Sinopsis

Alex Streamer es un joven atrapado en un mundo donde las pantallas, la tecnología y las redes sociales han dejado de existir. El escenario está plagado de dispositivos apagados, computadoras, radios, y pantallas sin energía. En este ambiente de caos y desesperación, Alex entra arrastrando un hacha, desbordando ira y frustración por la pérdida de conexión con el mundo digital. Su discurso está impregnado de rabia hacia aquellos responsables del apagón que ha dejado a su generación sin la tecnología que define su existencia. Alex reflexiona sobre cómo las pantallas habían sido su identidad, su fuente de información, entretenimiento y, en muchos casos, su propósito. Sin ellas, se siente vacío, perdido, incapaz de encontrar una razón para vivir. Mientras camina por el escenario, golpea las pantallas apagadas, buscando desesperadamente un escape en lo que antes era su mundo virtual, donde la violencia, los chismes y las noticias rápidas llenaban su vida. La desconexión lo ha dejado no solo sin entretenimiento, sino también sin una identidad clara. Su sufrimiento se convierte en un deseo insaciable de venganza contra quienes han causado esta catástrofe, con la necesidad de ver sangre, caos y acción, como si eso pudiera devolverle la sensación de estar vivo.
En su delirio, Alex observa la tranquilidad de los «viejos», quienes viven en un mundo más simple y conectado con la naturaleza, lejos de las tensiones tecnológicas de la juventud. La rabia crece en él mientras se da cuenta de lo desconectados que están, no solo de la tecnología, sino también de lo humano. Las interacciones cara a cara con sus padres y hermanos, que antes le eran ajenas, se convierten en una dolorosa realidad. En su mente, la desconexión no solo significa perder acceso a la tecnología, sino perder el control sobre su vida y su identidad. A medida que avanza el monólogo, Alex se obsesiona con la necesidad de reactivar las pantallas, de regresar al mundo virtual donde se alimentaba de morbo y adrenalina. Su desesperación lo lleva a un punto de no retorno, donde la venganza se convierte en su única salida, y la vida y la muerte se confunden en un círculo de obsesión y desesperación. La obra explora el vacío existencial de una generación que ha sido definida por la tecnología, y el costo emocional y psicológico de vivir desconectado de todo lo que creían esencial.
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El escenario lleno de pantallas apagadas, radios, computadoras sin energía. Alex Streamer entra arrastrando un hacha. Se detiene en el centro del escenario, observa el caos de tecnología inerte a su alrededor, se detiene frente al público y comienza a hablar, su tono es tenso, lleno de rabia, y su mirada fija.
Alex Streamer: ¿Cómo pudieron esos desgraciados… sabotear la electricidad? Las señales de televisión, las señales de internet… ¡Nos han enviado de nuevo a la edad de piedra! ¡No tienen alma! ¡No tienen piedad! Miren cómo estamos… Los jóvenes divagamos por las calles, por nuestras casas, como zombis. Ya no sabemos qué hacer. La pantalla ha muerto, y con ella… nuestra identidad. Hemos perdido la capacidad de pensar, de sentir, de ser. Vivíamos pegados a esas malditas pantallas, buscando algo para consumir, algo que nos dijera quién somos. Pero ahora, todo está apagado. Nada. (Nervioso, comienza a caminar en círculos, golpeando el suelo con el hacha).
Nos dejaron sin nada. Sin los chismes, sin las noticias, sin los memes, sin las redes. ¿Qué queda ahora? ¿Cómo vamos a pasar el tiempo? ¿Con qué llenar esa necesidad de violencia, de drama, de lo sucio, de lo que nos alimenta el alma vacía? (Tira el hacha al suelo y se acerca a las pantallas apagadas, tocándolas con desesperación)
Los viejos… (Señalando al público en todas direcciones) ¡los viejos están ahí! Siguen jugando dominó, siguen yendo a pescar, siguen en contacto con la naturaleza. Viven en un mundo de mentiras, en la calma, en la paz. (Cae de rodillas en el escenario) ¡Pero nosotros! Nosotros… ya no sabemos vivir sin eso. No sabemos vivir sin una pantalla que nos diga qué hacer, qué decir, a quién odiar. Sin una pantalla que nos empuje a buscar el siguiente golpe, la siguiente pelea, el siguiente espectáculo de sangre. (Se aleja, mira hacia el público, enojado como si este pudiera leer sus pensamientos)
Siiii, para apagar ese dolor… esa desesperación… siii para escapar de esta pesadilla, un disparo es suficiente, entonces lo haré. No me importa, lo haré. (Respira profundamente, con los ojos iluminados por la rabia, saca un guineo maduro de su vestimenta, lo lleva a su cabeza, luego respira profundo, pela el guineo y comienza a comerlo desganadamente)
La venganza se alza, más grande que el miedo. Más pesada que cualquier arrepentimiento. ¡Necesito ver sangre! Necesito un TikTok, un chisme farandulero, necesito mis redes, necesito mis juegos. (Levanta el hacha y camina en círculos nueva vez) ¿Cómo pude perder esa última oportunidad de sentir la sangre caliente resbalando entre mis manos en Mortal Kombat? ¿Cómo me quitaron eso? (Mira las pantallas rotas, destroza una pantalla con el pie, cae de rodilla, se siente, se abraza a sus rodillas y se lleva el dedo gordo a la boca mientras se balancea consolándose)
Nos han dejado sin motivos, sin chismes, sin sangre. ¡¿Cómo vamos a saber qué pasa en el mundo?! ¿Quién se acostó con quién? ¿Quién fue el siguiente traidor? ¿A quién mataron? ¿Qué video íntimo se filtró esta vez? ¿A quién van a meter preso? ¿Quién va a ser el próximo chivo expiatorio? (Sonríe, pero su expresión es perturbadora.)
¿Acaso hay un lugar donde todo eso siga? Un lugar donde el tiempo no se detenga, donde las pantallas se carguen por wifi, donde haya energía e internet infinitos… Un verdadero paraíso virtual. ¡Cobardes! (Grita) ¡Se creyeron que escaparían de mí! ¿En la vida virtual? La muerte no es un escape, no es un refugio. (Mira al público, sus ojos brillan con una furia incontrolable)
Me voy a vengar de ellos. Esto no se puede quedar así. La venganza no entiende de perdones. El perdón es un peso demasiado grande. Yo… no tengo alma para perdonar. No cuando la sed de venganza me consume. (Se detiene, su respiración se agita mientras se lleva las manos a la cabeza, casi desesperado)
Las palabras se me ahogan. Las ideas se quedan calladas. Necesito rápido una dosis de antídoto virtual. 10cc, de bombardeos en Ucrania, 5cc, de morbo farandulero, 10cc de fake news. (Respirando profundo y sintiéndose vencido) Me han cortado el cordón umbilical visual, me han separado de la Matrix. Sin internet, sin electricidad, ¿qué soy? ¿Qué somos? ¡Esto no puede ser! Me han quitado mi religión. (Pausa, con voz más calmada, pero llena de desesperación)

La resignación… la resignación es la muerte lenta. La que llega sin que uno se dé cuenta. La que te consume por dentro, la que te convierte en una sombra de lo que fuiste. Es la condena más cruel. ¡No puedo! No debemos abrazar la resignación. ¡Tenemos que hacer algo! (Se acerca al público, casi susurrando, con un brillo en los ojos.)
Quizá si conseguimos cargar los equipos… (Tocándose la barbilla como quien busca una respuesta en el aire) pero ¿de qué sirve la carga si no tenemos red? Sin red… somos nada. (Recuerda algo, su rostro se endurece) Recuerdo el último apagón de WhatsApp. Fue doloroso. Lo intentamos todo. (Moviendo la mano de un lugar a otro mientras pronuncia las palabras) Desinstalar, reinstalar… Y esos malditos no dijeron que el problema era de la compañía. ¡Nos dejaron a todos tirados! Eso… eso me mató. Me mató, pero también… me dio vida. Porque en ese instante, algo dentro de mí renació. La rabia, la sed de venganza. (Pausa dramática, mira al público intensamente)
Nos han dejado sin nada. Pero yo no me voy a quedar aquí, llorando por lo que ya no existe. ¡No! Vamos a sabotearlos, vamos a darles donde más les duela. ¡Que pierdan dinero! Que sientan la pérdida ¡Y ahora…! ¡las pantallas han muerto! Y con ellas, nuestra identidad, nuestra generación perdida, atrapada en un mundo de tarados, atontados, atrofiados. (Se da una pausa, mira las pantallas apagadas con desesperación)
Y mientras nosotros estamos aquí, perdidos… ¿qué hacen los viejos? Se están divirtiendo, sí. Jugando al dominó, yendo a pescar, conectados con la naturaleza. Son felices sin saber lo que están perdiendo. Mientras tanto, nosotros, con todas estas pantallas muertas a nuestro alrededor… ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos mirando al vacío? (Agranda el gesto de desesperación)
¡Lo haré! ¡Voy a hacer que se arrepientan! La venganza, la sed de venganza se alza dentro de mí, más grande que cualquier miedo, más pesada que cualquier arrepentimiento. Necesito ver sangre… o al menos un chisme, ¡un maldito TikTok, jugar Minecraft, usar las redes sociales! ¡Necesito ver algo! (Se agita, se le nota la frustración creciente) ¡¿Cómo se atreven!? ¡Nos han dejado sin razones, sin chismes, sin esa necesidad de violencia para sentir que estamos vivos! (Se mueve frenéticamente entre las pantallas apagadas) ¿Quién se acostó con quién? ¿Quién traicionó a quién? ¡¿Quién murió, quién fue asesinado?! ¿Dónde están los escándalos? ¡¿Cómo voy a saber de los videos íntimos, de las drogas, de los chismes?! ¡¿A quién metieron preso?! ¡¿Quién será el próximo chivo expiatorio?! ¡¿Cómo voy a saberlo si no hay internet!? ¡No hay señal! ¡No hay nada! (Pausa, se calma un poco, la frustración se mezcla con un tono de nostalgia) ¡No es justo! ¡No es justo! Quiero ver sangre… Necesito verla. Necesitamos ver acción. Necesitamos ver cómo le sacan las tripas a algún desgraciado en la calle. O cómo le atracan a una banquera. O cómo alguien entra a batazos a un vehículo por un roce. ¡Necesitamos acción! ¡Necesitamos ver violencia!
Las familias se sienten extrañas. (Mira hacia el público, como si de repente se diera cuenta de algo más grande) Hoy me di cuenta de que tengo padres… y hermanos. (Se calma momentáneamente, como si pensara algo) Hoy nos vimos las caras y lloramos juntos. ¿Y saben qué? Eso también duele. Es una desgracia compartida. Hoy la comida se puso en la mesa, pero nadie la tocó. Todos llorábamos mientras mirábamos los celulares descargados, los televisores apagados, el mundo… en silencio. (Mira las pantallas y las acaricia suavemente, caminando de un lado a otro, trae un celular del tamaño de un bebé y una silla)
Hace cinco horas que estamos desconectados y sentimos que ha llegado el tercer jinete del Apocalipsis (Carga el celular como si fuera un niño y comienza a balancearlo como si lo arrullara. La luz se apaga lentamente)

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