presentación, trajo los libros de algunos de sus autores: desde el italiano Roberto Calasso, el israelí Edgar Keret, el ruso Goran Petrovic, el francés Pasacal Quignard, las norteamericanas Vivian Gornick y Jezmyn Ward, hasta los mexicanos Aura García Junco, Valeria Luiselli, Brenda Navarro, Gabriela Jauregui, Dhalia de la Cerda, Mario Bellatín y, por supuesto, el respetado Fabio Morabito.

Sexto Piso nació en 2002, y ya convertida en una editorial de referencia, ha reunido un catálogo de más de setecientos títulos, entre novelas cuentos, poesía y ensayos. Sus libros son elegantes y vuelan como palomas.

De las manos de Felipe llegó a Santo Domingo una obra de arte: México-Tenoctitlan. Su espacio y tiempo sagrado, un libro preparado con sentido de orfebrería editorial que contiene imágenes de códices y colecciones arqueológicas y que cuenta la historia mitológica de México-Tenoctitlan, “la ciudad concebida por los dioses”.

“Lo que quisimos con este libro -explica Rosete- fue hacer un homenaje al tlamatini (sabio) León Portilla, y a la propia Ciudad de México, a setecientos años de su fundación. Está impreso a color en papel bond de 120 gramos, y encuadernado en tapa dura”.

También Aura García Junco, una escritora que está trazando pautas con sus historias y que tiene a la crítica internacional suspirando a sus pies con el libro Dios fulmine a la que escriba sobre mí.

El libro, como objeto emocional, tiene alas, y con ellas va muy lejos. Y para Rosete, el trabajo de editarlo tiene la magia que le da el libro mismo, con sus aromas, sus silencios y sus musicalidades.

“Yo digo que el libro tiene mana -expresa Rosete-, que es esta especie de atracción. Es un concepto que se usaba en algunas sociedades antiguas para asignarles ciertos poderes a ciertos seres o a ciertos objetos, a una montaña. Creo que los libros conservan un poco de esa idea. Tienen un poder mágico que te atrae”.

¿Cuál es la historia de Sexto Piso, en qué circunstancias nació y hacia donde orienta su trabajo de edición?

Sexto Piso es una editorial que nació en México hace veinticuatro años, en agosto de 2002. En ese momento los que estábamos ahí presentes terminábamos las carreras de Ciencias Políticas en la UNAM y nos preguntamos y ahora qué, ahora qué sigue. Yo me metí a trabajar al gobierno de burócrata, pero otros de mis compañeros y amigos, que veníamos incluso, desde la preparatoria, decidimos poner la editorial.

Había ahí un pequeño impulso, que era que el papá de un amigo había tenido una editorial un tiempo atrás y la idea era revivir esa editorial. Y luego otro compañero había traducido unos ensayos inéditos de Orwell. Él había hecho su tesis sobre George Orwell y se encontró por ahí con algunos ensayos en español y dijo ah, por qué no publicamos esto.

Además, teníamos un profesor muy interesante que nos dejaba un montón de lecturas muy buenas pero que no se podían conseguir en español. Y ese fue otro impulso para empezar con la editorial. Fue así como se inició.

La iniciaron cuatro personas, que fueron Eduardo Rabasa, Rafael López, Francisco de la Mora y Luis Alberto Ayala, y ya con el paso del tiempo yo me incorporé al año y medio. Otras personas fueron entrando y saliendo, y ahora llevamos veinticuatro años de vida con un catálogo de más de setecientos títulos.

La labor editorial ha ido cambiando con el paso del tiempo. En esos orígenes nosotros publicábamos más ensayos. Publicamos, por ejemplo, esos ensayos que te digo de Orwell, publicamos el primer título de la editorial, que fue un ensayo de Morris Berman, El crepúsculo de la cultura americana. También publicamos El único y su propiedad, de Max Stirner, las Memorias de un enfermo de nervios, de Daniel Paul Schreber, el Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne  Boétie.

Es decir, era una editorial más de ensayo, y de ensayo filosófico político. Y con el paso de los años se fue convirtiendo en una editorial más narrativa, fuimos aprendiendo más sobre el género.

Empezamos primero traduciendo muchos autores de otros idiomas al español, entre ellos Edgar Keret, Goran Petrovic, autores que en ese momento en México nadie los conocía y nosotros los dimos a conocer y fuimos publicando varios títulos de ellos, y poco a poco fuimos publicando varios títulos de ellos. Seguimos esta política de autor de algunas casas editoriales que para nosotros han sido gran ejemplo para nosotros, como Anagrama.

Así fue creciendo nuestro catálogo de narrativa, y al paso de los años, pudimos conjuntar un catálogo con autores importantes como estos que te menciono, más muchos otros: Roberto Calasso, Angela Carter, por mencionar solo algunos.

Empezamos a publicar autoras y autores mexicanos más o menos jóvenes que publicaban sus primeros libros, entre ellos Valeria Luiselli, que hoy es una de las escritoras más destacadas de México, muy traducida, con una posición internacional importante, y Carlos Velásquez, un escritor que en ese momento empezaba su carrera y que fue creciendo con la editorial y la editorial con él.

Fuimos sumando muchos otros: Brenda Navarro, Aura García Junco, Gabriela Jauregui, Dhalia de la Cerda, Mario Bellatín y, por supuesto, Fabio Morábito, En fin, una cartera de autores y autoras mexicanos que ya forman una parte importante del catálogo.

Hoy ya hay un equilibro más claro entre autores nacionales, autores extranjeros y entre las distintas colecciones que tenemos. La más importante es la de narrativa, pero también tenemos varios libros de ensayos, tenemos otros libros sobre música, tenemos poesía, novela gráfica y comics. Así ha sido la evolución de la editorial.

La ciudad creada por los dioses

¿Puede hablar un poco del libro de Miguel Leó-Portilla Mexico-Tenoctitlan, que ocupa un lugar preferencial en su catálogo?

“La edición construye puentes mágicos entre el lector y el escritor”

México-Tenochtitlan. Su espacio y tiempo sagrados es un libro que aborda el origen mítico de la Ciudad de México, una ciudad concebida por los dioses, a partir del descubrimiento accidental, por parte de la Compañía de luz y fuerza, del monolito de la Coyolxauhqui, la diosa de la Luna, hermana de Huitzilopochtli, el dios del Sol y de la guerra, y de los Centzon Huitznahua, las estrellas, en 1978, en las calles aledañas al Templo Mayor.

Esta nueva edición recoge el texto original del maestro León Portilla, escrito en un intento de interpretar el señalado hallazgo, complementado con fragmentos de crónicas que describen el esplendor de Tenochtitlan, y más de sesenta imágenes, algunas de ellas incluidas en la primera edición del libro, todas las cuales dialogan con el texto, provenientes de diversos códices (Florentino, Durán, Azcatitlán, Boturini, entre otros), más piezas arqueológicas, más los primeros mapas de la ciudad.

Incluye también por vez primera la tira de la peregrinación del pueblo mexica desde la mítica ciudad de Aztlan hasta Tenochtitlan, pasando por sitios emblemáticos como Coatepec o Chapultepec, en un desplegable de más de veinite páginas.

Lo que quisimos con este libro fue hacer un homenaje al tlamatini (sabio) León Portilla y a la propia Ciudad de México, a setecientos años de su fundación. Está impreso a color en papel bond de ciento veinte gramos y encuadernado en tapa dura. 

¿Moverse del ensayo a la narrativa fue un salto o una evolución natural?

Yo siento que fue una evolución natural de trabajo pues poco a poco fuimos creciendo. Empezamos a ir a ferias internacionales, a las ferias más importantes del mercado del libro en español, a la Feria de Londres, a la Feria de Frankfurt, y eso nos abrió muchas puertas con agentes literarios, con autores de renombre. Y poco a poca, gracias a eso, fuimos conociendo más narrativa, fuimos trabajando con más traductores, con traductores de mejor calidad.

Fue una evolución natural en ese sentido. Ese trabajo como editores y ese aprendizaje nos fue llevando hacia la narrativa, que hoy en día es nuestro fuerte.

¿La mecánica para editar ensayos es distinta a la mecánica para editar narrativa y poesía?

Yo creo que sí hay diferencias. Depende de qué estemos hablando. Si son ensayos o narrativa traducidos, ahí no hay muchos que hacer. Si los libros ya están publicados en otro idioma, uno no puede como editora hacer un trabajo editorial, córtale aquí, súmale allá, quítale esto, súmale allí.

Pero cuando son originales, cuando decimos originales, es más factible hacer trabajo editorial en el campo de la narrativa porque se presta más. Es un trabajo más complejo, más abierto al mismo tiempo. El ensayo es más cerrado, más concreto, como que hay un planteamiento base, cosas más claras, que si no está planteado bien desde el origen no tiene mucho sentido continuarlo después.

La narrativa se presta más para ese trabajo con autores. También depende de cómo recibe uno los originales. Hay libros que prácticamente no requieren de mucho trabajo o detalles mínimos, y hay otros que sí, que se prestan más y que los propios autores están más abiertos a trabajar con uno como editor.

Es más rico para nosotros como editores poder trabajar estos libros de narrativa, novelas, cuentos. Como que hay más margen de comentarle a los autores sobre algunos cambios más de fondo a su trabajo.

¿Qué género le ha funcionado más a la editora?

La narrativa, cuento y novela. Nuestra colección de narrativa es la más nutrida de los setecientos títulos que tenemos. Me atrevería a decir que la mitad o algo más, un 50 o un 55 por ciento son de la colección de narrativa y el resto están divididos en la colección que te comentaba.

“La edición construye puentes mágicos entre el lector y el escritor”

¿Cómo les ha ido con la poesía?

Sí publicamos poesía. Tenemos aquí los dos tomos de Poesía Completa de Jon Fosse, que son maravillosos. Tenemos también de Luis Felipe Fabre, un poeta mexicano, yo diría que de los más importantes en la actualidad.

Ese libro, Poeta griego arcaico, es como un homenaje a Medusa. Es un librazo, la verdad es muy bonito.

Tenemos una colección de poesía. Hemos publicado los Cantos de Ezra Pound, un volumen de más de mil páginas, la poesía completa de Lezama Lima, los poemas de Inger Christensen, una poeta de Noruega, que son brutales. Tiene un gran libro que se llama Eso.

Hay otra dimensión del trabajo editorial, que son las traducciones de poesía. Es un trabajo muy muy fino. No es lo mismo trabajar un libro así que trabajar un libro de narrativa o de ensayo. Es un trabajo más complejo y tiene que haber mucha precisión en las palabras que se usan.

Publicamos también las Elegías de Duino, de Rilke. En fin, hay varios títulos. Es nuestra colección más joven, pero al mismo tiempo tiene muy buena identidad.

Ahora hemos publicado a Pascal Quiqnard, un escritor francés que la primera parte del libro es la traducción del poema sobre Lucrecia que hizo el que era el último bibliotecario de Alejandría, que es el poema sobre la violación de Lucrecia.

Quignard, un escritor bárbaro que me parece de los cinco escritores vivos más importantes del mundo, hace toda una reflexión sobre la escritura y sobre la palabra, sobre la lengua, sobre el decir, a partir de ese poema.

Los retos de traducir poesía

¿Qué retos hay que enfrentar a la hora de traducir poesía, tomando en cuenta que es un género que trae música y crea atmosferas? ¿Qué se pierde y que se gana?

Hace poco releí el texto de Walter Benjamín sobre la traducción. Es un texto muy bonito porque habla justamente de eso. Él dice que la traducción lleva el lenguaje a un nivel mucho más elevado, casi a la altura de lo sagrado por así decirlo, porque logra comunicar precisamente distintas lenguas.

Él lo que dice es que una traducción, una buena traducción, no tiene que ser algo literal, tiene que ser algo que justamente genere emociones similares en los lectores, aunque evidentemente nunca va a poder saber si son las mismas emociones que le genera al lector cuando lo está leyendo en el idioma original. Eso va a ser imposible de saber.

Pero creo que el trabajo de editar poesía traducida tiene que ver con eso, con tratar de apegarse al texto original, no tanto en términos de la literalidad, de traducir término por término, sino en términos de reproducir el ritmo, el sonido, la musicalidad de las palabras en otro idioma. Y al hacer eso, dice Benjamín, el traductor como que eleva el lenguaje a otro nivel, lo lleva a un terreno sagrado, como si fuera un lenguaje divino de algún modo.

Yo lo equiparé con esa idea de la violencia divina de la que él habla. Y siento que ese es el gran reto de esta gente que ha traducido estos libros y de nosotros como editores.

¿Es parte de ese reto preservar las imágenes que crea la poesía?

Si, se trata de eso. Es una cosa muy de imágenes, también de sonidos, de musicalidad. Y creo que ese es el principal reto. Repito, es muy difícil recrear eso mismo al momento de trasladar un texto a otro. Pero es igual de virtuoso poder generar situaciones nuevas, musicalidades nuevas, incluso imágenes nuevas, que quizás son insospechadas para el propio autor. Ya el texto se transforma en otra cosa y por eso se eleva a otro nivel.

¿Cuál es la clave de una buena edición?

La clave de una buena edición, para mí, es facilitarle la vida al lector, generarle un gozo al lector. Había un español que se llamaba Vallcorba, que era el editor de Acantilado y de los Quaderns Crema en catalán, y él, en un texto muy bonito que tiene sobre diseño editorial, hace un parangón entre el libro y la pantalla de cine.

Él dice que el libro tiene que ser para un lector como la pantalla de cine para el que está viendo. Dice que cuando uno está viendo una película uno no nota que la pantalla está ahí, lo mismo cuando uno está leyendo un libro.

Yo creo que una buena edición tiene que ver con eso, con que cuando el lector se acerca a un libro pueda adentrarse en el libro por completo sin que note el libro. Y que no note el libro tiene que ver con un buen diseño editorial, con una buena caja, con una buena tipografía, desde luego, con un libro que no tenga erratas, que esté bien formado.

En nuestra experiencia, en nuestra visión de la edición, el editor tiene que ser invisible de algún modo, que no se note.

¿Cuál es la magia que tiene el trabajo de edición?

Yo creo que se puede ver también desde distintos niveles. Hay un nivel que tiene que ver con el trabajo editorial propiamente dicho, o sea, con editar un texto, trabajarlo con un autor, recibirlo en un estado y publicarlo en otro, publicar la mejor versión de ese libro.

Creo que ahí hay una magia importante porque se trata de un trabajo colectivo, se trata de un trabajo en que interviene un montón de personas. Primeramente, el autor, desde luego. Pero en segundo lugar el editor. Y es un diálogo. Digamos que en el momento en que el autor suelta el texto ya el texto deja de ser suyo, y si lo trabaja con el editor se vuelve una parte ya colectiva.

Es muy importante que las dos partes tengan el mismo objetivo, que es que se publique la mejor versión del libro

Y luego ya vienen todas las personas que entran, los correctores, los diseñadores, los impresores. O sea, todo el resto de agentes que entran en el proceso de producción de un libro.

Para mí, ya ver un libro publicado, exhibido, tiene mucho de magia porque hay un montón de trabajo y un montón de personas con mucha creatividad, mucha dedicación, mucho tiempo, mucha precisión, mucho rigor, para que esto esté aquí disponible para los lectores. Ese es un nivel.

Y hay otro nivel que a mí se me hace muy bonito de todo esto, que es algo que menciona Roberto Calasso, un gran editor italiano, el editor de Adelphi, que es la construcción del catálogo, que eso tiene mucho de magia.

En el caso de Sexto Piso, como sin darnos cuenta, después de muchos años de estar editando libros, uno ve esas conexiones entre los distintos libros, conexiones temáticas, conexiones de autores, de formatos.

Y eso es muy impresionante, saber que sin haberlo hecho uno de manera consciente y después de varios años, tú ves el catálogo reunido, encuentras un montón de puentes y un montón de diálogos entre los distintos libros.

Eso tiene que ver con lo que dice Calasso, que nosotros, desde un inicio, lo tomamos nosotros como ejemplo, con esta idea de concebir el catálogo como si cada libro publicado fuera un capítulo de un gran libro, que es el catálogo.

Es decir, una serie de eslabones, un libro como un eslabón que está unido al otro y a otro y a otro y haces una cadena o un árbol, un gran árbol. Es un poco la manera en que él concibe el catálogo de una editorial, y a mí me gusta mucho esa imagen. Yo creo que tiene mucho de magia.

“La edición construye puentes mágicos entre el lector y el escritor”

Está claro, entonces, que el trabajo de edición es un trabajo de consenso.

Si. Yo pienso que sí porque son dos partes. Y a veces no lo hay y ese es el problema. A veces hay escritores que no están dispuestos a abrirse, a generar una mejor versión de su texto. A veces no es necesario. A veces hay escritores que entregan las cosas que ya no es necesario meterle mano.

También está la contraparte. Hay muchos editores que tienen esta visión de que forzosamente tienen que meterle mano al trabajo de los otros.

Vestir los libros para una fiesta

La edición es el vestido de la obra. ¿Usted es de los editores que cree que hay que poner un vestido de gala a los libros?

Me parece que es parte del oficio editorial. Puede ser un vestido dominguero, pero también hay editores -y pienso en la editorial Atalanta, esta editorial de Jacobo Siruela- pues ahí no es un vestido dominguero, les pone un frac a todos sus libros, tapa dura y el colorcito azul.

O sea, son libros super elegantes, muy bien editados. Pero definitivamente el vestido que uno le pone tiene que ver con el diseño editorial, cómo presentas tu libro, la caja, cómo vas a hacer que los lectores te identifiquen como sello y confíen en él.

Cómo vas a hacer que entre toda la oferta de libros que hay, los demasiados libros dirían Gabriel Zaid, un lector se fije en el tuyo y un lector sea atraído por tus libros, con un diseño que puede ser muy elaborado, muy colorido, muy poco sobrio, o un diseño como el de Poeta griego arcaico, que es un diseño sobrio, tranquilo, que a algunos lectores más que a otros les llama más la atención.

O puedes tener también una cosa mixta, como la de nuestra colección de narrativa. Si tú te fijas, todos los libros tienen elementos comunes, que, si tú los ves en una librería, los puedes identificar que son de Sexto Piso.

Eso tiene que ver con establecer esos puentes con el lector, que yo creo que esa es quizás la parte más mágica de todo esto. O sea, como puedes establecer esos puentes con todas esas personas absolutamente desconocidas que son los lectores. Porque al final se trata de eso, se trata de conectar con otras personas, yo creo que es una parte no solo mágica, sino muy bonita de este oficio.

¿En la edición el estilo es lenguaje?

Si, claro, porque una imagen dice más que mil palabras. Calasso habló un poco de eso, como que parte del arte de editar libros tiene que ver con las portadas. Y él habla de la écfrasis invertida. La écfrasis era este arte antiguo de los griegos que era la descripción de imágenes en palabras.

Él dice que parte del arte de editar libros tiene que ver con esa écfrasis invertida que tiene es sintetizar en una imagen todo el contenido de un libro, todas las palabras que contiene un libro. Cómo le haces para elegir una imagen que sea la imagen adecuada para ese libro.

Yo creo que, a mayor o menor nivel, todos los que editamos libros ejercemos esta écfrasis invertida, pues al momento de ponerle una portada al libro eso es lo que estamos haciendo, tratar de que en una imagen o en un marco, en un diseño, quede reflejado todo el contenido del libro.

¿La edición es un acto de amor?

Si, yo creo que sí. Y la escritura también. Yo me acuerdo mucho una vez que fue Edgar Keret a México. En una conferencia dijo más o menos lo mismo. Le hicieron una pregunta los lectores y él dijo para mí escribir es como lanzar una invitación de amistad, buscar amigos con los cuales pueda yo dialogar a través de mi escritura, con los que pueda establecer puentes.

Y creo que la edición es lo mismo. Es un acto de amor y también podríamos decir un acto erótico en el sentido del impulso hacia el otro.

¿Cuál es la magia de los libros?

Yo digo que el libro tiene mana, que es esta especie de atracción. Es un concepto que se usaba en algunas sociedades antiguas para asignarles ciertos poderes a ciertos seres o a ciertos objetos, a una montaña. Creo que los libros conservan un poco de esa idea. Tienen un poder mágico que te atrae y aunque no los veas en el instante, te los llevas y ya en algún momento te encontrarás con ellos y verás qué pasa.

Son tan mágicos los libros que algunos se escribieron hace siete mil años y todavía se están leyendo.

“La edición construye puentes mágicos entre el lector y el escritor”