Es la noche del 27 de febrero de 1884. En el aire se escuchan épicas melodías, los pasos de los conjurados, el ritmo de los corazones y el viento en los árboles; todo marca el inicio de los primeros compases de la música de un pueblo.
Un río que fluye entre los intervalos del orden y del caos, de la libertad y la dictadura. Saltan las progresiones armónicas de quinta, segundas y terceras, marcando los acentos; el acorde fuerte de un trabucazo. Trinitarios y conservadores, liberales y lacayos; contrapunto entre la gravedad y la gracia, la anexión y la independencia.
José Reyes fue el músico destinado para interpretar la música que ya estaba en el alma de un pueblo. Tenía ocho años de edad cuando se proclamó la independencia de 1844. Músico y pobre, pobre y músico, vivió y creció en una casa de delgada madera y escaso techo, en un callejón casi siempre hecho de polvo y, cuando llovía, hecho de lodo: camino que luego se llamaría Arzobispo Nouel.
Hay una desnudez en el alma y en la pobreza del espíritu que agudiza los sentidos y les permite ver y escuchar la música invisible, las sonoridades difíciles que preanuncian el nacer de un pueblo en la dignidad y la resistencia.
Reyes estudió música en la banda militar del ejército, siendo su director y maestro Juan Bautista Alfonseca. Aprendió a tocar varios instrumentos, destacándose en la interpretación del chelo, por lo cual se deduce la importancia que tendrán las cuerdas en el futuro himno nacional; además, se debe al conocimiento que tenía de las técnicas y al dominio de las escalas en violines, violas y chelos. Logró componer música sacra y popular en diversidad de géneros: misas, oratorios, valses y mazurcas. En 1883 llevó al pentagrama los compases épicos de lo que luego sería oficializado como Himno Nacional.
Ese mismo año fue interpretado por una orquesta de cámara para celebrar el vigésimo aniversario de la Restauración de la República.La música era solo música. Por eso se le solicitó a diversos escritores e intelectuales de la ciudad capital que escribieran las letras: César Nicolás Penson, J. Pérez, Francisco Henríquez y Carvajal… En donde reinaron conflictos de estructura musical y métrica, unidos al rechazo de las élites políticas para que la lírica correspondiera al relato excluyente e hispanófilo, hasta llegar, después de diversas modificaciones, a las letras que escribió Emilio Prud’Homme.
Pero la música seguía siendo música: la que se expresó en José Reyes y, al vestirse de sílabas, no perdió el ritmo marcial, en forma de marcha, donde se siente el galopar de los caballos y el fragor de la batalla; una armonía a cuatro voces, acordes que marcan el paso, como si el sol ya occidental se durmiera en la conciencia de un pueblo, queriendo significar que las batallas por la independencia son eternas y pueden prescindir de las pompas visibles de ejércitos y clarines.
Pensar la música de un pueblo como expresión del individuo —o mejor dicho, del ciudadano de una república libre e independiente— con la posibilidad de moverse en diferentes ritmos y tiempos, en una especie de armonía que encuentre su imagen más precisa en el contrapunto entre el orden y la libertad.
La música como imagen de la historia: melodía, ritmo y armonía que avanza hacia un horizonte utópico de libertad y justicia, de un orden social que provenga de la música; ese orden que armonice la igualdad y la libertad en un acorde suave y poderoso como un trabucazo. Música e independencia unidas en un solo abrazo: el abrazo de los “poderosos débiles del mundo”, esa armonía que provenga de los labios de aquellos que cantaron: “Quisqueyanos valientes, alcemos nuestro canto con viva emoción…”, rematando en un trabucazo los acordes infinitos de la Historia.
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