Por los crímenes cometidos contra la heroína María Trinidad Sánchez y sus compañeros de ideal, los generales José Joaquín Puello, Gabino Puello y Antonio Duvergé, los patriotas José Contreras, Cayetano Germosén y José Inocencio Reyes, el padre de la Patria Francisco del Rosario Sánchez y sus 21 compañeros y por haber entregado la República Dominicana a España el 18 de marzo de 1861 de forma inconsulta, los restos del general Pedro Santana llevados al Panteón de la Patria por el doctor Joaquín Balaguer, deben ser exhumados y trasladados a los predios de su otrora Hacienda El Prado en El Seibo.

La Puerta del Conde de Peñalba, entrada principal a la amurallada ciudad de Santo Domingo, donde fue izada por primera vez la Bandera Tricolor Dominicana.

El 9 de febrero de 1822 el presidente de Haití, Jean Pierre Boyer, llega a la ciudad de Santo Domingo, procediendo a unificar toda la Isla bajo su dominio y a transformar la atrasada economía colonial que había prevalecido durante más de tres siglos en el territorio que actualmente ocupa República Dominicana para convertirla en una economía agraria de naturaleza intensiva y mercantil.

El presidente haitiano Jean Pierre Boyer ocupó la parte oriental de la isla de Santo Domingo el 9 de febrero de 1822.

La integración de la Isla de Santo Domingo abrió las puertas al intercambio comercial de la parte española con nuevos mercados como Francia, Estados Unidos, Inglaterra y Holanda, rompiendo así el monopolio que había impuesto España a sus colonias mediante la Casa de Contratación de Sevilla, a partir de 1503 para que no entraran en contacto comercial con ninguna de las potencias enemigas sin su consentimiento.

Esa disposición trajo consigo un estímulo inusitado en la agricultura y en otras áreas afines para la exportación, como madera, tabaco, cacao, algodón, caña, café, ganado, cuero, mieles, azúcar y otros frutos menores. De igual manera, Boyer derogó una serie de impuestos que afectaron de manera significativa el desarrollo de la economía y dictó un conjunto de medidas para impulsar el comercio.

El presidente Boyer tomó la medida de abolir la esclavitud, con la cual procedió a liberar a más de 10,000 esclavos, y al mismo tiempo un cambio radical en el sistema de propiedad de la tierra, ya que el gobierno haitiano procedió a confiscar la tierra en mano de la Iglesia católica y de aquellos sectores hateros-latifundistas que abandonaron el país tras la unificación. 

1-Surgimiento del campesinado y la pequeña burguesía comercial

El sistema de distribución de tierras implementado por el gobierno de la ocupación haitiana hizo posible el surgimiento del campesinado dominicano, una nueva clase social que pasó a ser la mayoritaria en la estructura social de República Dominicana, si se toma en cuenta que la población dominicana no pasaba de 100 mil personas, con un promedio de alrededor de 4 miembros. Con la medida adoptada por Boyer de liberar más de 10,000 esclavos y distribuir la tierra confiscada a la Iglesia y a terratenientes que emigraron del país hacia Cuba, Puerto Rico y Venezuela, alrededor del 40% de la población adulta pasó a ser propietaria de la tierra.

La abolición de la esclavitud en Santo Domingo a partir de 1822 permitió que hombres y mujeres pasaran a ser propietarios de la tierra.

Todos estos cambios fortalecieron el desarrollo del comercio y el crecimiento económico de la pequeña burguesía, grupo social que sería el sostén de la Independencia Nacional, por las grandes facilidades otorgadas por el gobierno de Boyer a nacionales e inmigrantes de diferentes países para adquirir propiedades y desarrollar sus plantaciones.

Ese crecimiento se pone de manifiesto en la existencia de grandes comerciantes consignatarios, cuyas patentes de comercio oscilaban entre 23 y 389. En ese sentido, se puede destacar que Juan A. Billini tenía 389 patentes, Rothschild & Cohen 150 patentes, Thomas Lawrence 116, Levy el Fils 95 patentes, Levy hijo Mayor 94 patentes, S. Rothschild 44 patentes, Alejandro Victoria 23 patentes y otra decena de grandes comerciantes.

De igual modo, había pequeños y medianos comerciantes, los cuales también adquirieron patentes para realizar sus actividades, mayoritariamente dominicanos o haitianos, entre los que destacan Esteban Mejía con 453 patentes, Juan P. Fuccinet con 288 patentes, Pedro Garabito 201 patentes, José del Orbe 159 patentes, José A. Rixo 156 patentes, Ramón Montaño 130 patentes, Juan Sierra 117 patentes, Juan F. Amiama 94 patentes, Martín Mota 66 patentes, Antonio Nicolás 32 patentes y Juan de la Cruz 12 patentes, entre otros.

La mayoría de los grandes comerciantes establecidos en la parte Este eran consignatarios que recibían desde el exterior mercancías desde los países desde donde provenían para suplir el mercado interno de Santo Domingo por intermediación generalmente de pequeños y medianos comerciantes. Esto demuestra que había una estrecha relación entre los grandes comerciantes o burguesía mercantil y los pequeños y medianos comerciantes o pequeña burguesía urbana.

Los grandes comerciantes consignatarios reciben el nombre de comerciantes mayoristas, los cuales recibían mercancías provenientes de Europa y Norteamérica, al tiempo que encargaban de colocar en el exterior las maderas y el tabaco producido en Santo Domingo, por intermediación de Saint-Thomas, que era una colonia receptora y suplidora del capitalismo mundial, donde existían grandes casas comerciales, sucursales de casas comerciales europeas; mientras que los pequeños y medianos comerciantes reciben el nombre de comerciantes al detalle o detallistas, los cuales se dedicaban a vender de forma directa a los consumidores o a revendedores, que vendían esas mercancías a otras personas.

A través de ese comercio se producía un intercambio desigual entre las naciones capitalistas de Europa y Norteamérica con Santo Domingo, así como entre los grandes y pequeños y medianos comerciantes. Las naciones capitalistas explotaban a Santo Domingo mediante un intercambio comercial desigual y los grandes comerciantes, a su vez, explotaban a pequeños y medianos comerciantes a través de la transferencia de los impuestos aduaneros o arancelarios que se les imponían a sus mercancías. 

2-Medidas que generaron descontentos entre los dominicanos

A pesar de que se implementaron todas estas medidas positivas, hubo dos tomadas por Boyer que trajeron consigo un gran descontento en la población dominicana, favorecieron la separación o desintegración de los haitianos y dominicanos en un mismo sistema político republicano y actuarían en contra del desenvolvimiento natural futuro de la economía:

La dominación haitiana inició el 9 de febrero de 1822 y terminó el 27 de febrero de 1844.

1º. La decisión de aceptar el compromiso de pagar a Francia una indemnización de 150 millones de francos como compensación por las propiedades perdidas por los colonos franceses, en virtud de la lucha por la independencia de Haití proclamada el 1 de enero de 1804. Al Gobierno haitiano no poder pagar la indemnización a que se había comprometido en el plazo en que fue acordado con Francia, las finanzas del régimen se vieron sensiblemente afectadas.

2º. Con la promulgación del Código Rural de Haití, el 6 de mayo de 1826, se impuso un despótico sistema de trabajo al campesinado que generó un ambiente de inconformidad política que envolvería a las dos partes de la Isla de Santo Domingo. Este Código puso en vigor una serie de reglamentos agrícolas procedentes de los regímenes de Toussaint, Dessalines y Christophe, que incluían un universo de supervisores que debía velar por la disciplina en los asentamientos agrícolas, reprimir la vagancia, obligar a que se repararan las carreteras y los caminos en los momentos requeridos, la firma de contratos por parte de los cultivadores que les ataban a sus empleadores por una duración variable de seis meses a nueve años y la prohibición formal de los bailes y fiestas desde los lunes por la mañana hasta el viernes por la noche. Todos los oficiales a cargo, los comandantes de plazas y los comandantes de distritos, tenían órdenes de inspeccionar periódicamente los campos de su incumbencia y registrar sus observaciones en los informes que debían enviar a Boyer en Port-au-Prince.

El Código Rural de Boyer de mayo de 1826 impuso un régimen de trabajo al cual no estaban acostumbrado los habitantes de la parte oriental de Santo Domingo.

Esa situación fue inteligentemente aprovechada por los sectores independentistas dominicanos dirigidos por Juan Pablo Duarte para crear el movimiento político conocido por el nombre de la Sociedad Secreta La Trinitaria, el 16 de julio de 1838, siendo la mayor parte de sus integrantes miembros de la pequeña burguesía urbana, logrando ver coronado su proyecto con la proclamación de la Independencia de República Dominicana la noche del 27 de febrero de 1844.

República Dominicana experimentó importantes cambios en su economía a partir de la Independencia Nacional en 1844, donde la población dominicana tan sólo alcanzaba unos 126 mil habitantes, siendo los principales renglones productivos el corte de madera preciosa –caoba, guayacán y campeche-, la crianza de ganado vacuno y el cultivo de tabaco.

El corte de madera y la crianza de ganado vacuno eran la base de la economía de las regiones Suroeste y Sureste, mientras que el cultivo de tabaco era el renglón predominante en la región norte o Cibao y en menor medida el corte de madera preciosa.[1]

El corte de madera preciosa se constituyó en uno de los pilares de la economía dominicana en el siglo XIX.

La modificación más importante de ese panorama se produce como consecuencia directa de las campañas militares dominico-haitianas que durante 12 largos años se efectuaron entre Haití y República Dominicana, viéndose el Estado compelido a reclutar a miles de trabajadores –agricultores, peones agrícolas, artesanos, así como pequeños y medianos propietarios- en las filas del recién creado ejército para la defensa de la soberanía nacional. Este hecho trajo consigo una gran decadencia en todas las actividades productivas de la emergente Nación, ya que sólo los grandes propietarios, los comerciantes y los empleados públicos fueron liberados del servicio militar obligatorio impuesto por las circunstancias extremas en que se vio envuelta la República Dominicana.

La zona más afectada por la situación de guerra permanente en que estuvo inmersa la República era la frontera, porque ese fue el escenario de los principales conflictos bélicos que se sucedieron en el país entre 1844 y 1856. Esto implicó que durante alrededor de 12 años se desatendieran todos los cultivos, se retiraran el ganado vacuno y caballar y se detuviera el corte de maderas preciosas. Esta zona estuvo muy desolada durante todo ese período, en virtud de que la mayor parte de los varones del lugar eran obligados a enrolarse en el ejército. La cantidad de personas que fueron involucradas de forma compulsiva en el ejército era de alrededor de 8,000 cultivadores y peones agrícolas, lo que influyó negativamente en el desarrollo del aparato productivo nacional.

En ese período República Dominicana no contaba con vías de comunicación terrestres adecuadas y mucho menos vías ferroviarias, lo que imposibilitaba que hubiese comunicación entre los campos, pueblos y regiones del país, lo que impidió que se conformara un mercado nacional y estimuló el surgimiento de regionalismos tanto económicos, sociales, políticos, culturales como lingüísticos. Esto motivó que las zonas costeras del país, que contaban con puertos importantes como Santo Domingo, Azua, Puerto Plata y Montecristi, mantuvieran mayores contactos comerciales con el exterior que con los pueblos dominicanos del interior. Sólo las unidades productivas más próximas a las ciudades tenían posibilidades de integrarse al escaso intercambio comercial que allí se daba.

3-Desarrollo industrial, artesanal y comercial

El desarrollo industrial era prácticamente nulo y las labores artesanales se enfocaban a la fabricación de serones para el empaque de tabaco y otros productos agrícolas para su más cómoda transportación. También se fabricaban andullos y cigarros, rústicos muebles de madera, sillas y aparejos de montar los caballos, alambiques para la elaboración de ron de caña, trapiches movidos por animales para la elaboración de azúcares y mieles. Estas unidades productivas eran fundamentalmente de carácter familiar, que junto al corte de madera preciosa y la crianza y comercialización de ganado, representaban las expresiones más claras del mercantilismo simple, etapa inicial del capitalismo.

La caña de azúcar y la ganadería constituyeron dos áreas importantes de la economía mercantil durante la dominación haitiana.

Por último, las categorías por ocupaciones que contemplaba la Ley de Patentes, que había sido promulgada a mediados de 1845, eran tan sólo 25, dan una idea bastante clara del nivel de desarrollo económico de República Dominicana por aquella época: consignatarios, negociantes de maderas y frutos, ebanistas y carpinteros, boticarios, curtidores, licoristas, dueños de casas de trucos y billares, mercaderes de alquitrán y aceites, panaderos, quincallerías y jugueterías, buhoneros de un pueblo a otro, sastres, sombrereros, veleros y posaderos o mesoneros.

La ley dispuso que ese tipo de negocios sólo estaba permitido en las zonas urbanas, lo que evidencia que el número de negocios patentados era sumamente bajo, si se parte del hecho de que la población urbana era muy reducida. La ciudad de Santo Domingo, el mayor centro urbano del país para entonces, para 1845 sólo contaba con 12,000 habitantes. 

4-Salarios

El trabajo salariado en República Dominicana era muy escaso para entonces, y sobre todo en las labores agrícolas, donde la fuerza de trabajo fundamental la representaba el peón, una herencia directa del sistema de servidumbre española. En los cultivos se empleaban métodos de producción sumamente rudimentarios como el sistema de roza, el uso de la coa y el machete. El arado tirado por bueyes o caballos se utilizó en el país a partir de 1870, cuando se introdujo la producción azucarera moderna.

Todo lo anterior pone de manifiesto que el desarrollo económico era sumamente limitado durante el período de la dominación haitiana que va desde el 1822 hasta 1844. 

5-La Sociedad Secreta La Trinitaria y la Independencia Nacional

La proclamación de la República Dominicana como nación libre e independiente se produjo el 27 de febrero de 1844, como resultado de un largo proceso de lucha, emprendido por los elementos más avanzados de nuestro pueblo en pos de lograr la identidad nacional e independencia total de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo, cuyo trayecto histórico se puede situar desde finales del siglo XV hasta mediados del siglo XIX.

Juan Pablo Duarte, Presidente de la Sociedad Secreta La Trinitaria y Padre Fundador de la República Dominicana.

Pero es sólo con la formación de la Sociedad Secreta La Trinitaria, el 16 de julio de 1838, bajo la presidencia de Juan Pablo Duarte, que el ideal de independencia nacional absoluta adquiere su máximo esplendor. De esta manera, los ideales revolucionarios separatistas cobran una fuerza enorme, lo que le puso en condiciones de hacer alianzas con los reformistas haitianos para derrocar al dictador haitiano Jean Pierre Boyer, lo que consiguieron. Pero las cosas no quedaron ahí, sino que los trinitarios tenían claro que ese era sólo un paso para avanzar hacia una etapa superior, la independencia total, de lo cual se dio cuenta el presidente provisional de Haití, General Charles Riviére Hérard, quien se planteó acabar con el movimiento subversivo que crecía como la verdolaga en todos los rincones de la parte Este de la Isla de Santo Domingo. 

Los trinitarios siembran la semilla de la separación mediante una intensa y sistemática propaganda desplegada entre los habitantes de todos pueblos del Sur, del Cibao y del Este; asimismo, establecen Juntas Populares en todas las localidades de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo, con lo cual logran un número considerable de adeptos para la causa nacional.

La Sociedad Secreta La Trinitaria fundada el 16 de julio de 1838 en la casa de Josefa Pérez de la Paz.

Los revolucionarios independentistas participan en las Asambleas Electorales responsables de elegir a los miembros de los Colegios Electorales responsables de seleccionar, a su vez, a los diputados que participarían en la Asamblea Nacional Constituyente Haitiana, obteniendo en ese proceso una victoria aplastante sobre los sectores haitianos y pro-haitianos. Al decir del historiador José Gabriel García, los trinitarios “se adueñaron de casi todas las municipalidades”, lo cual “vino a demostrar que la separación estaba ya hecha y que no faltaba sino darle forma: es decir, proclamarla como lo exigieran las circunstancias.[2]

Toda esta situación favorable tuvo su menoscabo cuando el General Riviére Hérard avanzó por entre los principales pueblos del Cibao hasta llegar a la Capital, desplegando allí un amplio operativo persecutorio contra todos aquellos individuos considerados opositores al régimen haitiano y partidarios de la separación de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo.

El general Riviére Hérard dividió su poderoso ejército en tres columnas, teniendo todas como punto de llegada y encuentro a Santo Domingo: una entró por el Sur, otra por Santiago y la tercera, encabezada por el propio Hérard, se dirigió primero a Puerto Plata, donde nombró como Comandante de la Plaza de Armas al teniente coronel Antonio López Villanueva; luego se dirigió a Santiago, Moca y La Vega, tras las huellas de la conspiración armada de que había sido alertado; posteriormente se dirige a San Francisco de Macorís, donde detuvo al cura Salvador de Peña por encontrar propagandas alusivas a los trinitarios y procedió a restituir como comandante de la Plaza de Armas al teniente coronel Charlot, quien había sido destituido por el municipio.

De allí se dirigió a Cotuí, donde se dio cuenta que el cura Juan Puigvert era amigo y cómplice del cura de Macorís, Salvador de Peña, y la palanca que hacía mover al municipio, lo que le hizo comprender las razones que motivaron la destitución del teniente coronel Prud’homme como Comandante de la Plaza de Armas. Posteriormente procedió a hacer preso al cura Puigvert y al patricio Ramón Matías Mella, que en ese momento se encontraba organizando la conspiración en el lugar, enviándolos a Puerto Príncipe, al tiempo de restituir en el puesto a Prud’homme.

Finalmente, se dirigió a Santo Domingo, ciudad a la que entró el 12 de julio de 1843, encontrando todas las puertas de los ciudadanos de origen español cerradas, razón por la cual, según sus propias palabras, se vio precisado “a organizar el municipio y castigar a los facciosos”.

En total fueron encarcelados diecisiete dirigentes de La Trinitaria; otros se vieron precisados a esconderse o fingir su muerte -como Francisco del Rosario Sánchez y Vicente Celestino Duarte-, mientras que los más conocidos tuvieron que embarcarse clandestinamente a Curazao, entre ellos Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez, para no caer en mano del gobernante haitiano y ser posteriormente fusilados.

Cuando el general Riviére Hérard se retiró de la parte española de la Isla, los separatistas -ahora encabezados por Francisco del Rosario Sánchez, Vicente Celestino Duarte, Manuel Jimenes y José Joaquín Puello- no vacilaron en ponerse de acuerdo y constituir en la Capital el centro revolucionario que, comenzando por establecer comunicación con Juan Pablo Duarte y los demás iniciadores del movimiento, que se encontraban tanto dentro como fuera del país, debía concluir por concertar el pronunciamiento de los pueblos en favor de la separación, labor a la que contribuyeron significativamente Ramón Matías Mella, Tomás Bobadilla, Juan Evangelista Jiménez, Gabino Puello y Juan Contreras, entre otros.

Después de concitar el apoyo de casi todos los pueblos del país en favor de la independencia nacional, de integrar a la mayor parte de los sacerdotes de la Iglesia Católica al proyecto emancipador, de incorporar a ciertos sectores conservadores a la causa separatista y obtener una cantidad considerable de pertrechos militares para la conspiración patriótica, en virtud de la donación ejemplar y desinteresada hecha por Duarte, su madre, hermanos y hermanas de la fortuna dejada por don Juan José Duarte. Así como el aporte que hicieron los demás trinitarios siguiendo ese ejemplo imperecedero, el 27 de febrero de 1844 se produjo el golpe militar revolucionario contra el gobierno haitiano y, posteriormente, casi todos los pueblos del interior manifestaron su adhesión al nuevo orden político independiente.

Lograda la independencia nacional, Duarte y sus compañeros fueron mandados a buscar al exterior en la goleta Leonor, dirigida por el almirante Juan Alejandro Acosta, recibiendo, a su llegada por el Puerto de Santo Domingo, una ovación multitudinaria y obteniendo el primero, desde entonces, el título mayor de la República: Padre de la Patria Dominicana.

Sin embargo, el poder tanto económico, político como militar quedó en mano de los sectores conservadores y enemigos de la patria, lo que le llevó a maquinar en contra de la independencia plena de la República Dominicana y, de esa manera, vender el país al mejor postor. Esta actitud fue combatida por Duarte y los demás trinitarios por distintos medios hasta llegar al extremo de sublevarse contra la Junta Central Gubernativa el 9 de junio de 1844, para mostrar su desacuerdo con el intento de protectorado francés que pretendieron consumar Bobadilla, Santana, Báez y demás facciosos, como parte del Plan Levasseur.

La Junta Central Gubernativa volvió a ser presidida, desde entonces, por el General Francisco del Rosario Sánchez; la Plaza de Armas de Santo Domingo fue comandada por el General Juan Pablo Duarte y la Plaza de Armas de Santiago de los Caballeros, por el General Ramón Matías Mella, quienes fueron ascendidos a generales de división, tal como la oficialidad de Santo Domingo le había propuesto a la destituida Junta que presidía Tomás Bobadilla.

El General Pedro Santana, que se sentía amenazado por la situación conflictiva que se daba en Santo Domingo, aprovechó que Duarte estaba en el Cibao calmando los ánimos de quienes lo proclamaban por doquier presidente de la República, desde Baní envió un emisario por ante el cónsul francés en el país, Eustache de Juchereau de Saint Denys, para que intercediera por ante el Presidente Sánchez y le permitiera entrar a la Capital bajo el pretexto de deponer las armas.

Francisco del Rosario Sánchez izó la primera bandera dominicana la noche del 27 de febrero de 1844 en la Puerta del Conde.

En principio, Sánchez se resistió, pero ante la amenaza del cónsul francés de que retiraría su legación diplomática del país si no se le permitía la entrada a Santo Domingo al General Santana, aquel accedió. Una vez en la Ciudad Primada, Santana tomó los puntos claves de ésta y procedió a dar un golpe de Estado al presidente Sánchez, ante lo cual no reaccionó José Joaquín Puello, a quien había dejado Duarte al frente de la Plaza de Armas de Santo Domingo, bajo el pretexto de no causar un baño de sangre entre dominicanos.

Al enterarse de la situación, los pueblos del Cibao intentaron sublevarse contra la nueva Junta Central Gubernativa presidida por el General Santana, pero los resultados fueron infructuosos, ya que fueron sofocados inmediatamente y los trinitarios, perseguidos tenazmente, encarcelados o expatriados a perpetuidad, al mismo tiempo fueron declarados injustamente traidores a la Patria. Desde entonces, el poder de la República Dominicana quedó de forma absoluta en las manos del dictador Pedro Santana y de los demás traidores de la Patria. Eso no detuvo la lucha de estos y otros titanes de la libertad en favor de la independencia nacional. 

6-Campañas Militares por la Defensa de la Soberanía Nacional

Las batallas y acciones bélicas realizadas por el pueblo dominicano y su ejército entre los años 1844 y 1856, encaminadas a rechazar las constantes incursiones militares de las tropas haitianas al territorio dominicano y a defender la Independencia Nacional proclamada el 27 de febrero de 1844, han sido distorsionadas por los sectores dominantes de ambas naciones, con el claro propósito de enemistar a los dos pueblos que comparten la Isla de Santo Domingo y al mismo tiempo desarrollar un sentimiento anti haitiano y anti dominicano tanto en la República Dominicana como en la República de Haití, con el fin expreso de dividirlos y sacar provecho de esa situación.

La República Dominicana combatió durante 12 años a las tropas haitianas por la consolidación de la Independencia Nacional.

En estas campañas militares y en otros hechos históricos ocurridos en el país (ocupaciones haitianas de 1801, 1805 y 1822), los sectores dominantes dominicanos han fundamentado su antihaitianismo irracional. Esta aberración logró en la Era del dictador Rafael Leónidas Trujillo una fundamentación ideológica profunda a través de investigaciones históricas distorsionadas realizadas por intelectuales de la categoría de Manuel Arturo Peña Batlle, Emilio Rodríguez Demorizi, Joaquín Balaguer Ricardo, Manuel Antonio Machado Báez y Ramón Marrero Aristy, entre otros. De esa manera, rechazaban y obviaban los orígenes africanos de la cultura dominicana y su vínculo directo o indirecto con el desarrollo histórico de Haití, al tiempo que resaltaban nuestros orígenes hispánicos y nuestra descendencia indígena, con el sólo objetivo de darle fundamentación a nuestra identidad a partir de un bovarismo artificial, que nada tiene que ver con nuestras verdaderas raíces étnicas, antropológicas e histórico-culturales.

Igual actitud han asumido las clases dominantes haitianas, a partir del estudio prejuiciado de la historia de ambos países y de los distintos hechos históricos ocurridos, como fueron los casos de las batallas patrióticas de la Primera República, la matanza de haitianos realizada por Trujillo en 1937, el antihaitianismo desarrollado por las clases dominantes dominicanas y el trato recibido por los braceros y trabajadores haitianos en los sectores azucarero, agrícola y de la construcción, en diferentes gobiernos, lo que ha servido de excusa para promover entre el pueblo haitiano un anti dominicanismo irracional, que nada tiene que ver con el verdadero y noble sentimiento del pueblo haitiano, quien tuvo el honor de salir de la esclavitud más vil para pasar a constituirse en el ejemplo vivo de la lucha por la libertad y el decoro.

Todo esto se hace con el sólo propósito de mantener a los dos pueblos que habitan la Isla de Santo Domingo enfrentados, para seguir dominándolos, sin mayores dificultades. Sin embargo, es importante destacar que los poderosos de ambos países se comunican permanentemente, hacen negocios, se protegen y son solidarios entre ellos. Una muestra inequívoca de ello son los “asilos” que diferentes gobiernos dominicanos han dado a políticos haitianos de diferente catadura, como son los casos del golpista Henry Namphi, el presidente ilegítimo Leslie François Manigat, el ex alcalde de Puerto Príncipe y líder de los tontons macoutes, Franck Romain, así como el golpista y líder paramilitar Guy Philippe, entre otros.

Los historiadores que responden a los intereses clasistas de los sectores dominantes de Haití y de la República Dominicana denominan Guerra Dominico-Haitiana a las diferentes batallas y acciones bélicas escenificadas en el territorio dominicano durante el período 1844-1856, con el único e inconfesable objetivo de hacer aparecer como enemigos a dos pueblos que comparten la Isla de Santo Domingo, que tienen enemigos poderosos comunes, y, del mismo modo, también tienen anhelos y destinos similares.

La República Dominicana y la República de Haití son dos pueblos que se han dado la mano solidaria en momentos cruciales de sus respectivas historias –como la alianza de los reformistas haitianos y los trinitarios dominicanos para derrocar al dictador haitiano Jean Pierre Boyer en marzo de 1843; el apoyo de varios gobiernos haitianos -muy especialmente el de Fabré Geffrard- a Francisco del Rosario Sánchez, Santiago Rodríguez, Gregorio Luperón y a otros patriotas que lucharon contra la anexión del país a España, por la Restauración de la Independencia Nacional y contra la anexión de Buenaventura Báez a los Estados Unidos; así como la participación de combatientes haitianos en la Guerra Patria de Abril de 1965 contra la segunda intervención militar norteamericana, como fueron los casos del poeta Jacques Viau Renaud y del exilado y posteriormente desaparecido antiduvalierista Luis Samuel Roché.

El pueblo dominicano y su ejército lucharon por defender la soberanía nacional dominicana ultrajada, no contra el pueblo haitiano, el cual no estaba de acuerdo con esas incursiones militares a nuestro territorio, sino contra los sectores dominantes haitianos y su ejército, quienes querían seguir beneficiándose de las riquezas naturales y de los sistemas productivos del país, a como diera lugar y a cualquier precio.

En lo que concierne a la República Dominicana, justo es destacar que los militares que recogieron los lauros de aquellas contiendas bélicas por la dignidad, la libertad y la soberanía nacional, no fueron necesariamente los que más se esforzaron por obtener la victoria frente al ejército expedicionario haitiano, sino aquellos que siempre estuvieron esperando el apoyo militar de una gran potencia, como Francia, para poder dar las batallas que vendrían a consolidar una independencia nacional mediatizada.

Al referirse a los sectores conservadores que se aprovecharon de la entrega y el patriotismo mostrado por los sectores liberales y providencialistas, el patricio Juan Pablo Duarte nos dice lo siguiente: “Un 19 de marzo triunfó la cruz y los Iscariotes, escribas y fariseos proclaman triunfador a Santana”. Aquí Duarte se refiere al triunfo del Ejército Dominicano sobre las tropas haitianas que estaban bajo el mando del presidente haitiano general Riviére Hérard el 19 de marzo de 1844. Esa ocasión la aprovecharon los partidarios de Santana para atribuirle a este la victoria de forma absoluta, desconociendo con ello que los verdaderos adalides de esa acción militar fueron el general Antonio Duvergé y los oficiales Francisco Soñé, José del Carmen García, Feliciano Martínez, Juan Esteban Roca, Manuel de Regla Mota, Manuel Mora, Juan Esteban Ceara, José Leger, Vicente Noble, Matías de Vargas, Marcos Medina, Lucas Díaz, Nicolás Mañón, Juan Contreras y Lorenzo Araujo, así como otros cientos de oficiales, clases y soldados.

Los lauros inmerecidos atribuidos a Santana, les sirvieron para ser proclamado con los galardones inmerecidos de “Libertador de la Patria” y “Jefe Supremo de la República”. Calidad esta última con la que asume la Presidencia de la República el 12 de julio de 1844, tras desplazar a los trinitarios del poder y declararlos injustamente traidores a la patria, para poder cometer impunemente todos sus crímenes y desmanes en contra del país y contra su gente más noble y sensata.

Los principales crímenes y desmanes cometidos por el general Pedro Santana contra la República Dominicana y sus patriotas más fieles al ideal de una nación totalmente libre e independiente son los siguientes:

-El general Pedro Santana, hatero del Seibo que colaboró con la Independencia Nacional, luego declaró traidores a la Patria a los fundadores de la República Dominicana y se alzó con el poder absoluto.

-El fusilamiento de María Trinidad Sánchez y sus compañeros de armas el 28 de febrero de 1845 –un día después de cumplirse el primer año de la Independencia Nacional- por reclamar el retorno de los trinitarios deportados.

-El destierro de los parientes más cercanos de Duarte -su madre Manuela Diez y sus hermanos y hermanas-, en el mes de marzo de 1845, con lo cual quiso darle una estocada final al fundador de la República.

-El fusilamiento de los hermanos José Joaquín y Gabino Puello, después de éstos haberle servido incondicionalmente al General Pedro Santana. Estos fueron acusados de convictos y juzgados por una supuesta conspiración para derrocar al Presidente Santana. Fueron sentenciados a muerte y fusilados el 23 de diciembre de 1847.

El general Antonio Duvergé fue el patriota más destacado en la lucha por la soberanía nacional entre 1844 y 1849.

-El apresamiento del una y mil veces glorioso defensor de la frontera, General Antonio Duvergé, el 9 de mayo de 1849 en Azua, por desaprobar las incitaciones del general Pedro Santana encaminadas a derrocar al presidente general Manuel Jimenes y en su lugar colocarse él, y al responderle gallardamente, con honorabilidad y sentido patriótico, de la siguiente manera: “General: Yo sólo empleo mis armas para pelear contra el haitiano; pero nunca tomaré parte en discordias civiles; en este caso haré mucho con ser neutral.”[3]

-El sometimiento del General Duvergé a un Consejo de Guerra en la ciudad del dictador, El Seibo, al ser acusado por el General Santana de ser el responsable de la derrota sufrida por las tropas dominicanas en varias batallas, como fue el caso de la de Azua los días 5 y 6 de abril de 1849, siendo descargado posteriormente por el tribunal militar de las imputaciones que se les hicieron.

-El fusilamiento en el patíbulo del General Antonio Duvergé, sus hijos Alcides y Daniel, los patriotas coroneles Tomás de la Concha y Juan María Albert, así como también al ciudadano español Pedro José Dalmau, el 11 de abril de 1855, al ser acusados de planear una conspiración revolucionaria contra el gobierno del General Santana.

-El fusilamiento en el patíbulo de Francisco del Rosario Sánchez y sus 21 compañeros de lucha e infortunio, en San Juan de la Maguana, el 4 de julio de 1861.

-La entrega vil de la República Dominicana a España el 18 de marzo de 1861 en calidad de provincia ultramarina, pasando el país en los hechos a ser nuevamente una colonia de la monarquía ibérica.

Por todo lo anterior, somos de opinión, que los restos del general Pedro Santana debe ser exhumados del Panteón de la Patria y llevados a los predios de su otrora Hacienda El Prado de El Seibo.

Con toda razón, Duarte consideraba a Pedro Santana, Tomás Bobadilla, Buenaventura Báez y Manuel María Gautier, entre otros, como “ciudadanos del infierno” y como parte de la “facción miserable” que “ha sido, es y será siempre todo menos dominicana”. Igualmente, “representante de todo partido antinacional y enemiga nata por tanto de todas nuestras revoluciones.”

En lo que concierne al pueblo haitiano, podemos afirmar que la mayor parte de este no estuvo de acuerdo con las incursiones armadas llevadas a cabo por “déspotas y enfermos” del hermano país, tales como Hérard, Pierrot, Guerrier y Soulouque, entre otros. Decimos esto, porque esas acciones significaban desangrar el magro presupuesto nacional al invertir los pocos recursos que percibía la República de Haití en la compra de armas para librar una guerra sin sentido. Esta guerra trajo consigo la profundización de la miseria y la pobreza, así como una gran inestabilidad política en Haití, cuya repercusión negativa tienen su impronta aún en el presente.

Es por todo lo expuesto, que en este estudio se hace un gran esfuerzo por analizar de forma objetiva los episodios más importantes escenificados por el pueblo dominicano en su lucha decidida por defender y reafirmar su soberanía nacional. Asimismo, se busca establecer con meridiana claridad el rol jugado por cada uno de los actores que participaron en las diferentes acciones bélicas, con el único propósito de derribar mitos y establecer verdades que sirvan de ejemplo a las presentes y futuras generaciones.

El general Pedro Santana colaboró con la Independencia Nacional, luego declaró traidores a la Patria a los fundadores de la República Dominicana y se alzó con el poder absoluto de ésta.

Inmediatamente después de proclama la Independencia Nacional y dejar constituida la República Dominicana con una nueva perspectiva revolucionaria, se procedió a crear la Junta Gubernativa Provisional, presidida por el patricio Francisco del Rosario Sánchez e integrada por Ramón Matías Mella, Manuel Jimenes, José Joaquín Puello, Remigio del Castillo y Tomás Bobadilla.

El 28 de febrero fue el día de más intensa y angustiosa agitación para la Junta recién instalada, ya que el eco del trabucazo disparado por Mella no se había disipado aún entre los habitantes de la ciudad de Santo Domingo, lo que obligó a tomar medidas perentorias que garantizaran la permanencia y profundización del nuevo estado de cosas, como fueron: la conformación y movilización de las tropas dominicanas, para que, sin demora, salieran a contener la esperada incursión de tropas haitianas por diferentes puntos del territorio nacional; la organización del nuevo Gobierno de acuerdo a lo pautado en la Manifestación del 16 de Enero de 1844, así como garantizar los pronunciamientos públicos de los diferentes pueblos de la parte Este de la Isla de Santo Domingo en favor de la recién creada República Dominicana.

Las personas designadas por la Junta Gubernativa Provisional para garantizar los pronunciamientos de adhesión de los diferentes pueblos de la República Dominicana a la Independencia Nacional fueron: Tomás Bobadilla y Briones, quien fue enviado a Monte Plata, Bayaguana y Sabana Grande de Boyá; Manuel Jimenes al Sur; Remigio del Castillo al Este y Pedro Ramón de Mena, al Cibao.

Las heroicas poblaciones de San Cristóbal y Baní se adelantaron a la misión de Manuel Jimenes, procediendo a proclamar su adhesión al nuevo orden revolucionario. Algo similar hicieron los pueblos de Monte Plata, Bayaguana y Sabana Grande de Boyá, quienes se adelantaron a la misión de Tomás Bobadilla y se adhirieron a la recién proclamada República Dominicana. Igual actitud asumieron los distintos pueblos del Cibao de la naciente República, con lo cual la causa independentista logró una aplastante victoria frente a las pretensiones del general Charles Riviére Hérard de mantener su dominio sobre la parte oriental de la Isla de Santo Domingo.

Charles Hérard encabezó un ejército de 30 mil efectivos militares distribuidos en tres columnas.

 Mientras tanto, en San Cristóbal, ciudad involucrada desde hacía varios años en los trabajos revolucionarios, los oficiales Antonio Duvergé, José Esteban Roca y Juan Álvarez organizaban la contribución de la Villa a la importante y abnegada empresa de constituir el Ejército Dominicano, de manera que estuviera en condiciones de hacer frente a las huestes de las tropas haitianas que el propio presidente Riviére Hérard encabezaba.

Mapa que representa la ruta seguida por el ejército haitiano durante la Primera Campaña Militar del Sur que concluyó con su derrota en Azua.

Haciendo caso omiso de las múltiples comunicaciones que el gobierno dominicano había enviado a las autoridades haitianas, donde se les informaba del proceso que habían seguido los revolucionarios febreristas y la firme resolución del pueblo dominicano de constituirse en una Nación libre e independiente de toda dominación extranjera, el 9 de marzo de 1844 el presidente haitiano general Riviére Hérard invade la República Dominicana al mando de un ejército expedicionario de aproximadamente 30,000 efectivos militares bien armados y entrenados con el propósito de someter a sus habitantes a la obediencia.

Ese ejército fue dividido en tres columnas: la primera, al mando del propio Riviére Hérard, que salió por el camino de Las Caobas con destino a Azua; la segunda, bajo las órdenes del general Agustín Souffrant, por el camino de Neiba, la que debía unirse a la primera en Azua; y la tercera, dirigida por el general Jean Louis Pierrot, marchaba sobre Santiago y Puerto Plata, con el objetivo de encontrarse con ambas en la ciudad de Santo Domingo. De esta forma, se inicia la Primera Campaña de Resistencia del Pueblo Dominicano y su ejército por la defensa de la soberanía nacional frente a las autoridades haitianas y su ejército invasor.

El pueblo dominicano tuvo que  desarrollar cuatro campañas militares para consolidar su Independencia Nacional, tres de ellas defensivas y una ofensiva entre 1844 y1856, fecha en que cesaron los reiterados intentos de posesión de la República Dominicana por parte de Haití, a causa de las derrotas sufridas por el ejército haitiano en las diferentes batallas que tuvimos que librar: Fuente de Rodeo, las Cabezas de las Marías, Las Hicoteas, 19 de Marzo, 30 de Marzo, el Memiso, Tortuguero, Toma de la Fortaleza de Cachimán, La Estrelleta, Beller, El Número, Las Carreras, L´Anse a Pitre y Sale Trou, Petite Riviere, Dame Marie y Le Cayé, Santomé, Cambronal, Las Matas, Sabana Mula, Sabana Larga y Jácuba.

[1] Franco Pichardo, Franklin. Historia Económica y Financiera de la República Dominicana 1844-1962. Santo Domingo: Sociedad Editorial Dominicana, 2004, p. 31.

[2] García, José Gabriel. Compendio de Historia de Santo Domingo, Tomos II, Central de Libros. Santo Domingo, 1982, p. 197.

[3] Balaguer, Joaquín. El centinela de la frontera. Vida y hazañas de Antonio Duvergé. Santo Domingo: Editora Corripio, 1995, p. 134.

Juan De la Cruz

Historiador y profesor universitario

Juan de la Cruz. Doctor en Historia Contemporánea y Máster Universitario en Filosofía en el Mundo Global, Universidad del País Vasco, España. Doctorado en Ciencias de la Educación, Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona” de Cuba y Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maestría en Educación Superior, Universidad Iberoamericana (UNIBE). Licenciado en Historia, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Docente de la Escuela de Historia y Antropología de la UASD. Comunicador Social. Premio Anual de Historia 2017 “José Gabriel García”, Ministerio de Cultura de la República Dominicana. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Autor de más de una docena obras de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. delacruzjuan508@gmail.com

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